jueves, 2 de noviembre de 2023

Por una profe cualquiera

Míreme, profe", susurró Teresa, remangándose para exponer las cicatrices de sus antebrazos, con más pena que vergüenza. "Soy un desastre".

Y comenzó a llorar, sus ojos como espejos clarividentes de un dolor que ningún niño debería estar autorizado a sentir.

"No he terminado el proyecto. Me olvido de ducharme, o de lavarme los dientes. Odio la nueva medicación que me han recetado. Sé que no es la solución, sé que es estúpido, pero necesito cortarme para salir de esta angustia que me persigue a todas horas. ¿Me puede dar un abrazo?".

Su profesora la abrazó, luchando contra sus propias lágrimas, mientras Teresa estallaba en sollozos intermitentes que cortaban como escarcha. La dejó llorar entre sus brazos, por minutos que se sintieron como horas, y sólo fue capaz de musitar: "Tú haces que quiera seguir dando clase".

Cuando doña Matilde llegó a casa, abrazó a su hijo. Aquel vacío doliente y sordo de la impotencia desentonaba con la gratitud ególatra de saber que el suyo era un niño sano cuya risa llenaba los rincones y entibiaba el alma. Se sintió inepta, inútil, huérfana de palabras: no sabía que aquel día, con un abrazo, había salvado una vida.

La perruca

Desperté. No por la luz, era temprano. Como todas las noches de los últimos meses, he dormido poco.

Estaba encajada. Él provocó una pequeña depresión en la cama, y ahora que no está me hundo ahí. Debería comprar otro colchón.

No tenía sueño, tampoco ganas de levantarme. Por mis niñas me obligué a hacerlo, ellas son frágiles, necesitan una madre fuerte. Ya ves, cuando a mí quien me movía para todo era mi marido. ¡Maldito virus!

Mientras ponía el café vi una mancha de color en el balcón. El geranio, que no sabe la fecha, y ha producido más flores. Y no le hago ni caso, tendré que cuidarlo en el futuro.

El café está regular, tengo que comprar una cafetera. He visto una, pero es cara. A ver si mi hermano me gestiona la viudedad. Además me ha dicho que me puedo jubilar anticipadamente dentro de poco. Con eso quizás me pueda permitir algún capricho.

Voy a oscuras, dentro de un túnel. Pero al final, como en el de La Perruca, se vislumbra una mancha de luz. Tendré que llegar allí, donde estará la sonrisa de mis hijas, el colchón nuevo y el geranio florecido. ¡Ah! y la cafetera.

El puente

Ella estaba sola. Había perdido todo lo que le daba sentido a su vida. No tenía a nadie a quien recurrir, nadie que la escuchara, nadie a quien querer o que la quisiera.

Y pensó en acabar con ese sufrimiento. Caminó hasta el puente y se asomó a la barandilla. Miró al río que corría bajo sus pies, pero sintió algo de vértigo.

Luego pensó en dejar de existir.

Pero entonces, algo la detuvo. Escuchó un ladrido detrás de ella. Era un perro que deambulaba perdido sin dueño, y que se había dado cuenta de su intención.

Ella se sorprendió. Quiso ignorarlo y seguir con su plan. Pero el perro no se rindió. Aulló con más fuerza, dio vueltas sobre sí mismo, varias veces, y luego se cobijó a su lado.

Ella se conmovió. Quiso acariciarlo, que confiara en ella. Pero el perro no se conformó. Le tendió la pata. Le lamió la pierna. Y se subió a su falda.

Ella se animó. Y aceptó su pata bajando por fin de la barandilla.

Miró al perro que le había salvado la vida y sintió gratitud. Luego pensó en seguir su consejo y buscar ayuda. Pero, sobre todo, pensó en vivir.

El susurro de Ehecatl y la Elección de Xólotl

La comunidad Azteca celebraba el nacimiento de los grandes dioses Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. Durante la sagrada asamblea, el gran sabio Cuauhtémoc anunciaba, conmovido, al que traería el fin de la larga era de lágrimas: "El primer bebé en nacer antes de la medianoche sería conocido como el 'Susurro de Ehecatl', un eco divino que ofrecerá esperanza". Daniel, el que tendría por único juez a Dios, fue el elegido. Nació bendecido bajo la dualidad de Ometeotl: el equilibrio entre el miedo y la aceptación de las sombras.

Los rostros se iluminaron llenos de esperanza, excepto el del sacerdote Xólotl, un hombre consumido por sus demonios interiores, lleno de un vacío descomunal. A la mañana siguiente, Xólotl se encontró nuevamente frente al precipicio de su desesperación y quiso dejarse caer del tercer piso; para él ya no habría esperanza, nunca hubo. Recordó por un breve instante a Daniel y un viento invadió la habitación, acompañado de un murmullo. "El Respiro de Ehecatl", susurró Cuauhtémoc desde su jardín, dirigiéndose a Xólotl: "Recuerda que incluso el aliento más puro se corrompe si no se comparte. Ve y lleva a todos el mensaje de que tú, tocado por la muerte, has vuelto a vivir".

Algunos prójimos

Nunca lo había visto en vivo. Por televisión o en el periódico, solo en un par de ocasiones. El "suceso" había convocado a paramédicos, policías y a un semicírculo de unos 20 curiosos. El tránsito se había detenido y nadie podía cruzar el puente. Supongo que yo era la curiosa número 21. Aunque no solo era curiosidad; era cierto sentimiento de comprensión. Quería acercarme al equipo de rescate; contarles que yo entendía; que en innumerables ocasiones había querido, también, saltar de un puente, salir gritando por la calle como enajenada y confesarle al mundo que ya no podía más; que había sido un gusto muchas gracias pero hasta aquí llegamos. Habría querido, en esas y otras ocasiones, salir con una bata blanca, de transparente muselina, con mi pelo suelto, sin peinar, con las uñas pintadas de rojo y con esa mirada sensual y de loca que a veces percibía en mí misma. ¿No habría podido, yo, en primer lugar, salvar a esa alma tan desesperada como la mía? ¿No habría podido decirles que sé lo que es el dolor, ese dolor que te hace escuchar, en la cavidad vacía de la cabeza, los gritos de una niña que se ha metido en un baúl escondido en la mitad de la nada?

Por suerte, antes de siquiera decir algo o atreverme a dar un paso, el equipo de seres humanos preocupados por salvar la vida del prójimo, conducían a ese prójimo a una ambulancia que, ese día, al menos, pudo acoger a una de esas almas que deciden, alguna vez, escaparse de sí mismas.

Empacho vital

Mi psicóloga me explicó que hasta los huracanes tienen un centro de calma, y las galaxias también. Y ambos tienen enormes fuerzas rotando a su alrededor, como la mayoría de nosotros. Por ello, muchas veces nos sentimos colapsados por las muchas obligaciones que nos hacen sentir agobiados. Mi psicóloga me ha ayudado a analizar mis sentimientos, mis preocupaciones, mi rabia,… y sacarlo todo fuera. Con ella detengo la voraz rutina que me deja enormes grietas, grietas que me llevaron a desear desaparecer. Ella me ha ayudado a comprender que necesito regalarme momentos olvidados y encontrar pequeños rincones que había dejado de disfrutar volcándome solo en los intereses de los demás. He vuelto a ser humana, no autómata. He vuelto a despertar tranquila, pues sufría de un empacho vital.

Una vez hecha cierta reflexión, he descubierto que en el equilibrio está la respuesta, y sobre todo en pedir ayuda. Me ha hecho ver que muchos se beneficiaban del lleno de su parte aunque provocara un enorme vacío en mí, y que yo también cuento y he de valorarme ante los demás, y cuidarme bien. Gracias a la terapia, he recuperado de nuevo la alegría para seguir viviendo.                      

Llegaron a decirme "qué envídia".

No he sido la más fea de clase, tampoco la más tonta, -bueno, hubo un año que lo disimulaba bien-, siempre he tenido pareja, se me ha dado bien el deporte, la fiesta, lo laboral… y en salud no parecía estar mal. Hasta que un día, encerrándome en lo penúltimo, me di cuenta que había ido perdiendo aquello que se asemejaba a lo normativo. No era un tumor ni ningún hueso quebrado, pero dentro de mi ateísmo sentí roturas en el alma. Me dolían las piernas, el pecho, la cabeza, sentía que eso que se me estaba rompiendo me pesaba tanto que no podía avanzar. Todo el mundo me percibía alegre y por ende, no entendían la necesidad de una pausa; "¿qué te pasa?, ¿te encuentras mal?, tómate una pastilla y en dos días estás de vuelta". Yo misma quería encontrarme una enfermedad terminal para así explicar mi dolor.

Ya no tengo que enumerar las razones de porqué seguir. Ahora, aunque con vaivenes patrocinados por la apatía, me doy cuenta de que no se necesitan y que pese a haber quien no lo entiende, también hay quien quiere sentarse a tu lado a acompañar en el camino.