Era imposible saber quién era, porque cada mañana me despertaba en un sitio y una fecha diferente. No digo que me molestara, solo que era incómodo algunas veces más que nada porque no podías controlar la historia que te pasaba. Lo mejor de todo que siempre estaba ella allí, cuidándome. O de senadora romana, de esclava bereber o incluso de alienígena informe solo con ojos muy humanos. Una vez tuve un amigo al que le encantaban los videojuegos combinados con los porritos. Dijo que lo mejor que había en el mundo era no saber nunca cómo acababa una historia. Dejó de pensarlo cuando le clavé un tenedor en la muñeca, luego de un par de caladas y unas birras. Nunca volvió a hablarme, pero sí dijo de mí barbaridades del tamaño de catedrales. Estaba a punto de tirar la toalla cuando en una de esas aventuras conocí a Teclas. Me dijo con mucha dulzura que todo era producto de mi mente inquieta. Eso fue decisivo para creerla, porque desde niña había escuchado que mi mente estaba mal o que era una jodida enferma. Primaria, fue poco más que una tortura con niños gritones que me odiaban o hasta me escupían. Secundaria, una cárcel con partes y broncas. Supongo que por eso volaba- cada vez más lejos- con la sola maleta emocional que tenía la mágica función de hacerme regresar a la realidad porque era mi madre. Ella siempre me acompañaba en aquellas crisis, para velar porque volviera. Hasta que llegó Teclas con su chaqueta del SAS donde ponía "Salud mental" en letras verdes esmeraldas. No me dio pastillas, ni consejos , sino que me escuchó atentamente. Me fue deconstruyendo como si fuera una tortilla en manos de un chef afamado para sacarme los huevos, las patatas, el aceite y la sal. Luego las batidas, las manos de la cocinera y hasta la sartén y el fuego que me habían cocido. Fue poco a poco metiéndose en mí, haciéndome suya para entender el dolor, la rabia y la soledad que me hacían vagar por mundos infinitos sin que supiese quién era ese día en que me levantaba cada mañana. No fue fácil, ni divertido, ni relajante. No fue rápido, ni alegre, ni entretenido. Quise volver muchas veces a volar sola por esos mundo en los que nadie te desprecia, ni te hace recordar cómo no importabas a nadie excepto a ella, que siempre había velado por ti. Por ella lo hice al principio. Por mí y mis mundos internos escondidos en mis ganas de vivir y ser una con los que me rodeaban, lo hice después. Aún sigo en el empeño. Lo mismo seguiré para siempre, domando las ganas de saltar al vacío de la multiplicidad y la nada. Lo mismo es eso la vida… eterna lucha con nosotros mismos. Pero por fin ayer pude abrazar a mi madre y decirle que "la quiero" , mientras mi psicóloga tecleaba.
Blog con los relatos presentados al concurso convocado por la Plataforma “Salud Mental y Cultura”, integrada por la Unidad de Salud Mental Comunitaria del Hospital de Los Arcos-Mar Menor, las concejalías de cultura de los municipios de Los Alcázares, San Javier, San Pedro del Pinatar y Torre Pacheco, las asociaciones AFEMAR, AIKE Mar Menor y LAEC, y la Fundación entorno Slow-Proyecto Neurocultura de Torrepacheco.
Mostrando entradas con la etiqueta Elermitaño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elermitaño. Mostrar todas las entradas
miércoles, 12 de mayo de 2021
lunes, 4 de mayo de 2020
El padre de Rosario Cepeda
Salió y lo cazaron en la misma acera. Eran dos de la Local en su coche pertrechados como si regularan quién vive y quién muere. Él lo sabía bien. No había llegado su hora. Se lo dijo… "No ha llegado mi hora". Pero no le hicieron caso, sino que le indicaron con el dedo índice clavado en la perspectiva "que se fuera a casa". No estaba muy seguro de cuál era su casa, pero tomó la intención de volver sobre sus pasos. Solo era la intención, porque a poco que se marcaran una arrancada quitándose de su vista, ya volvió a las andadas de irse a lo que era su vida. Rescataba chatarra de la basura para que un gitano deslenguado que se cagaba en sus muertos, le diera algo de efectivo con lo que comprarse una botella de vino para su afición diaria. Era como una santidad convenida…bebías y te olvidabas de todo lo que no fuera un paraíso azulado donde el vino corría libre y las ideas morían antes de nacer y hacerte daño.
No siempre fue así. Se lo dijo su hija entre gritos y lágrimas. "Te voy a tener que llevar otra vez a Salud Mental, en cuanto esto acabe". "Esto" era el jodido virus de las puñetas que no lo dejaba ni a cal ni a canto y que había acabado con su invisibilidad protectora. Iba ya camino del contenedor de basura del barrio con su bolsita reciclable, cuando los vio de lejos con el coche patrulla y los ojos encandilados para atrapar descarriados. Tuvo que volverse a la casilla prefabricada que le había arreglado su hija dentro de su parcela para que entrara y saliera cuando le viniera en ganas, porque ya estaba harta de lidiar con él y sus manías. En otras épocas sin pandemia la vida era buena. No existían estaciones, sino soles o lluvia. Se buscaban -de día y de noche- tesoros escondidos, pateando barrios residenciales donde la gente lo tiraba todo por aburrimiento. Nadie hablaba más que de tonterías hasta secarse la boca, mientras él vagaba ajeno a todo. Ahora, el tiempo estaba cruzado, los que le seguían habían tomado formas diferentes y espiaban tras los cristales su más insignificante movimiento. Por eso, escondía el botín de lo sacado de la basura tras un seto que consideraba tan suyo que más de una vez al ver a los de la limpieza manipularlo para podarlo, los había amenazado de muerte. Sabía que no había llegado su hora y se lo dijo. Vio que el más joven hacía un gesto con el dedo índice llevándoselo a la nuca y volteándolo como hacía el marido de su hija cuando él decía que le seguían por todas partes. Ella se enfadaba con su marido, mientras le abrazaba a él. Ahora también le abrazaba mientras los agentes le daban cuenta de sus escapadas. Era agradable su olor que borraba todo lo demás, dejando solo lo que importaba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)