Mostrando entradas con la etiqueta Pipo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pipo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de mayo de 2021

El grito

Abrir la puerta del aula se le hacía casi imposible. Tanto como levantarse. Como desayunar. Como coger el coche e ir hasta el Instituto, donde le esperaban sus alumnos de arte, especialmente, Gael, que todo el día estaba incordiándole.

Sabía que Gael, era un caso aparte, y que a un asperger tenía que ganársele, pero no encontraba la forma de que aquel alumno mostrase interés por una asignatura que a él también comenzaba a aburrirle.

Sin saber el porqué, desde aquella mañana en que no quiso levantarse, la vida se le hacía insoportable. Ir a trabajar era desesperante, y nada parecía ya ilusionarle.

"A Gael tienes que motivarle", se decía, pero a su vez se preguntaba: "Y quién le motivaría a él, que ya estaba harto de no poderles decir la cruda realidad a los padres.

Estaba harto de no poder decir la verdad cruda de lo que en realidad pensaba de la mayoría de aquellos rapaces, que no pensaban en otra cosa que quedar bien ante sus compañeros y en las redes sociales.

"¿Qué te pasa? -le preguntaban sus colegas, pero él guardaba silencio, para no ser el centro de sus comentarios.

Es más, sin haberlos dicho nada, cuando entraba en la sala de profesores se hacía el silencio, y se callaban todos los que estaban cuchicheando: "su salud mental se está deteriorando". "Tiene una depresión de caballo". "Hace cosas muy raras". "Algunos padres ya se están quejando", y cuando iba a entrar en clase, hacía como que no escuchaba los comentarios ultrajantes e hirientes de sus alumnos: "que viene el loco" y "ya está aquí el zumbado".

Bien sabía él que no estaba loco. Que su depresión era crónica, y que su ansiedad le iba minando de manera intermitente, como si no encontrara la manera de huir de aquel descorazonador calvario.

Una mañana, después de analizar en el aula la obra "El Grito" de Edvard Munch, Gael, al verle llorando solo en su mesa, se acercó a él y le dijo: "¿Duele?

-Tú, ¿qué crees?

Y Gael, sin saber que responderle, guardó silencio, y le susurró al oído:

- Yo, siempre que estoy así, deprimido, cuando no me escucha nadie, grito.

- ¿Y qué ganas gritando?

- Es la mejor manera de saber que sigo vivo, y que debo de seguir luchando.

martes, 14 de abril de 2020

Ma, té


Isidoro nació en primavera. Ojos marrones, pelo negro, y dedos gordos.

Desde bebé, estuvo lejos. Lo miraban, le jugaban, le hablaban, pero Isidoro… estaba lejos.

Tardó dos primaveras en arrancar a caminar, y dos más en aprender a jugar. Siempre solo, pero jugaba.

Primavera es una palabra muy larga, al igual que cumpleaños, y al igual que Isidoro. Nunca repitió ninguna de las tres.

A las cinco de la tarde, todos se sentaban a merendar. Isidoro tomaba su lugar, y mirando la nada, comía dos galletitas con un vaso de leche. No elegía, no agradecía, no se quejaba. Estaba ahí, pero no estaba del todo.

Un día, el tío de Uruguay mandó de regalo una caja de té de hierbas para la familia. Esa tarde, haciendo una excepción, todos tomaron una taza.

El té era indescriptible. No sabían de qué hierbas se trataba, pero era como saborear todos los continentes: lo picante de América, lo exótico de Oceanía, lo tradicional de Europa, lo cálido de África, la mezcla de Asia, y el toque final de un leve ardor frío de la Antártida.

Con fascinación, las meriendas se transformaron en viajes alrededor del mundo. Hablaban horas de todos los países, contando las historias increíbles que narraban esas hierbas tan únicas. Isidoro, como de costumbre, permanecía en silencio. Nadie sabía que él también estaba viajando, aunque lo hiciera solo.

Un domingo nublado, mamá preparó la merienda para dos: Isidoro y ella eran los únicos en la casa. Un poco cansada de tantos países, sirvió dos vasos de leche, y puso en un plato varias galletitas.

Isidoro se sentó, miró la mesa, y dijo: "Ma, té". Fueron sus primeras palabras. Fue la primera vez que su voz cortó como una navaja el silencio. Conteniendo las lágrimas, su mamá preparó un té de hierbas y se sentó junto a él. Isidoro estuvo unos minutos ahí sentado, compartiendo su té, y mirando por primera vez sus ojos verdes.

Al otro día, de nuevo el vaso de leche en la mesa. "Ma, té". Esta vez una taza más grande. Unos minutos se transformaron en media hora.

El tercer día, la taza era casi tan grande como una jarra. Los ojos de Isidoro miraban a todos los demás.

Mamá pensaba: "ojalá el té no se acabara nunca, ojalá pudiera seguir tomando un rato más". Ver la mirada de Isidoro era como dar mil vueltas al mundo.

Una tarde de lluvia aturdidora, llegó la idea que lo cambió todo: una taza con las hierbas, una bombilla, y una pava calentita sobre la mesa. "Ma, té". "Sí, Isidoro, mate". Viajaron juntos, cada uno a un continente diferente, pero juntos, compartiendo la mesa.

El "Ma, té" se convirtió en un mate que la familia compartió todos los días, a las cinco de la tarde. Con el invento de mamá, las miradas se encontraron, y los viajes se volvieron más increíbles.

Isidoro encontró un lugar, y el mate trazó un puente para que pueda encontrarse con los demás.