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domingo, 23 de mayo de 2021

Relato ganador y relatos finalistas del II Concurso de relatos cortos sobre salud mental “Construyendo cultura en salud mental” en su edición de 2021

Lo pirmero gracias por escribir y gracias por leer. En esta edición de 2021 hemos recibido 342 relatos, casi todos ellos de muy buena calidad, hasta el punto de que la Comisión ha valorado como candidatos a primer premio ventiséis relatos, algo inusitado,  a cuyos enlaces remite la lista del final. De esos ventiséis relatos salió el siguiente fallo:

Relato ganador del II Concurso de relatos cortos sobre salud mental “Construyendo cultura en salud mental” en su edición de 2021:

Pájaros y pájaros, de Soledad García Carrillo

Relatos finalisas:

Tierra, de Emilce Marial Acuña

Santa Dympna, de Antonio Ramírez Sevillano

Primer paso en falso: la infancia, de Amir Abdala

Algunos de los relatos candidatos a primer premio:

Pájaros y pajaros
Una sonrisa de buenos días y la salud mental de …
Martina y Sofía
Ella
Gravedad
No me rendiré
Café con leche
Abril es el mes más cruel
Nombre y Apellidos
Regreso al infierno
Pactando con mi verdugo.
El viaje
La montaña invisible
Tierra
No me rendiré
La barca
Santa Dympna
Paraíso de letras
Primer paso en falso: la infancia

martes, 11 de mayo de 2021

El vació como arma de destrucción'

Cuando Juan y yo nacimos, una fría noche de diciembre, mamá nos prometió que nos cuidaría toda su vida. Y así fue. Recuerdo que todas las tardes, después del colegio, nos venía a recoger luciendo una preciosa sonrisa que nos proporcionaba seguridad, amor y paz.

Pienso que es la mujer más valiente que he conocido jamás. Se ve que cuando papá murió, durante nuestro embarazo, mi madre sufrió un trastorno depresivo mayor que duró muchos años, impidiéndole levantarse de la cama en ciertos periodos. Algunos vecinos la juzgaban y le acusaban de ser una mala madre y una cobarde. Yo creo que mamá no fue cobarde, fue una luchadora.

Las madres de nuestros compañeros del colegio la miraban con pena y desprecio, haciendo que nosotros la quisiéramos proteger aún más, cuidándola y haciéndola sentir querida.

Los años pasaron y cuando nos faltaba un mes para cumplir los dieciocho años, Juan y yo fuimos diagnosticados de esquizofrenia paranoide. Los amigos dejaron de llamarnos rápidamente, y los conocidos que nos encontrábamos por la calle nos evitaban como si fuésemos monstruos inestables con rasgos asesinos.

Hemos tenido una vida muy complicada. No se nos brinda la oportunidad de tener un trabajo fijo con la consecuente dificultad económica que ello implica. No hemos tenido relaciones amorosas, pues la gente nos tiene miedo y no se atreven a compartir con nosotros más que unos <<buenos días>>. Nuestros sueños se han visto truncados. Lo que sí que hemos tenido es el amor incondicional de una madre, la única que nos ha aceptado y nos ha querido tal como somos.

No sé muy bien porque estoy hablando en plural, pues realmente se puede considerar que Juan y yo somos la misma persona. Yo soy el cerebro de Juan, el órgano que mejor puede explicaros la enfermedad. Un neurotransmisor excitador cerebral llamado dopamina, empezó a aumentar en mis circuitos, haciendo que partes de mí se estimularan en exceso. Esto, a su vez, hacía que Juan sintiera o viera cosas que no estaban presentes en la realidad física, con todo el sufrimiento que esto significaba para él. Pienso que lo que más le duele es el vacío y desprecio recibido, como si él fuera el culpable de lo sucedido. Y yo me pregunto: << ¿Por qué es tan distinta la percepción que tiene la gente cuando es otro el órgano enfermo? ¿Por qué cuando un paciente batalla contra un cáncer se considera valiente, y sin embargo cuando la salud mental de una persona se ve afectada parece que incluso ella es la responsable de la enfermedad?>>.

jueves, 6 de mayo de 2021

Después del amor

    Te han terminado. No hay manera de suavizar la noticia. Se acabó. El mundo sigue exactamente igual, con la diferencia de que todo ha cambiado. El camino a casa se hace más largo, se ha vuelto silencioso pues ya no existen las charlas que lo adornaban y volvían alegre. Ahora solo escuchas la voz de tu cabeza, tratando de comprender cuál es la mejor manera de enfrentarlo para que tu salud mental se mantenga contigo. Encuentras consuelo en la música, pero es un arma de doble filo porque puede hacerte recordar esos bailes, cantos y momentos que tanta felicidad te dieron y que ahora tratan de quebrarte. Intentarás dejar el ayer donde pertenece, pero tú misma te encargarás de cargarlo contigo hacia el presente, como una especie de auto sabotaje cada vez que luches por no dejar escapar una lágrima en el camino, cuando pienses en un nuevo chiste tonto que nunca dirás, que nadie escuchará. Llegarás a casa e irás directo a tu cama, intentando poner en orden tu cabeza, dándole permiso al llanto de que corra libre con la esperanza de que barra con todas las dudas, preguntas y sentimientos rotos. Desearás que todo sea una pesadilla, pero sabes perfectamente que lo que está pasando es real y que de la realidad no hay escapatoria. Desearás morir y cortar de raíz tus sentimientos, aunque eso signifique llevarse de paso los buenos. Te quedarás dormida entre lágrimas y despertarás a media noche sólo para quedarte sentada en la orilla de la cama pensando en cómo fue que terminaste en este punto de quiebre. Quizá tengas arrepentimientos, pensando que si tuvieras la cabeza que tienes ahora, lo habrías hecho diferente, pero es gracias a lo que has vivido que has logrado tener la sabiduría de hoy. Te levantarás y verás en el espejo aquella cara con los ojos rojos de tanto llorar. Esa eres tú. Sonreirás al saber que dentro de ti cabe un gran corazón que sabe amar. Los días pasarán, a veces te levantarás con el ánimo tan alto y otras tantas ni siquiera querrás levantarte, pero con el tiempo entenderás otro tipo de amor, el amor propio. Mirarás cómo tu mano ahora no sostiene otra mano y te preguntarás si la de él está acompañada, la nostalgia te acompañará la mayoría de los días, mirarás el cielo y darás gracias por haberte permitido amar como lo hiciste, porque cuando uno lo da todo no hay nada que reprocharse. Porque cuando te ha dolido la cabeza has ido al médico, y ahora que te duele el alma has recordado que también hay médicos y psicólogos dispuestos a ayudarte. Porque tu familia y amigos no te dejarán sola. Recordarás esos momentos con una sonrisa y empezarás a dejar de cargar el pasado que ya no influye en tu futuro. Porque la próxima vez será mejor. Porque como dice la canción que escuchas: debería estar prohibido haber vivido, y no haber amado.

martes, 4 de mayo de 2021

Una sonrisa de buenos días y la salud mental de nuestros niños hambrientos…

    …Son días muy soleados, y donde unos buenos días traen consigo una historia de cruda realidad en el país más rico en oro negro, pero también ya no es secreto las largas travesías de un gran número de ingenuos niños, que cambiaron sus mochilas de libros, cuadernos y lápices, por la de sueños diarios de poder conseguir sustento para sus desiertas mesas de comer, a falta de manteles de nubes, y de celestiales cubiertos pintados de humildad, a mi puerta no faltan los ya conocidos chamos, que con sus gestos bondadosos y tremenduras ingenuas, sus saludos de buenos días, carecen de armonía, se les nota una mirada de ojos de niños entristecidos con una salud mental y cultura de calle aporreada con un desconcierto de no saber que sucede en sus fogones solitarios y carentes de ollas humeantes de caldos de felices verduras, no es sino por un estómago vacío de días de largas caminatas infructuosas, que por la falta de recompensas no son capaces de mentir, faltos de fuerzas pero llenos de esperanza de vernos salir con el acostumbrado saquito de arroz, acompañados del tarro de café con pan mojados, sin importar lo viejo y duro, pues se les hace imposible comprar mesada de pan fresco y menos una perola de fresco del día…

…Son nuestros niños que obligados por una situación donde el mundo completamente de revés, los adultos pervertidos por la necesidad imperiosa de hartar sus deseos de inflar sus bolsillos, se hace común las filas de bachacos trabajando por su sustento diario para asegurar una despensa repleta de alimento, pues la realidad cruda y dura nos da cachetadas de una verdad, como lo es los Buenos días de nuestros niños hambrientos, no solo de conocimiento del porque a sus padres se le hace tan difícil llevar el plato de comida, otros tiempos era fácil rellenar arepa de mantequilla y queso llanero, una Venezuela no muy extinta desde que aires Revolucionados por una idea de sociedad en común, no fue sino la peor estafa mediática y popular ideal de sueño de Bolívar, trasgiversado por falsos profetas callejeros, míticos parlanchines sindicalistas, engatusaron a un pueblo llevando a niños de sonrisas celestiales y de estómagos repletos, a chamos de miradas ingenuas pero de risas hambrientas y de cachetes caretos de sudor mezclados de por llantos de noches sin cena y desayunos sin arepas…

…El relato de las veredas y calles de muchedumbre, no jugando a la pelota perdida o al loco escondido, sino del chamo bregando de puerta en puerta, dando sus buenos días y sonriendo al vecino por un gesto de humidad y un vaso de agua, para saciar la fe de llevar a casa o rancho, sus mochilas llenas de harina, pan y arroz… Venezuela sangra y no en territorio invadido, sino de nuestra muchedumbre ultrajada en su alma y robada en su mente…Venezuela llora y Nuestros niños sonríen de hambre dura y atroz...

lunes, 4 de mayo de 2020

Terapia a las once y cuarto

Una ventana emergente surgió de la nada, ocupando la pantalla del portátil en cuanto recibió la llamada. Aquel era un viernes como otro cualquiera, uno en el que tampoco podía salir por esa maldita pandemia. Le iba bien trabajando desde casa, ni siquiera su rutina se vio afectada por evento de este calibre. Quién lo diría, ¿verdad? Mientras otros se subían por las paredes al no poder permanecer más tiempo al que llamaban "su hogar", para él no era nada más que continuar con su rutina. O casi.

—Buenos días, Clara.

—Buenos días, Simón. ¿Qué tal todo?

Clara era su terapeuta desde hacía un año, pero la sonrisa que le dedicaba cada vez que tenía terapia conseguía abrir el pequeño cajón de su mente en el que guardaba todo tipo de pensamientos y que estaba cerrado a presión. Desde que tenía memoria había empleado su tiempo a estudiar, a trabajar y a estar con la familia que le quedaba. Se esforzó con todo su ser para conseguir lo que tenía, pero el verano anterior fue cuando aprendió del peor modo lo importante que era cuidar de su salud mental.

—Un viernes como otro cualquiera —sonrió Simón, encogiéndose de hombros.

Al principio se mostró receloso cuando le recomendaron una psicóloga. Sus primeras sesiones con ella fueron cargadas de lágrimas, de silencios y con un nudo constante en la garganta. Aún continuaba sucediéndole y por eso se fijaba en detalles que le ayudaban a centrarse, como los cuadros de faros en la pared, el ambientador con olor a limón, los sillones de cojines blancos acordes con la decoración o la calma de su terapeuta mientras aguardaba a su próxima frase.

Ahora sus sesiones se limitaban a videollamadas por Skype al no poder salir de casa. Los primeros minutos siempre le costaba arrancar, sobre todo por la sensación extraña que le daba hablar contra la pared. Hasta que luego regresaba a la realidad, con ella y los problemas que ya no podía guardar en su cajón. La intensidad de la terapia en ocasiones le pasaban factura, hasta el punto de cerrar los ojos siempre que acababa.

¿Cómo había terminado así? ¿Qué mal había hecho para verse en un pozo que no tenía fin

—¿La próxima semana a la misma hora? —dijo Simón antes de despedirse.

Pero no obtuvo ninguna respuesta. La pantalla estaba congelada. ¿De verdad esa era su vida? ¿No era una historia disparatada de alguien tras un teclado? Entonces su teléfono sonó, causando un gran estruendo en su casa vacía:

—¿Simón? Se ha cortado la llamada —dijo Clara—. ¿Estás bien?

Lo estaría. No hoy y tampoco mañana, pero lo conseguiría.

jueves, 30 de abril de 2020

Sonrisa

Desde su cama, envuelta en unos gruesos edredones, Celia alargaba su brazo hacia la mesilla de noche buscando su sonrisa. Cogía su teléfono móvil para encenderlo y encontrar el habitual mensaje diario de: buenos días, cariño, que iba acompañado de un emoticono sonriente. Inmediatamente, como si de un acto reflejo se tratara, aquella sonrisa virtual se proyectaba en su cara.

Desde el otro lado del globo terráqueo, Martín escuchaba los pasos de su perro, que se dirigían hacia su cama todas las mañanas. Al principio, embotado por el sueño, no reaccionaba. Pasados unos instantes, sonreía mientras veía a esa bolita de pelo blanco ondulado, que iba corriendo hacia él, con la boca abierta.

En España, Eva abría sus ojos en tiempos de confinamiento tras horas de quietud y descanso. Su primer pensamiento era que había pasado el año más duro de su vida, debido al fallecimiento de su pareja y ahora se encontraba mucho mejor. Sus únicas tareas diarias le fascinaban: comer, hacer ejercicio, leer y escribir. 

El ejercicio desactivaba su ansiedad, proporcionándole estabilidad mental y un sentimiento de superación, ya que nunca había logrado adquirir ese hábito motu proprio. Llevaba un mes y notaba su cuerpo más firme.

Por otro lado, nunca había tenido una rutina de escribir y era consciente de lo positivo que resultaba ese hábito diario. En sus textos, trataba todos los temas que le apetecieran, dejando que se escaparan pensamientos. Cada día, escribía sobre un tema junto a un buen amigo, que le enviaba otro texto cargado de alguna interesante historia con la que se emocionaba, reía, sorprendía o entretenía. Tenían este gratificante proyecto en común, que se había convertido en otro gran propósito para vivir. 

Se sentía mejor confinada, teniendo aquellos dos grandes propósitos, que anteriormente estando en libertad sin aquella rutina.

Eva no tenía pareja ni perro, pero su sonrisa brillaba en la cuarentena.

– No somos una simple consecuencia de lo que nos ocurre. Somos la interpretación de esos actos neutros que vivimos e interpretamos, dándoles subjetividad. A través de la fuerza de voluntad, podemos construir rutinas para sentirnos mejor con nosotros mismos. No sé lo que me deparará el futuro, ni me preocupa tanto como antes, porque lo que ocupa mi tiempo son mis rutinas diarias, hacer ejercicio y escribir, que consiguen hacerme sentir bien en el presente. Creo que es suficiente, porque el presente es el único tiempo que existe – pensó Eva.

También recordaba que muchas veces, tenemos que renunciar a nuestras ideas para curarnos, a través de otras nuevas. Pensaba en el duelo por el fallecimiento de su pareja, que había terminado de experimentar durante el confinamiento y se alegró de haber cambiado algunas ideas para curar aquella herida y aprender a vivir con menos sufrimiento. Terminaba su reflexión con el siguiente pensamiento: 

– La vida es un conjunto de cambios, que interpretamos en función de nuestras creencias y la salud mental depende de ellas. He decidido convertirlas en un motor de crecimiento personal. –