viernes, 1 de diciembre de 2023

Una tarde más


Miraba al techo continuamente, desplazaba sus pupilas de un lugar a otro. Su mirada parecía hilvanar una y otra vez las dos paredes de la habitación, coserlas y descoserlas, como si de esa actividad dependiera que nuestra casa siguiera en pie. A veces, cuando sentía que ella ya había trabajado suficiente sobre ese costurón invisible que le dilataba las pupilas, pegaba mi cabeza a la suya y trataba de tomarle el relevo, aunque me resultaba imposible lograr unas puntadas tan prietas como las suyas. ¿Qué veía ella? ¿Qué podía retener su mirada allí durante horas y horas? Me incorporé, puse mi rostro frente al suyo; sus pupilas se desplazaron y se fijaron en las mías, pero ella seguía sin verme, tejiendo y destejiendo el abismo que la consumía. Mamá, dijo. ¿Dónde está mi madre? Yo no supe qué responder, solo alcancé a devolverle la pregunta que yo también me hacía: ¿dónde está mi madre? El estruendo de su cuerpo sobre el suelo fue la única respuesta contundente que me dio esa tarde. Un pinchazo y mi madre volvió a casa, aunque no por mucho tiempo. Aún ella y yo seguimos haciéndonos las mismas preguntas de tanto en tanto.

Evitativo

                                            

Es domingo.

Lo sé, porque llevo puesto mi vestido con flores y no la bata de siempre.

Me gustan los domingos, aunque hubo uno que no me gustó. Ese día desperté con el lecho lleno de sangre y el vientre vacío.

Mejor no pensar en ello.

Siempre soñé con ser madre, muy seguramente, por la imposi­bilidad que parecía tener mi cuerpo para afrontar tal menester. ¡Como si el cuerpo supiera lo que quiere el alma!

Mis manos empiezan a temblar.

Mejor no pensar en ello.

Me peino en silencio. A él le encanta cuando me recojo el ca­bello en una cola de caballo. Me hace doler la cabeza, pero no sé decir que no.

Me miro al espejo y lo veo... el cabello blanquecino que cubre toda mi cabeza. No soy yo. ¡No soy esa!

¡No puede ser!

Si hace apenas unos días que desperté a tu lado sin saber pedir ni dar perdón.

Tenía veintisiete y ahora que miro mi reflejo no entiendo bien qué pasó.

Las manos temblorosas y el recuerdo desbloqueado de todas esas veces en las que callé que estaba jodidamente triste, porque dijiste que era mejor no pensar en ello.

Visión distorsionada por la tristeza

No entendía por qué cada vez que me observaba en el espejo me veía más gorda. Decidí comenzar a vomitar, ya que los laxantes no parecían suficientes.
Dos semanas después desperté en la cama de un hospital. Mi madre sostenía mi mano. Ella, aunque trataba de sonreír, me explicó con ojos vidriosos que me había desmayado en el gimnasio. Me había dado un amago de infarto, pero estaba fuera de peligro. En ese momento supe que no quería morir, pero quizás, tampoco le estaba encontrando sentido a la vida. Pude sentir el dolor de mi madre, el que llevaba meses soportando por verme comer tan poco. Nos abrazamos las dos y lloramos juntas.
Siguiendo el consejo médico comencé una terapia. Fue allí donde entendí que todo partía de un trauma en mi niñez, por unas burlas que recibí acerca de mis pantorrillas. Yo era muy madura, perfeccionista y sensible, y nunca hablé con nadie de ello. El dolor se convirtió en deseo de desaparecer, de ser invisible. Me estaba matando lentamente.
Pero el amor de mi madre y la ayuda profesional me salvaron. Aprendí a expresarme, aceptarme y quererme.

Cicatrices


Sentirse sola no es una sensación agradable y, por desgracia, yo la he experimentado.

Durante muchos meses he tenido depresión. Una etapa en la que no podía confiar en nadie porque estaba tan centrada en lo malo, que no me di cuenta de que había gente a la que realmente le importaba. Empecé a guardarme todo lo que sentía, hasta que no pude más y busqué una salida para tanto dolor.

Descubrí que haciéndome daño a mi misma podía calmar todo lo que sentía. Empecé haciéndome pequeños cortes en los brazos, al ser invierno no se notaba.

Un día mi padre me preguntó cómo estaba, solía contestar con un "bien" para ahorrarme más preguntas, pero ese día decidí contárselo todo. Cuando terminé me dio un abrazo y me susurró: "Todo va a salir bien".

Juntos se lo contamos a mi madre. Decidieron llevarme a un psicólogo que me ayudó a entender mis sentimientos y a no depender de la aprobación de nadie. Para el siguiente año ya estaba recuperada. Intentaba siempre recordar el pasado como algo bueno, pero no siempre se podía.

Esta habría sido una buena historia, pero no me tocó vivirla, porque cuando decidí hablar, nadie me escuchó.

El afinador de pianos


Saínza llevaba tiempo buscando las notas en su cabeza. Antes era fácil, cuando su mente podía guardar silencio durante espacios prolongados; sus manos hablaban solas deslizándose tecla a tecla mientras las obsesiones desaparecían entre las notas de aquella melodía.

¿Cómo funcionaría el engranaje mental de otras personas?, ¿estaría lleno también de pensamientos autodestructivos y obsesiones sobre catastróficas desgracias que jamás ocurrirían?

No sabría recordar con exactitud cuándo comprendió que algo no funcionaba en su cabeza. Desde pequeña, convivía con aquellas voces; su propia voz sumergiéndola en estados de alerta continuos: "si no tocas esa baldosa, a mamá le pasará algo malo", "revisa ese enchufe, la casa podría incendiarse".

Cuando creció, las obsesiones maduraron con ella: "si no he disfrutado de ese beso, ¿será que ya no me atrae?, "si no pienso en él todo el día, ¿será que no le quiero?, "¿haré algo malo con ese cuchillo?".

El punto de inflexión sucedió cuando la voz de su cabeza se rindió proponiendo desaparecer, dejar de sufrir.

Sus notas estaban en algún lugar; no podía encontrarlas. Fue entonces cuando cruzó aquella puerta, abrigada para un largo viaje, dispuesta a que él le ayudara a afinar su piano y poder recuperar la melodía.

La memoria


Tengo la capacidad de crear lugares, lugares donde los sonidos y las luces construyen el escenario perfecto para acomodarme a esperar el próximo viaje a un lugar extraño. ¿Quién sabe? tal vez, esto es la realidad y lo otro un sueño, sueños que no cambian de personajes.

Las mismas personas esperando mi llegada, hablándome con dulzura y… ¿lloran? ¡por qué lo hacen! Quizás sucede algo y se hallan a la espera de que pueda ayudar. Trato de comprender durante el tiempo que me permite la estancia, pero es confuso tanto recuerdo desordenado. A veces se me hacen familiares sus voces y sus rostros, pero puede ser debido a la repetición de sus apariciones.

Creo que hay una interferencia entre mi espacio y este lugar, una conexión que logra atravesar la distancia ¿o quizás sea el tiempo? Sin embargo, la música que suena en mi mundo de luces y colores no la he creado yo, esta llega de allí, lo sé porque la he escuchado en ambos lados, me gusta. Despierta recuerdos fugaces de momentos vividos en este desorden temporal.



Algo tira nuevamente de mí, cambia la luz, se diluyen desdibujándose los rostros, regresan las sombras y me envuelve el silencio.

El amigo de mi padre





El amigo de mi padre, fiel a su cita, acude cada mañana bien vestido y aseado.

Mi madre le anuncia la visita con el rostro algo demacrado y, antes de perderse tras la puerta del dormitorio para limpiar las huellas de la guerra que dejan las noches, le ofrezco un abrazo y una sonrisa; son el bálsamo que alejan a los demonios de su mente. Los mismos que destruyeron a su madre.

Mi padre se acerca sonriente, al igual que su compañero. No se dan los buenos días; tan solo sonríen y entablan una conversación primaria.

Caliento la leche en el cazo y observo el pan dorándose en la tostadora. Las tostadas saltan, las pongo en el plato y las riego con aceite de oliva.

Papá, vamos a desayunar, le anuncio. Pero no contesta, tan solo me observa preguntándose si será a él a quien llaman.

Me cosquillea el corazón verlo así. Rectifico y lo llamo por su nombre. Juan, vamos a desayunar. Entonces si me mira y, amable como es, convida a su amigo animándolo para acompañarnos en la mesa, pero el espejo tan solo se limita a hacer su función, recrear la sonrisa inolvidable de mi padre.