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jueves, 6 de mayo de 2021

La pena

    El día más que nublado estaba sucio, como si alguien se hubiese entretenido en tapar el sol con periódicos viejos. Ni me molesté en colocar la sombrilla, la dejé junto a la bolsa, abrí la tumbona y me senté. Soplaba un flojito agradable, el agua rompía a pocos metros de la orilla dejando su rastro de espuma.

Al rato, pese a que la playa estaba semivacía, un individuo se plantó a mí lado, andaría por los cuarenta, aunque también podría tener unos veintitantos mal llevados, nunca se me ha dado bien calcular la edad ajena. Lo primero que hizo fue decirme que la espuma tenía la costumbre de sorprendernos sin llevarnos al hastío, después se presentó como Ezequiel.

─Encantado ─contesté─, me llamo Antolín.

─Menudo nombre para un puerto.

─¿Antolín?

─El hastío.

─Ya.

─¿Y de las olas qué me cuenta?

Permanecí callado, Ezequiel parecía algo confuso y quizá no fuese conveniente darle demasiada cancha ni tampoco llevarle la contraria. Como no le contestaba decidió hacerlo él mismo, me aseguró que las olas necesitan medio mundo y seis mil playas para armar el mismo silencio que regalaban las espiras de una caracola desde un local tan pequeño. Había que reconocer que era simpático y tenía cierto ingenio con las palabras, así que le dije que cogiera una toalla de la bolsa y se sentase a mi lado. Me miró de arriba abajo muy serio, como si el confundido fuera yo, y me contestó que no se fiaba de la tierra.

─¿Y eso?

─Todo el mundo sabe que aún se muere por tener sus propios ahogados.

Su parte de razón llevaba, lo que no se sabía es adónde. Le pregunté a qué se dedicaba, contesto que en sus ratos libres era boyardo, el oficio más triste del mundo, siempre cerca del mar y siempre dándole la espalda; a él le habría gustado más ser delfín o marejada. Le dije que había oficios peores, como en mi caso, que solo era un turista. Seguimos hablando y descubrimos que además de los días nublados también teníamos en común la afición por la cerveza y que ambos estábamos prejubilados, en mi caso, por la edad, y en el suyo, por un trastorno de salud mental. Continuó contándome más anécdotas del mar ─como que en los grandes naufragios el océano se salía de los mapas y no había lugar donde poner el barco o que los celtas siempre tuvieron el buen gusto de situar los suyos junto a una isla habitada solo por mujeres─ hasta que de repente miró su muñeca, en la que no había ningún reloj, dijo que se estaba haciendo tarde y se despidió hasta el día siguiente.

En fin, lo que acabo de contarles me sucedió ayer, en la playa, mientras hablaba con un sicótico paranoide en lugar de hacerlo con otro turista, y no sé qué pensaran ustedes, pero creo que mereció la pena, quizá por eso, esta mañana, he vuelto al mismo sitio para ver si regresa Ezequiel.

martes, 5 de mayo de 2020

A favor del viento

El holandés memorizó la dirección en la que debía de entregar los diamantes que viajaban en el cofre de anclas del "van der Decken". Guardó el teléfono y continúo caminando. Antes de llegar al pantalán, descubrió a una anciana, vestida de negro por completo, que observaba detenidamente su barco. Cuando estuvo a su altura, le preguntó:

─¿De vacaciones?

─Trabajo aquí ─respondió ella. 

─¿Tiene una náutica?

─No vendo barcos, simplemente, los imagino. 

─Ya, una cuestión de fe.

─¿Fe? No me seas tontín. ¿De qué me valdría venderlos?, mis clientes, los capitanes muertos, no tienen con qué pagarlos.

─Entonces, ¿para qué los imagina?

─Es difícil de explicar, no puedo darte mis razones ni mis secretos profesionales. Lo que sí puedo decirte es que mis barcos están hechos de memoria.

─¿De memoria? 

─De la memoria del muerto. Te pondré un ejemplo: si en vida, surcaste las aguas del Pacífico Sur, ¿de qué te valdría un velero blanco? No sería mejor que llevara tatuados, en su casco, todos los colores que esconden el océano y las islas maoríes en cada una de sus bodegas. El blanco viene bien para los cómplices de la luna, contrabandistas y estatuas de almirantes. 

─Parece razonable.

─¿Qué te pensabas?, estoy loca pero no soy una irresponsable. A todo esto, contrabandista, porque está claro que no eres una estatua municipal ─le lanzó un guiñó─, ¿me llevarás mar adentro en tu velero? 

─¿Adónde? 

─Hasta el horizonte, dónde pueda besarte.

─¿Besarme?

─Amurar las comisuras de los labios por la proa, por la popa o el través. Con mar gruesa, arbolada o enorme. 

Se quedó sin palabras, hubiera preferido que se tratase de un policía de paisano, al menos, habría sabido cómo reaccionar.

─Entonces ─continuó ella─, holandés, si no quieres un beso, ¿qué harás para que nunca te encuentre?

─¿Cómo sabe de dónde vengo?

─Porque no toma sus medicinas. 

Era una mujer, de unos cuarenta años, vestía vaqueros y blusa blanca. Cogió a la anciana del brazo al tiempo que le comentaba:

─Tiene un problema de salud mental, taquipsiquia, una enfermedad extraña, su cerebro funciona más aprisa que el del resto de la gente, tan rápido, que viven sumidos en una eterna confusión. ¿Le ha molestado?

─Todo lo contrario, lo hemos pasado bien, hemos estado viajando en el "van der Decken". Hemos ido hasta allí.

Señaló un punto lejano, detrás de todos los barcos, en el horizonte, o quizá, un poco más lejos. La mujer asintió con una sonrisa. Tenía una boca grande y bonita y los ojos azules, como la anciana. 

─¿Después de llegar allí? ─preguntó. 

─Hemos regresado, tranquilamente, orzando. Incluso, nos hemos permitido el lujo de atracar a vela, como en los viejos tiempos. 

Le agradeció su paciencia y se marchó con su madre del brazo. A los pocos metros la anciana se dio la media vuelta, depositó un beso sobre la palma de su mano y sopló. El holandés supo que aquel beso llegaría a su destino, lo habían lanzado a favor del viento.