domingo, 23 de mayo de 2021

Relato ganador y relatos finalistas del II Concurso de relatos cortos sobre salud mental “Construyendo cultura en salud mental” en su edición de 2021

Lo pirmero gracias por escribir y gracias por leer. En esta edición de 2021 hemos recibido 342 relatos, casi todos ellos de muy buena calidad, hasta el punto de que la Comisión ha valorado como candidatos a primer premio ventiséis relatos, algo inusitado,  a cuyos enlaces remite la lista del final. De esos ventiséis relatos salió el siguiente fallo:

Relato ganador del II Concurso de relatos cortos sobre salud mental “Construyendo cultura en salud mental” en su edición de 2021:

Pájaros y pájaros, de Soledad García Carrillo

Relatos finalisas:

Tierra, de Emilce Marial Acuña

Santa Dympna, de Antonio Ramírez Sevillano

Primer paso en falso: la infancia, de Amir Abdala

Algunos de los relatos candidatos a primer premio:

Pájaros y pajaros
Una sonrisa de buenos días y la salud mental de …
Martina y Sofía
Ella
Gravedad
No me rendiré
Café con leche
Abril es el mes más cruel
Nombre y Apellidos
Regreso al infierno
Pactando con mi verdugo.
El viaje
La montaña invisible
Tierra
No me rendiré
La barca
Santa Dympna
Paraíso de letras
Primer paso en falso: la infancia

miércoles, 12 de mayo de 2021

Noche de guardia

Idiopática. No idiota. Idiopática. Odio esa palabra. Cuando después de muchísimo tiempo supieron ponerle un nombre a lo que me pasaba, resultó llevar consigo un apelativo ridículo, proclive a los chistecitos. Tiene su lado bueno, claro. Puedes hacer limpieza de gente muy rápido. El típico graciosillo que cree que es el primero que hace el juego de palabras. Block. Fuera de mi vida. Bastante tengo con aguantar los tóxicos químicos como para encima tener que aguantar tóxicos humanos, que suelen ser bastante peores. Porque lo más duro de nuestra enfermedad no es lidiar con los agentes externos que nos atacan. Es la incomprensión, el “a ver, que no hay para tanto”, el “lo siento si te molesta, pero yo necesito llevar mi perfume cada día, pide un cambio de despacho” y todo eso. El que te tomen por loca, o por holgazana. Cuando me aislé de todo fue siguiendo las pautas fisiológicas médicas, pero acabé descubriendo que quien más se benefició de ello fue mi mente.

Y ahora soy yo quien os veo sufrir encerrados, intentando huir de un virus que no distingue si sois perfectos o no. Es exactamente lo que llevaba yo haciendo tantos años, y espero que salgáis de esto con toda la empatía que a muchos os ha faltado todo este tiempo. Ahora que también lleváis mascarilla y guantes, ya no os hace tanta gracia que os llamen Michael Jackson, ¿verdad?

Ahora se os cae encima la casa y os aburrís, y no podéis recibir visitas ni salir a pasear y os parece un castigo tremendamente injusto por algo que no habéis hecho. Porque parece ser que un señor se comió un murciélago a la plancha a diez mil kilómetros de vosotros. Porque habéis aprendido de golpe que las acciones de uno acaban afectando a los demás, mucho más de lo que pudieseis jamás imaginar. Bienvenidos al club. Os entiendo y os apoyo, aunque ese apoyo no siempre haya sido recíproco.

Y yo, mientras tanto, paso mi doble confinamiento como lo he llevado haciendo estos últimos meses. Tuve la suerte de encontrar un trabajo que se adaptase a mis circunstancias, y soy por ello una privilegiada respecto a la mayoría de gente que sufren el mismo síndrome.

En mi solitario faro, en medio de un islote del Atlántico, solamente conectada a vuestras vidas a través de los elementos tecnológicos, os veo como animalitos en una jaula de zoológico, que por más amplias y limpias que sean no dejan de ser cárceles para seres inocentes.

Empieza a anochecer. Enciendo el faro y espero pacientemente que algún barco pesquero pase por estas aguas, saludándome en la distancia. Soy feliz en mi confinamiento parcialmente escogido. Y esa es la gran diferencia.

Lavadoras

A los 17 años solía ir los sábados por la tarde a una tienda del centro para ver lavadoras y vitrocerámicas. Me quedaba parado al lado de las escaleras mecánicas y observaba a los dependientes que pululaban por la planta. Mi estrategia tenía un alto componente psicológico porque dedicaba más de media hora a analizar los ademanes de los encargados, así como su modo de vestir y la manera en que se dirigían a sus clientes. Cuando había creado una imagen mental de cada uno de los dependientes, elegía a uno y me lanzaba a hablar con él. Aunque el fulgor, el olor a nuevo del plástico y del metacrilato y las pantallas digitales de los electrodomésticos me embriagaban, lo que más me excitaba era la progresión de la historia que creaba con el dependiente. Improvisaba sobre la marcha y aprovechaba los momentos en que me dejaba solo para estructurar en mi cabeza las ideas. Cuando me aturullaba, le pedía que me hiciese otro presupuesto para ganar tiempo. Las cocinas eran mi perdición pero, de vez en cuando, cambiaba de sección y optaba por los baños o las agencias de viajes. Daban más juego las agencias de viajes, si bien la variedad de los retretes y los lavabos era casi igual de amplia que los destinos vacacionales.

Este juego de creación me permitía evadirme de mi realidad, no muy placentera en aquel momento, y crear mi propia historia. De hecho, hasta el comienzo de mi etapa universitaria, mi vida se resumía en tres palabras: nunca, nadie, nada. Nunca nadie había hecho nada por mí. Crecí con el convencimiento de que yo mismo era lo único que tenía. Y aún así me trataba mal. En el colegio dijeron a mis padres que tenía problemas de salud mental y tuve que soportar bullying, tanto de profesores como de alumnos. En casi todos mis trabajos, varios años de mobbing. En clase, a la hora del recreo, bajaba siempre a la capilla, escondida en el sótano del edificio de ciencias. Pasaba la media hora que duraba el descanso encerrado en el interior de la pequeña iglesia, mirando el reloj cada cinco minutos para no llegar tarde.

Me llamaban el loco, nadie hablaba conmigo. Pero sí que me pegaban e insultaban. Cuando salía a pasear por la ciudad siempre llevaba un libro por si alguien intentaba hablar conmigo. Tenía la excusa perfecta para no responderle al estar ocupado con la novela. Encontré en la literatura el revulsivo a esa perturbación que me da la vida y que tanto aterra a los demás, que me permite crear y evadirme a universos donde ser diferente es un mérito, no un castigo, donde la gente no tiene miedo a moverse más allá de los tres patrones establecidos.
Así pues, enloqueced conmigo y acompañadme a ver lavadoras y encimeras, porque la locura no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma. Al alcance de unos pocos privilegiados, al alcance de nosotros, los de la salud mental, amigos…

Bajo el agua

    Abajo del agua se veía todo medio aturquesado, enverdecido, azulado. Dos nenes y una nena nadaban desnudos y se reían como locos de una anguila. De sus narices escapaban burbujas que subían rápido a la superficie. Un gordo muy redondo me pasó por delante, nadando como una medusa y me miró con ojos alucinados. Tenía la piel blanca, como enharinada y los mofletes de la cara se le movían acompañando el ritmo lento de su pataleo. A pesar de su aspecto poco aerodinámico, se trasladaba bastante rápido en el agua. Nadé hasta él y lo toqué con la mano. Me sorprendió la rugosidad de la piel, que a la vista parecía lisa. El calor que largaba su cuerpo me resultó muy agradable. Traté de agarrarlo con la otra mano y después de un par de brazadas lo logré. El gordo me miró, pero siguió nadando sin importarle nada, impulsandose con movimientos sinuosos de las piernas y los brazos. Con mis manos empecé a acariciar la panza redonda, después apoyé la mejilla a un costado de su ombligo. Era como ponerse una bolsa de agua caliente en la oreja. Me di cuenta que no sólo a mí me atraía el calor del gordo, porque de todos lados comenzaron a aparecer nadadores. Los chicos llegaron primero y apretaron sus caras, sus panzas y pechos contra el cuerpo enorme y tibio. Después vinieron los otros y se agarraron de donde pudieron para estar en contacto. El gordo ni se inmutó, pero empezó a nadar un poco más despacio por el peso. Todos se apretujaban contra él, yo quedé aplastada sobre la panza, presionada por los demás. Apoyé la oreja contra su piel y escuché sus vísceras. Sonaban como un aire acondicionado roto. En un momento noté una gran actividad intestinal. Un sonido grave que venía desde lo profundo, como un tren atravesando un túnel en las montañas, pasó por debajo de donde yo estaba apoyada y fue hacia el sur. Ahí pareció que paraba, pero un momento después, el gas salió del cuerpo del gordo con una explosión tan potente, que lo lanzó a través del mar como un torpedo nuclear, y a todos sus parásitos, yo incluida, a las profundidades, donde el agua turquesa se vuelve negra. Mientras me hundía a mucha velocidad, empezó a sonar un golpeteo de metal en mis oídos, como si algo se hubiera roto por dentro. Me empezó a doler la cabeza y me la agarré con las dos manos. La sentí caliente como el cuerpo del gordo. Algo seguía golpeando contra el metal. Yo ya no podía aguantar más la respiración ni los ruidos. Nadé hacia arriba lo más rápido que pude. Pensé que no llegaba. Pataleé y braceé hasta que los pulmones estuvieron por estallarme. El golpeteo se hacía cada vez más fuerte, y entonces vi la luz de la superficie. Una mancha grande, blanca, que emitía rayos luminosos, indicando el camino a la salvación, como si allá estuviera esperándome Dios. Nadé hacia la luz con mis últimas fuerzas y un momento antes de ahogarme, saqué la cabeza afuera de las sábanas. Por la puerta del cuarto entraba un haz de luz amarilla que me hizo doler los ojos. Cuando logré abrirlos vi a mi gato acostado a los pies de la cama, me miraba fijo, con las orejas levantadas. Me di cuenta de que alguien golpeaba la puerta. Me levanté, me enrollé en la sábana, fui hasta la puerta y miré hacia afuera por un agujero en la madera. Mi hermano golpeaba el portón de la calle con la cadena del candado. Podía ver su frente y la parte de arriba de la cabeza por encima del portón de metal. El perro le ladraba enfurecido y de la boca de mi hermano salían sus puteadas clásicas. Miré el reloj de la cocina y vi que era tarde. Habíamos quedado en que me buscaba para ir al hospital a mi turno de las nueve y media. Eran nueve y veinte, y yo recién me despertaba; la doble ración de pastillas de la noche anterior había hecho efecto, él tenía razón en estar enojado. Me asomé por el agujero y le hice una seña para que deje de darle a la puerta con la cadena. Paró de golpear, pero siguió puteando. El perro le seguía ladrando, así que lo llamé, vino moviendo la cola y metió el hocico largo y húmedo por el agujero de la puerta. Le acerqué la cara a la trompa y me dio un lengüetazo en los labios que me generó un gusto extraño en la boca, como de fideos. Yo lo contraataqué con un beso en la nariz, él sacó rápido el hocico del agujero y estornudó varias veces.

Me vestí enseguida y antes de salir, traté de despertar a Carlos, que estaba pegado a la cama como si se hubiese tirado de un quinto piso. Él también había tomado doble ración anoche, pero de vino de caja y también le había hecho bastante efecto. Lo sacudí hasta que abrió apenas los párpados: la cara arrugada como si le doliera y los ojos en una línea húmeda achinada, debajo de las pestañas oscuras. Le di un beso suave en la boca y el aliento a vino barato me golpeó la nariz.

– Despertáte, que me voy al hospital –le dije.

– Grrr, dale…grrr –respondió.

Se dio vuelta para seguir durmiendo y tiró de la sábana, que se le subió hasta dejarle el culo al aire. Esa visión me hizo acordar que habíamos cogido la noche anterior… ¿o fue la otra noche? No estoy segura, pero él estuvo bastante creativo, teniendo en cuenta el estado en el que queda después de dos cajas de tinto y además acababa de recibir una mala noticia. Hacía rato que no tomaba, lo dejó, pero anoche fue una situación especial. Cuando vino yo estaba tirada en la cama mirando la tele. Edu, mi hijo, me había dado las pastillas antes de comer y estaba relajada, tapada con dos frazadas para parar el chiflete helado que entra por la ventana rota de la cocina. Carlos llegó con una cajita de tinto en la mano y se sentó en la cama. Ya por cómo se movía, me di cuenta de que estaba borracho. Al principio lo puteé, pero él no respondió, después lo sacudí un poco hasta que levantó la cara y me miró con los ojos rojos de llorar.

– Se murió mi vieja –me dijo.

–Ay, Carlos, ¡qué mal! –dije y lo abracé fuerte – ¿Cómo te enteraste?

–Porque hablé con mi hermano, dice que estaba en la cocina lo más bien y de golpe se cayó al piso. Él escuchó el ruido y fue corriendo, pero cuando llegó ya estaba muerta.

–Pobrecita, se cayó…es que estaba muy viejita… bueno, no te preocupes que ahora va a estar mejor, se va a ir al cielo. Era tan buena que seguro va a ir al cielo –le dije, como para que se tranquilice, aunque él no es creyente como yo.

– Sí, si hay cielo seguro que ella va a ir ahí… pero, ¿yo qué hago ahora? –dijo y se largó a llorar.

Pensé en mi mamá, que murió hace como un año, dos años después que mi papá. En ese momento yo pensé lo mismo que piensa él ahora: ¿y ahora qué hago? Me quedo sola. Aunque mi mamá me dejó siempre sola, pero cuando me enteré de su muerte sentí un vacío tremendo. Una soledad que nunca había experimentado, un desamparo absoluto, como si entre la inmensidad y yo ya no quedara ninguna separación. Supongo que ella, aunque no estuviera conmigo, me hacía de escudo protector contra el infinito. Cuando se murió quedé sola frente al universo, creo por eso me puse tan mal. Mi hermano no podía creer mi reacción. El pensaba que yo tendría que odiarla por haberme abandonado.¡¿cómo vas a odiar a tu mamá?! Si ella te dio la vida. Además yo siempre fui una chica muy difícil, muy rebelde. Ella no podía conmigo, yo siempre le traía problemas, como mi papá: problemas, problemas, problemas.

Creo que esta es una época de cagadas, las madres se mueren y nos dejan solos, los papás también se mueren, los amigos, todos se mueren. ¿Será que es mejor morirse, pasar al otro lado, vivir con Dios, con los ángeles y ver a todos tus seres queridos que se fueron, a tu papá y a tu mamá? ¿Será así, será que hay un Cielo? Dicen que antes de subir al cielo las almas dan una vuelta por el mundo y aprenden mucho de lo que no aprendieron mientras vivían. Imagino que será para que no lleguen siendo tan brutos, como son tantos, hasta aprenden el idioma de los animales. Eso está bueno, hablar con los animales. Yo hablo con mi gato y él me entiende todo, y yo le entiendo a él, a veces me da buenos consejos. Aunque si le decís a alguien que hablas con ellos, te llevan a un loquero, como me pasó a mí. Pero si al final los animales son los que más entienden y son felices. En realidad, nosotros somos mucho más animales que ellos, porque no entendemos nada y casi nunca somos felices.

Carlos lloraba como un nene, lo abracé más fuerte.

– No te preocupes, yo te voy a cuidar mi amor –le dije y le di un beso en la sien. Él me sacó de un empujón y se paró.

– ¡Qué me vas a cuidar vos! Si no te podés cuidar ni a vos misma, te tienen que cuidar tu hijo y tu hermano ¡ni a tu gato podés cuidar vos! –me dijo, arrastrando las palabras.

Me lo tomé con paciencia, no me quise enojar. Es cierto que últimamente me está costando mucho hacer las cosas, no quiero comer, me olvido, me olvido de todo. Pero si hay algo que hago es cuidar al gato. Todas las mañanas cuando me levanto, él me persigue hasta la cocina maullando para que le dé su comida. Yo le hablo y me responde con sus maullidos. El dice todas las palabras con distintos tipos de miau. Yo le doy su comida y su agüita y no tiene quejas conmigo. Me lo dijo él.

Entre llanto y llanto, Carlos se tragó todo el alcohol que quedaba en la caja que trajo; era la segunda, me confesó después. Yo sabía que no lo tenía que pelear, porque además de todo está enfermo del corazón, lo operaron el año pasado; así que me volví a la cama y seguí mirando la tele. En lo de Tinelli había un político que bailaba con una vedette semidesnuda, tenía dos florcitas en los pezones y abajo sólo una tanguita tres talles menos que el suyo. Carlos se fue a la cocina, después lo escuché en el baño y al ratito volvió a aparecer en el cuarto, con la cola entre las patas y se me tiró al lado. Lo abracé y seguí mirando Tinelli, como si no hubiera pasado nada. Él se acurrucó contra mí y los dos miramos como bailaban el político y la culo al aire. Al rato me empezó a acariciar de a poco, primero el brazo, el hombro, después las tetas y después el resto. Así empezó. Le pedí que me diera más pastillas, porque él tiene, se las dan en el hospital como a mí, pero tiene muchas porque no las toma, prefiere el vino. Primero no quiso, para que no me pase de la dosis que me da la psiquiatra, pero al final me las dio, seguro porque quería coger. Me las tomé y al ratito el mundo se puso más agradable. Así fue que después cogimos y nos quedamos dormidos, pero era tarde. Por eso no me desperté a tiempo para ir al hospital. Por eso mi hermano me puteaba desde atrás del portón.

Carlos no se iba a levantar tan temprano después de lo de anoche, así que lo dejé dormir. Entré en el cuarto de Edu para ver si estaba. Dormía a pata suelta, boca abajo, con un brazo encima de su novia, como para asegurarse de que no se le escape a mitad de la noche. Ella es una chica muy buena, y muy linda además, toda rellenita y rubia. El la trae siempre a dormir acá, a pesar de que ella es una chica bien educada y vive en una casa grande con sus papás, que son abogados importantes. A Edu no le da vergüenza la casa como a mí. Yo no invito a nadie. No me gusta que la gente vea mi casa, está muy sucia y muy rota. La otra vez, cuando me operaron de la rodilla, unas amigas del colegio que no veía hace años me visitaron en el hospital y después, cuando me recuperé, querían venir a visitarme a casa, pero les dije que no, que yo las voy a visitar a ellas. Si no tengo ni un sanguchito para darles. Tampoco quiero que entre mi hermano, porque enseguida me empieza a decir que todo es un desastre, que la mugre que hay, que limpie la cocina, que todo es un asco y a remarcarme todo lo malo. Pero todo cuesta plata, yo no tengo un peso, acá vivimos con la pensión de Carlos que no es nada y con lo poco que Edu pone de lo que gana en su trabajo. Pero bueno, él es muy chico todavía, quiere salir a pasear con su novia y con sus amigos, comprar una cerveza, tener su moto, su celular y todo eso. Y se lo merece, porque trabaja todas las noches de mozo en un restorán, no sería justo que se gaste toda la plata para llenarme la heladera a mí. Lo miré ahí, durmiendo tranquilo, con su cabeza recién rapada y me hizo acordar a cuando era bebé. Era tan dulce. Y las cosas que tuvo que aguantar siendo muy chiquito, pobre. Gastón, su papá era bueno, pero era medio hippie y nunca tenía plata, estábamos siempre cambiando de lugar. Yo estaba muy enamorada, me fui con él siendo adolescente y claro, me quedé embarazada. Mis padres no se la aguantaron, estaban muy mal entre ellos y se separaron al poco tiempo. El pobre Edu se crió como un gitano, cambiaba de colegio a cada rato. ¡Por suerte lo terminó! No como yo, que lo dejé, aunque fue por amor. Todo lo hice por amor. Me parece increíble ver a Edu ahora tan grande, durmiendo con una chica; ya es un hombre, ya no me necesita, ya nadie me necesita. Me agaché, le di un beso en la nuca y salí al patio a abrirle a Arnaldo. El perro empezó a ladrarle de nuevo y él se metió en el auto asustado. Mi hermano le tiene miedo a Tehuelche, porque hace unos días ,estaba en la cocina ordenándome las pastillas en el pastillero y de repente, de abajo de la heladera salió una cucaracha. Arnaldo la pisó, y Tehuelche se asustó y reaccionó. Le mordió el tobillo. Le dio un buen mordisco, se quedó apretándole el pie con los dientes. Arnaldo se quedó inmóvil y gritando. Yo le pegué un buen reto a Tehuelche y lo soltó, y después se escondió debajo de la mesada. Arnaldo quería matarlo, pero se la bancó, no sé si por cagazo de que el perro lo vuelva a morder o por no lastimarlo delante mío, porque sabe que en ese caso yo seguro salto por Tehuelche..

Me subí al auto sabiendo lo que se venía. Arnaldo tenía un pucho en la boca, como siempre, me miró con cara de culo a través del humo, me dijo que me abrochara el cinturón y arrancó rápido. Yo sé que mi hermano me quiere, pero tiene un carácter muy fuerte y casi siempre esta de pésimo humor y se pone muy nervioso conmigo. Creo que para él represento lo mismo que para mi mamá: problemas, problemas, problemas. Me retó durante todo el trayecto hasta el hospital. Apenas salimos empezó:

– ¡Te dije que tenés que mandar a ese perro a la perrera, es un peligro para todos! Mirá si lastima a alguien más y te hacen una denuncia, imagináte que muerde a la novia de Edu, ¿Eh? ¡Los viejos te mandan en cana! –dijo nervioso, y su panza enorme subía y bajaba y se apretaba contra el volante.

–Pero no, si es buenito, a vos te mordió porque se asustó, pero no le hace nada a nadie… además Tehuelche es también de Carlos, no mío sólo, él lo sacó de la calle y lo trajo y no va a querer llevarlo a la perrera a que lo maten.

– ¡¡Bue!! Ese es otro que tendría que volar al carajo, también, bien lejos. Ya te lo dije: ¡Tenés que echar a ese borracho de la casa! ¡No podés vivir con un tarado de sesenta años que está todo el día de la cabeza o tirado en la cama!

– Pero se le murió la mamá y él ya no toma…

– ¡Qué no va a tomar! Vos sos otra tarada que se cree ese cuento. Es un borracho de mierda y vos no lo podés cuidar, porque vos ni siquiera te podés cuidar a vos misma, ¡entendés!

No le dije nada, pero creo que el que no entiende es él. Yo sí me puedo cuidar, y puedo cuidar a mi hijo y a mi pareja también, lo que pasa es que no quiero. Ellos ya son grandes. Ahora quiero que me cuiden a mí por todo lo que no me cuidaron mis papás. A Edu, a Arnaldo y a Carlos los cuidaron sus padres, como pudieron, pero los cuidaron: a mí no, a mí me abandonaron: ¡Puta! me dijo mi papá, ¡loca! me dijo mi mamá. Para ella yo era una loca, loca porque dejé el colegio, loca porque me enamoré de un hippie, loca porque no quería abortar, loca porque tenía sueños de adolescente, loca por todo, loca por existir. No era mala mi mamá, sólo que no me entendía. Y mi papá era de otro siglo, peor, de otra galaxia. Pensaba que las mujeres buenas se casaban, las otras eran putas, o solteronas, pero los hombres eran muy cancheros si salían con muchas mujeres. Esa boludez para él era una verdad fundamental, más importante que todo. Más que su propia hija. Yo viví en la calle desde los diecisiete años y a nadie le importó un carajo. Ellos en sus casas lindas, calentitas y yo en la calle, como un perro, por haberme enamorado. Ahí fue que empecé a hablar con los animales. Cuando me quedé sola, me junté con varios perros callejeros, o ellos se juntaron conmigo y a la noche nos metíamos en las estaciones de tren, o en algún zaguán y dormíamos todos bien juntitos, apretados debajo de un cartón o de una manta, dándonos calor entre todos. Entre todos también nos cuidábamos de la gente mala, que en la calle está lleno. Ahora que me cuiden los que me quieren, porque yo ya estoy cansada y dentro de poco no voy a estar más.



– ¡Sos adicta a las pastillas! ¿No te das cuenta que te hace mal tomar de más, que te podés morir de una sobredosis? –me dijo Arnaldo cuando paramos en un semáforo rojo.

–No, nada que ver, esas pastillas no me hacen mucho efecto, no me puedo dormir.

– ¿Que no podés dormir? Lo que no podés es levantarte después de tomar una cantidad ¿Cuántas te tomaste anoche? ¿Le robaste las pastillas a Edu? No me mientas, ¡eh! Que las tengo contadas –gritó y cuando se puso verde volvió a arrancar a los pedos.

Arnaldo siguió diciéndome todo lo malo que hago cuando pasamos por el túnel de Chorroarín y bordeamos agronomía, siguió puteando cuando doblamos en Warnes y también cuando entramos al hospital. Tenía la cara roja y transpirada y los mofletes se le hinchaban de los nervios. Parecía que la panza le iba a explotar en cada puteada. Se va a morir del corazón si sigue así. Al pobre lo dejó la mujer hace poco y no se puede recuperar. Se fue con un compañero de trabajo.

–Arnaldo, te hace mal estar siempre tan nervioso, te podrías tomar algún calmante...

– ¡Yo no necesito pastillas! a mí déjame tranquilo, nada más.

–Pero son para eso, para que estés más tranquilo… te puede hacer bien.

–No te hagas la psiquiatra conmigo, ¡mejor ocupáte de tomar bien las tuyas!

Paramos debajo del árbol que hay en el estacionamiento del hospital y empezó a toser. Recién ahí dejó de retarme, porque no podía hablar, apenas podía respirar. Arnaldo fuma desde chiquito y tose muchísimo, a veces se ahoga y tose tanto que parece que va a escupir un pulmón; empieza tosiendo fuerte, después va tosiendo cada vez más despacio a medida que se le acaba el aire y al final queda un ratito sin respirar y parece que se va a morir asfixiado, pero de pronto recupera y vuelve a respirar y zafa; por ahora se viene salvando. Le traté de golpear la espalda para que no se ahogue, pero me sacó la mano y me hizo señas de que salga. Me bajé del auto y di la vuelta para ayudarlo a salir. Cuando paró de toser, se quedó sentado para poder chupar un poco de oxígeno. Al principio el aire le entraba con un ruido agudo, como si estuviera el caño medio tapado, pero enseguida se le normalizó. Traté de ayudarlo a bajar, pero me sacó de un manotazo, se prendió del marco de la puerta y tiró con los dos brazos, hasta que logró sacar toda su panza y su culo del auto. Salió bufando como una bestia. Creo que por el esfuerzo se tiró un pedo, porque junto con él, salió un olor asqueroso.

– ¡Tenés que comprarte un auto más grande, o una camioneta! –le dije en broma, pero no le causó gracia. Me miró con más cara de culo que antes, me dio la espalda y empezó a caminar hacia el edificio del hospital. Sacó un paquete de cigarrillos y se puso uno entre los labios. Lo alcancé y le pedí uno y cuando lo estaba prendiendo, aparecieron varios personajes raros a pedirle. En ese hospital hay muchos enfermos mentales que viven ahí y como de día los dejan sueltos, andan pidiendo a la gente. Algunos piden plata o comida, pero lo que más piden son cigarrillos. Arnaldo se gastó medio paquete en los loquitos y por supuesto me puteó a mí, como si fuera mi culpa el vicio de ellos. Después caminamos despacio, fumando en silencio, pasamos por delante de la iglesia y doblamos por la callecita que da al pabellón 3, donde tenía mi turno con la psiquiatra. Varios de los locos nos seguían.

La sesión con la psiquiatra fue como siempre, una payasada. Cada uno haciendo su papel de mierda. Yo me hice la loquita para asegurarme la ración de pastillas. Ella me preguntó las tres boludeces típicas para cumplir, siempre de lejos, medio como con asco, como si los pacientes tuviésemos mal olor y contagiáramos. Arnaldo hizo su papel de responsable, diciendo que me veía cada vez más ida y que no tenía ninguna actividad productiva y bla, bla, bla. Lo de siempre. Cuando terminamos, la doctora nos dio la receta y fuimos a la farmacia del hospital a pedir las pastillas. Eran veinte dosis de risperidona y veinte de clonazepán. La primera es un antipsicótico, para que no escuche voces o me sienta perseguida por helicópteros o hable con los bichos y la otra es la rica, es tranquilizante, pero a la vez me lleva a unos viajes mucho más lindos que la realidad de mierda. Desde que empecé el tratamiento voy guardando las que puedo en una cajita. Cuando tenga muchas pienso irme al campito ese que hay en agronomía, en la otra cuadra del hospital a tomármelas todas de una vez. Me voy a sentar en el pastito frente a la laguna, rodeada de animales y me las trago todas juntas. Morir entre animales de verdad, conejos, gallinas, chanchos, gatos, eso es mejor que morir en un hospital, o en el medio de la calle. Otra sería tirarme al río, pero lo malo es que abajo no se ve nada, en cambio, si fuera como el mar, azul y transparente, me tiraría ahí. Seguiría a los peces, hasta encontrar un delfín que me hable, como en la película. Eso estaría bueno, morir bajo el agua, con los peces y las langostas y que me lleven los delfines a recorrer los mares del mundo, y que todo sea medio aturquesado, enverdecido, azulado.

El grito

Abrir la puerta del aula se le hacía casi imposible. Tanto como levantarse. Como desayunar. Como coger el coche e ir hasta el Instituto, donde le esperaban sus alumnos de arte, especialmente, Gael, que todo el día estaba incordiándole.

Sabía que Gael, era un caso aparte, y que a un asperger tenía que ganársele, pero no encontraba la forma de que aquel alumno mostrase interés por una asignatura que a él también comenzaba a aburrirle.

Sin saber el porqué, desde aquella mañana en que no quiso levantarse, la vida se le hacía insoportable. Ir a trabajar era desesperante, y nada parecía ya ilusionarle.

"A Gael tienes que motivarle", se decía, pero a su vez se preguntaba: "Y quién le motivaría a él, que ya estaba harto de no poderles decir la cruda realidad a los padres.

Estaba harto de no poder decir la verdad cruda de lo que en realidad pensaba de la mayoría de aquellos rapaces, que no pensaban en otra cosa que quedar bien ante sus compañeros y en las redes sociales.

"¿Qué te pasa? -le preguntaban sus colegas, pero él guardaba silencio, para no ser el centro de sus comentarios.

Es más, sin haberlos dicho nada, cuando entraba en la sala de profesores se hacía el silencio, y se callaban todos los que estaban cuchicheando: "su salud mental se está deteriorando". "Tiene una depresión de caballo". "Hace cosas muy raras". "Algunos padres ya se están quejando", y cuando iba a entrar en clase, hacía como que no escuchaba los comentarios ultrajantes e hirientes de sus alumnos: "que viene el loco" y "ya está aquí el zumbado".

Bien sabía él que no estaba loco. Que su depresión era crónica, y que su ansiedad le iba minando de manera intermitente, como si no encontrara la manera de huir de aquel descorazonador calvario.

Una mañana, después de analizar en el aula la obra "El Grito" de Edvard Munch, Gael, al verle llorando solo en su mesa, se acercó a él y le dijo: "¿Duele?

-Tú, ¿qué crees?

Y Gael, sin saber que responderle, guardó silencio, y le susurró al oído:

- Yo, siempre que estoy así, deprimido, cuando no me escucha nadie, grito.

- ¿Y qué ganas gritando?

- Es la mejor manera de saber que sigo vivo, y que debo de seguir luchando.

Multiplicidad

    Era imposible saber quién era, porque cada mañana me despertaba en un sitio y una fecha diferente. No digo que me molestara, solo que era incómodo algunas veces más que nada porque no podías controlar la historia que te pasaba. Lo mejor de todo que siempre estaba ella allí, cuidándome. O de senadora romana, de esclava bereber o incluso de alienígena informe solo con ojos muy humanos. Una vez tuve un amigo al que le encantaban los videojuegos combinados con los porritos. Dijo que lo mejor que había en el mundo era no saber nunca cómo acababa una historia. Dejó de pensarlo cuando le clavé un tenedor en la muñeca, luego de un par de caladas y unas birras. Nunca volvió a hablarme, pero sí dijo de mí barbaridades del tamaño de catedrales. Estaba a punto de tirar la toalla cuando en una de esas aventuras conocí a Teclas. Me dijo con mucha dulzura que todo era producto de mi mente inquieta. Eso fue decisivo para creerla, porque desde niña había escuchado que mi mente estaba mal o que era una jodida enferma. Primaria, fue poco más que una tortura con niños gritones que me odiaban o hasta me escupían. Secundaria, una cárcel con partes y broncas. Supongo que por eso volaba- cada vez más lejos- con la sola maleta emocional que tenía la mágica función de hacerme regresar a la realidad porque era mi madre. Ella siempre me acompañaba en aquellas crisis, para velar porque volviera. Hasta que llegó Teclas con su chaqueta del SAS donde ponía "Salud mental" en letras verdes esmeraldas. No me dio pastillas, ni consejos , sino que me escuchó atentamente. Me fue deconstruyendo como si fuera una tortilla en manos de un chef afamado para sacarme los huevos, las patatas, el aceite y la sal. Luego las batidas, las manos de la cocinera y hasta la sartén y el fuego que me habían cocido. Fue poco a poco metiéndose en mí, haciéndome suya para entender el dolor, la rabia y la soledad que me hacían vagar por mundos infinitos sin que supiese quién era ese día en que me levantaba cada mañana. No fue fácil, ni divertido, ni relajante. No fue rápido, ni alegre, ni entretenido. Quise volver muchas veces a volar sola por esos mundo en los que nadie te desprecia, ni te hace recordar cómo no importabas a nadie excepto a ella, que siempre había velado por ti. Por ella lo hice al principio. Por mí y mis mundos internos escondidos en mis ganas de vivir y ser una con los que me rodeaban, lo hice después. Aún sigo en el empeño. Lo mismo seguiré para siempre, domando las ganas de saltar al vacío de la multiplicidad y la nada. Lo mismo es eso la vida… eterna lucha con nosotros mismos. Pero por fin ayer pude abrazar a mi madre y decirle que "la quiero" , mientras mi psicóloga tecleaba.

El coloquio de agapornis

Los humanos son criaturas apesadumbradas, tienen un don para la tristeza. Les gusta utilizar posesivos («mi», «mío», «nuestro») cuando se refieren a su especie y son egoístas al referirse a las demás. Quiero decir con esto que no nos ven o sólo nos ven desde un sentimiento de superioridad.

—Bonitos míos —una uña se introduce por la jaula en una caricia sin tacto—. Bonitos míos.

Observad a nuestra dueña en su gesto cansado, en su caminar pesado por la tarima de la casa. Nosotros somos su única compañía. Somos el gorjeo dentro del silencio, la mancha de color en una casa gris, el movimiento enfrentado a la quietud. La soledad flota como partículas de amianto dentro de estas habitaciones. Nosotros, los agapornis, somos su asidero.

—Al menos vosotros os tenéis a vosotros mismos —ajusta sus gafas de ver de cerca.

Eso dice y dice la verdad. Agaporni viene de la palabra griega ágape, que significa amor, y ornis, que significa ave. La fortaleza de nuestros vínculos es legendaria, somos inseparables. Nuestra dueña anhela nuestra correspondencia. En sus ojos se dibujan naufragios antiguos, herrumbrosos cofres sumergidos. Suya es la melancolía y la pena. Los agapornis, por nuestra parte, no sabemos abrigar emociones improductivas.

—Bbbbhhh… bbbbhhh…

La sinfonía de sollozos ha comenzado. Los humanos no están preparados para la soledad, les deseca y hace de sus vidas una dimensión inhabitable. Nuestra dueña observa la piel hojaldrada de sus manos con un dejo de incredulidad, como si no reconociese sus propias extremidades. Enciende la televisión para sentir la presencia de un semejante. Para escuchar alguna voz.

—«En España hay 2 millones de hogares unipersonales habitados por personas mayores de 65 años» —enumera con indolencia un informativo.

—Pero no es así — a falta de otro interlocutor, nuestra dueña se dirige al reportero—: ¡hay que imaginarnos uno a uno! ¡Es necesario imaginarnos uno a uno!

Estas últimas frases las ha proferido con resentimiento. La televisión posee el poder ambivalente de ofrecer compañía y hacerte partícipe de una soledad más profunda. Nuestra dueña, con fatiga, apaga el aparato. La casa vuelve a quedar en silencio, un terreno yermo y despoblado. A veces el olvido sabe brillar como la llama del litio.

—Bbbbbhhh… —recomienza la letanía.

Se hace forzoso romper la violencia de esta calma sofocante que no deja entrar aire en los pulmones. Hembra y macho movemos con furia nuestro plumaje verdeceledón en una estridente algarabía de agapornis enloquecidos. «Hay que imaginarnos uno a uno», aleteamos hasta alejar el eco inerte de esas palabras, hasta aventar el tufo envenenado de su verdad.

Alertada por la escandalera, la anciana levanta su mirada hacia nosotros. Luego esboza una sonrisa sin edad, una proeza, y vuelve a acercar sus dedos a la jaula con agasajos incorpóreos. Un día más hemos conseguido rescatarla de sus ensoñaciones, del vacío deshabitado de su interior, de su depresión. Somos todo cuanto tiene, su trinchera frente a lo solitario. Su recordatorio de vida.

—Bonitos míos —dice—. Bonitos míos.