martes, 5 de mayo de 2020

Vosotros más que yo

Aunque casi nadie lo supiera, Vicente se había escapado del manicomio. Su loco deambular llegó hasta el emperifollado local del certamen. Vicente entró por azar; era el único asistente desinteresado.

El fugado quedó camuflado entre un público ávido de vinos y canapés gratuitos. Comían y bebían todos sin cesar, también él, el desconocido del todos llegarían a conocer después su perturbación en busca y captura. Al principio nadie reparó en su presencia. Después, un rumor creciente lo advirtió. Sin afeitar ni demasiado contacto con el agua por preferir de siempre el vino, vistiendo una vieja chaqueta de punto sobre una especie de pijama; por entero fuera de lugar en la gala. También llamaba la atención al atiborrarse de canapés y de vino, aunque nadie se atrevía a llamarle la atención a él; un sujeto de esa catadura amedrentaba a un público tan engolado como aquel. Nadie lo había visto nunca y ahora todos lo miraban de reojo. La gente cuchicheaba y se apartaba sin embozo. Los camareros también; no tenían el olfato de los catavinos, pero rehuían ciertos efluvios. Mientras esperaban instrucciones, optaron por tirar por la calle de en medio, dejando bien provista de vino y canapés la solitaria mesa del extraño. Al fondo, sobre el estrado, los catadores saboreaban ya el pronto exhibicionismo de sus sentidos. 

Doña Matilde de Olivenza, viuda de Don Nicanor Olivenza, aristócrata y prohombre local, destilaba gran nerviosismo. Veía peligrar el evento instituido años ha por su difunto marido y lo último que querría sería una ceremonia perturbada; sería tanto como perturbar el eterno descanso de su Nicanor, tan amante en vida del vino y del decoro. Asustadiza, Dª Matilde no le quitaba ojo al intruso, quien a su vez miraba con ojos desorbitados, fijos, desconcertantes. Seguían los cuchicheos a su alrededor. Se había colado sin invitación, sin identidad y sin higiene. La mujer era también bastante fantasiosa y llegó a maliciarse algún sabotaje envidioso para ridiculizar y desprestigiar la cata, manchando a título póstumo la imagen impoluta de su marido. Discreto, el sumiller se acercó para sugerirle el aviso a la Policía, la identificación y desalojo del anónimo personaje. Pero la buena señora prefirió acogerse al protocolo y aguardar acontecimientos. Por el momento, el advenedizo de mirada alunada no se movía ni hablaba; parecía darse por satisfecho con el vino y los canapés.

Lejos del oloroso objeto de murmuraciones, los catavinos desplegaban su ritual, inclinando la copa el ángulo justo para apreciar las tonalidades del caldo, respirar su aroma, removerlo con precisión antes de probarlo y desglosar su pedigrí. 

No fue hasta el momento de verlos desechar el vino en las escupideras cuando Vicente abrió la boca para otra cosa que no fuera ingerir.

–Si para valorar este vino tenéis que estudiar, es que no sois muy listos. Y si encima lo escupís, es que estáis más locos que yo.

En la sala se congeló el silencio. Luego el sumiller marcó el número de la policía. Los cuerdos hubieran preferido no oír nada.

Mis ganas de vivir te las de a ti

Ya es muy tarde y todavía ese joven de 18 años esta tumbado en la cama no se ha levantado ni a comer: piensa su madre en qué momento su hijo paso de ser alegre y lleno de sueños a alguien totalmente inmotivado sin ninguna razón aparente; le preocupaba su salud mental, todos sus familiares estaban desconcertados con su comportamiento .

Ella ha buscado ayuda especializada y no ha obtenido resultados, pues él se niega hablar solo le prescriben píldoras que como dice el solo lo hacen dormir. Un día hablando con una amiga esta le dice que conoce a una psicóloga joven pero que se interesa mucho por sus pacientes, de inmediato pide una cita con ella y le cuenta todo a la psicóloga y va a su casa y le pide conversar con él pero en otro lugar para apartarlo un poco de la cotidianidad que lo rodea quizás en el parque de la esquina él se queda pensando y no dice nada, pero ella no da tiempo a que salga de su boca el no rotundo que esta por explotar y lo agarra del brazo y le dice vamos . 

Estando allí, ella comienza hablar con una gran empatía, el entra en confianza y habla pero había un detalle que ella no conocía que tartamudeaba un poco; él le dice que se sentía mal porque no era capaz ni de enamorar a una muchacha por miedo a que no le salieran bien las palabras y que se rieran de él que ya no tenía ganas de vivir que no veía ningún motivo para hacerlo ella lo miraba mientras pensaba que el había entrado en un cuadro depresivo provocado por el deseo de hacer algo y la frustración de no tener el valor de hacerlo lo llevo a este cambio en su estado de ánimo. Cuando él se desahogo totalmente ella le dijo escucha: A veces comienza el día y no tenemos un propósito de vida, pero que mas incentivo que el de tener a una familia, podemos dejar de trabajar o dejar de estudiar por designios de la vida pero la familia no nos deja, desde ese abuelo o abuela que son nuestros consejeros espirituales hasta el mascota de la casa siempre nos quieren levantar el autoestima, de esa tía que conversa contigo como amiga o de tus primos que con ocurrencias te alegran el día ,y los padres que aman sin medida; una familia reunida riendo de las vivencias de cada quien, piensa que algunos disfrutamos de ese tesoro, mas hay quienes no tienen el apoyo de su familia. El muchacho lloro desconsoladamente como si hubiese esperado todo ese tiempo que estuvo tan triste por esas palabras tan esperanzadoras .Y al final con mucho empeño de su parte y ayuda de la psicóloga volvió a ver la vida desde otra perspectiva con el convencimiento de que la que lo quisiera a él lo iba aceptar como es.

La salud mental de papá

Al regresar a casa, encontramos a papá sentado en el piso del baño, había sacado el excremento de la tasa y embarraba las paredes con las manos llenas de caca, cuando lo vi, le grité para que parara de hacerlo, me dio mucho asco, le gritaba con todas mis fuerzas, diciéndole que no fuera puerco, ni atascado, sucio, cochino, lo jalonee, sacudiéndolo de la ropa, yo no paraba de gritarle e insultarlo; después de pegarle y aventarle agua fría para bañarlo y limpiarlo, volvió su rostro, me vio con esos ojos azul plumbago, de los cuales escurrían las lágrimas, y me preguntó con una voz llorosa y lastimera que por qué no le daba de comer, en lugar de bañarlo y pegarle. No pude aguantarme, lo abracé y me puse a llorar junto con él. No sé cuánto tiempo lloré abrazada de papá, lloraba y sollozaba como un niño y me pedía que no le pegara y que mejor le diera de comer.

¿Recuerdas a papá? Alto, fornido, bien formado, con esos ojos azules y pícaros que no paraban de moverse, siempre reluciendo de limpio, extremadamente bien vestido, imponente, sabíamos cuando entraba a la casa, esparcía su fragancia cara y refinada, con un bigote que cuidaba con gran esmero y además sabia lucirlo, con su voz de tenor bien modulada, en fin, todo un galán, ahora es solo un guiñapo

Hoy le he pedido a Dios que se muera, para que deje de sufrir, que nos deje descansar, que termine de pagar sus pecados en la otra vida o donde sea, pero que nos deje vivir tranquilos, ya no puedo hacer nada por papá, ya no quiero ser una esclava dedicada a un hombre muerto en vida, sin esperanza alguna, estoy cansada de términos médicos como afasia, agnosia, aprasia, déficits cognoscitivos, infección crónica del sistema nervioso central, deficiencias nutricionales, factores tóxicos/metabólico, demencia, declinación funcional, delirio, diagnóstico diferencial, demencia vascular, demencia prodomal, pruebas neuropsicológicas para evaluar el deterioro de la memoria, etc. No quiero volver a oír hablar de medicamentos como el nootropil ni de ningún otro. Mi papá está muerto en vida, muerto, totalmente muerto, no puedo hacer más que enterrarlo hoy mismo. He deseado que se acabe el mundo, que deje de lastimar a la familia.

Recuerdo como se inició la enfermedad del Alzheimer, cuando papá olvidaba los eventos cotidianos, se le olvidaba parte de su vida, cuando hacía los cheques no podía llevar a cabo las restas más sencillas, su capacidad para salir se le comenzó a dificultar, se desesperaba cuando no podía recordar las palabras o las situaciones, negaba que estuviera enfermo, y comenzó a platicar de su muerte, diciéndonos que él no iba a ser una carga para la familia, que nunca dependería de ninguno de nosotros que estaba buscando la forma rápida, sencilla y sin dolor de suicidarse, comenzó a buscar información y encontró su cianuro de potasio lo ingirió enfrentando su muerte. Nos libró de él, pero no de su recuerdo.

Miedo al miedo

"Está loca". Eso es lo que siempre le habían dicho al joven Pablo acerca de la señora García, una mujer menuda de ojos azules. Hace tiempo que circulaban historias sobre ella. Cada vez que Pablo y su familia se la encontraban, sus padres le susurraban que era mejor mantenerse alejados. 

Lo más chocante de la Loca era su perenne amabilidad. Siempre daba los buenos días, y dejaba generosas propinas en la cafetería donde desayunaba todos los días. En respuesta solo recibía evasivas y silencio. En dichas ocasiones, un destello triste cruzaba sus ojos. 

Cuando un virus cambió el mundo y empezó un repentino confinamiento digno de ciencia ficción, la delegación de Cruz Roja del distrito organizó a sus voluntarios. A Pablo le encomendaron repartir tupper de comida en diferentes direcciones, incluida la de María García, la Loca. 

Cuando le abrió la puerta con una cálida sonrisa y le invitó a pasar, Pablo la siguió hasta la cocina, rehuyendo su mirada azul. Contestaba en automático, sin prestar mucha atención a sus comentarios acerca de lo agradecida que estaba y de las dificultades económicas que tenía porque no querían contratarla. ¿Quién querría contratar a una loca?, pensó el chico. De repente, un nombre en la conversación le obligó a levantar la mirada.

- Eres Pablo, ¿verdad? -repitió ella.- No te acordarás, pero yo te cuidaba cuando eras bebé. En esa época tus padres y yo quedábamos mucho.

- ¿Eran… amigos? ¿Qué pasó?

La cara de la Loca se ensombreció.

- ¿Sabes que hay personas que tienen problemas de estómago y les impiden llevar una vida normal? Pues mi problema era de pensamiento. Empecé a tener crisis de miedo en situaciones injustificadas y sin previo aviso. El corazón se me aceleraba tanto que parecía que se me iba a parar. Al final por miedo a que me repitieran las crisis no salía de casa. Tenía miedo al miedo. Si hubiera sabido antes que se podía controlar, quizá aún conservaría mi trabajo. Tardé en ir al psiquiatra porque no quería que me colgaran el cartel de "loca" de por vida, pero mereció la pena. Aún así, la gente sigue teniéndome miedo. Solo porque no se han molestado en comprenderme. No saben que las enfermedades de los pensamientos duelen.

- ¿Duelen?

- Sí, a veces causan un sufrimiento tan intenso que el dolor físico en comparación es un alivio. Y, lo peor de todo, es que las personas en general, en vez de ayudarte, te dan la espalda e incluso te tratan con desprecio, justo cuando más les necesitas. No son conscientes de que estas enfermedades están creciendo y muy probablemente las vivirán de cerca. Cuando llegue ese momento, se arrepentirán, pero ya será tarde. 

Pablo no hubiera consentido nunca un comportamiento racista u homófobo, pero, sin darse cuenta, había participado de una discriminación muy importante. Parpadeó. Sentía como si estuviera viéndola por primera vez. Hasta ahora había sido siempre "la Loca", y ahora simplemente la veía como María García, su vecina del quinto.

La espera

La calle estaba desierta y mal iluminada; los débiles faroles luchaban contra la rigurosa penumbra que dominaba ese frío ambiente nocturno; la luna brillaba, apenas, tratando de salir victoriosa ante las silenciosas nubes que intentaban anularla y el viento, testigo susurrante de sus embates, no podía más que acompañarla desde la solidaria distancia; era una noche como muchas otras, dominada por una oscuridad opaca e inclemente. Desde una ventana del edificio y sentada en un sofá de añejo tapiz, Lucrecia, con los ojos ya cansados, miraba tratando de divisar la figura inconfundible del amor de su vida, del hombre que la cautivó desde el primer día; por él tomó la decisión de terminar los diez años de convivencia con Darío, lo que fue muy bueno porque la relación se había deteriorado como nunca lo hubiera imaginado; ahora, sólo podía agradecer al destino por conocer a quien le dio nuevas ganas de vivir y enamorarse. Habían cumplido recién dos años de vida bajo el mismo techo y confiaba en que la armonía sería duradera; al comienzo tuvieron dos o tres desacuerdos pero la positiva disposición de ambos permitió superar ese impasse; como experiencia fue muy útil porque decidieron asumir la realidad y acomodarse a ella persiguiendo un beneficio mutuo.


Arnaldo acostumbraba a llegar cerca de la medianoche al hogar pues su jornada laboral, desde hacía varios meses, se había extendido por necesidad de la empresa; no estuvo de acuerdo con esta exigencia porque intuía que, más temprano que tarde, pondría en peligro su relación con Lucrecia pero necesitaba el empleo y oponerse a la extensión de la jornada tendría ingratas consecuencias; ya conocía el caso de dos empleados que la empresa despidió por no acatar las nuevas disposiciones. Estaba seguro que él correría la misma suerte si se negaba a trabajar algunas horas más y eso, definitivamente, produciría graves secuelas en su relación. 

El reloj mural ya indicaba las dos de la madrugada. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando? No lo sabía ni le interesaba saberlo. Estaba haciendo lo que su corazón le ordenaba y eso era más que suficiente; no le quedaba más que resignarse a su destino y confiar en que algún día vería llegar a Arnaldo antes que sonaran las doce campanadas. Su mente, trabada por las cadenas invisibles de una profunda depresión, se negaba a reconocer que el hombre que la había conquistado, y le había jurado amor eterno, ya no regresaría; sin embargo, seguía escudriñando, con más voluntad que certeza, la impenetrable oscuridad; jamás podría aceptar el cruel abandono de quien significaba todo, y mucho más, para ella.

Repentinamente, el giro de la cerradura de la puerta irrumpió como un suave murmullo en sus oídos; cerró los ojos al escuchar unos leves pasos; volteó la cabeza y trató de gritar. No pudo emitir sonido alguno. 

Partida interestelar

- Quiero re truco - nos cantaron.

- Voy - gritó alguien. 

Otro tiró un rey. Todos nos reímos. 

Otro día en el neuropsiquiátrico esperando por el alta.

Le tocaba mezclar a Susana. Por un segundo se le vio la cicatriz en la muñeca. Era tan jodidamente hermosa cuando se reía, pero acostumbraba estar inexpresiva. Yo la miraba de reojo y enseguida desviaba la mirada. No quería que le den el alta. Ella tampoco quería irse. No quería volver a su casa.

Yo me quería ir desde el primer día que me llevaron. Desde antes incluso. La confusión me agobiaba. No podía distinguir los pensamientos racionales de los que no lo eran, o los que se suponía que no lo eran. ¿Quién sabe?

Odiaba las sesiones interminables de preguntas ambiguas. Quería respuestas y sólo había silencios incómodos. Odiaba no tener el control. Odiaba haberlo perdido. De pronto, ahí estaba Susana y me calmaba.

Tres cuatros: copa, basto y oro. 

- No tengo nada – dije. 

Miento mal. Tampoco tenía ganas de mentir.

Mis compañeros me miraron severos.

¿Qué me esperaba de ahora en más? ¿Tendría un estigma de por vida? Como aquél hombre del barrio que se sentaba solitario a fumar largas horas y me decían "No te acerques. Está loco.". Como las "locas feministas" que son calladas bajo esa palabra mágica. Como aquella señora medicada que todos evitan.

Me acordé del dicho que reza que a los locos hay que decirles siempre que sí. ¡Qué idiotez!

Me acordé de los exámenes pre-ocupacionales que había llenado en mi vida y sus casillas para las enfermedades mentales. ¿Iba a conseguir trabajo después de esto? De cualquier forma no importaba. Nada importaba. ¿Qué podía importar en ese momento?

Perdimos de nuevo. Me tocaba barajar a mí.

Mi compañero de habitación llegó con un paquete de bizcochos. Estaba contento. Casi nunca salía del cuarto más que para comer. Ya le habían dicho que a fin de mes le daban el alta. Su novia lo esperaba. Tenía una foto de ella y una carta al lado cama.

Hacía calor pero no demasiado. El cielo estaba despejado. La ciudad estaba lejos. 

Repartí.

Alguien apostó un cigarrillo. Una brisa traía aromas frescos. Uno a uno tiraban sus cartas. Hablaban mientras tanto. Contaban anécdotas. Hacían bromas.

- Si el psiquiatra me viese cantando ENVIDO así, sin tantos, no me deja salir más. - conté mi chiste. Susana sonrió.

Esta ronda me toca ganar, tengo buenas cartas.

A favor del viento

El holandés memorizó la dirección en la que debía de entregar los diamantes que viajaban en el cofre de anclas del "van der Decken". Guardó el teléfono y continúo caminando. Antes de llegar al pantalán, descubrió a una anciana, vestida de negro por completo, que observaba detenidamente su barco. Cuando estuvo a su altura, le preguntó:

─¿De vacaciones?

─Trabajo aquí ─respondió ella. 

─¿Tiene una náutica?

─No vendo barcos, simplemente, los imagino. 

─Ya, una cuestión de fe.

─¿Fe? No me seas tontín. ¿De qué me valdría venderlos?, mis clientes, los capitanes muertos, no tienen con qué pagarlos.

─Entonces, ¿para qué los imagina?

─Es difícil de explicar, no puedo darte mis razones ni mis secretos profesionales. Lo que sí puedo decirte es que mis barcos están hechos de memoria.

─¿De memoria? 

─De la memoria del muerto. Te pondré un ejemplo: si en vida, surcaste las aguas del Pacífico Sur, ¿de qué te valdría un velero blanco? No sería mejor que llevara tatuados, en su casco, todos los colores que esconden el océano y las islas maoríes en cada una de sus bodegas. El blanco viene bien para los cómplices de la luna, contrabandistas y estatuas de almirantes. 

─Parece razonable.

─¿Qué te pensabas?, estoy loca pero no soy una irresponsable. A todo esto, contrabandista, porque está claro que no eres una estatua municipal ─le lanzó un guiñó─, ¿me llevarás mar adentro en tu velero? 

─¿Adónde? 

─Hasta el horizonte, dónde pueda besarte.

─¿Besarme?

─Amurar las comisuras de los labios por la proa, por la popa o el través. Con mar gruesa, arbolada o enorme. 

Se quedó sin palabras, hubiera preferido que se tratase de un policía de paisano, al menos, habría sabido cómo reaccionar.

─Entonces ─continuó ella─, holandés, si no quieres un beso, ¿qué harás para que nunca te encuentre?

─¿Cómo sabe de dónde vengo?

─Porque no toma sus medicinas. 

Era una mujer, de unos cuarenta años, vestía vaqueros y blusa blanca. Cogió a la anciana del brazo al tiempo que le comentaba:

─Tiene un problema de salud mental, taquipsiquia, una enfermedad extraña, su cerebro funciona más aprisa que el del resto de la gente, tan rápido, que viven sumidos en una eterna confusión. ¿Le ha molestado?

─Todo lo contrario, lo hemos pasado bien, hemos estado viajando en el "van der Decken". Hemos ido hasta allí.

Señaló un punto lejano, detrás de todos los barcos, en el horizonte, o quizá, un poco más lejos. La mujer asintió con una sonrisa. Tenía una boca grande y bonita y los ojos azules, como la anciana. 

─¿Después de llegar allí? ─preguntó. 

─Hemos regresado, tranquilamente, orzando. Incluso, nos hemos permitido el lujo de atracar a vela, como en los viejos tiempos. 

Le agradeció su paciencia y se marchó con su madre del brazo. A los pocos metros la anciana se dio la media vuelta, depositó un beso sobre la palma de su mano y sopló. El holandés supo que aquel beso llegaría a su destino, lo habían lanzado a favor del viento.