martes, 17 de octubre de 2023

No lo hagas

Mi vida era trágica. Por donde miraba, solo encontraba pena, dolor y sufrimiento. Mucho sufrimiento.

Empecé a considerar lo peor. Recordaba una frase que había leído hacía tiempo, "la muerte no es tormento sino fin de tormentos".

No se cómo, porqué, ni cuando. Todavía es un misterio quien me pasó estas líneas bajo la puerta:

NO TE MATES. NO TE SUICIDES. NO LO HAGAS. POR FAVOR NO LO HAGAS.

Escúchame.

El solo hecho que lo estés pensando, me hace imaginar lo fatal que lo estarás pasando.

Créeme que te comprendo. Solo puedo imaginar tu sufrimiento. Pero tienes que escucharme.

No quiero darte un mensaje religioso ni de falsa esperanza.

Por mal que te sientas, estás considerando una solución permanente para un problema temporario.

A alguien, le interesa muchísimo que no te suicides. Y es tanto el daño que provocaría, que si tomarias conciencia, no lo harías.

Por favor, no lo hagas. Ponte de pie. Vuelve a empezar. Así. Despacito. Paso a paso.

Y así lo hice.

Nunca dejé de buscar a la persona que escribió esta carta para agradecerle desde lo más profundo de mi alma. A esta persona le debo estar escribiendo estas líneas.

La sonrisa de Laura

Fue hace dos años cuando Laura comenzó a buscar ayuda para su mente desgarrada.

Aprender a convivir con la tristeza era un proceso afilado que se volvió insoportable.

No había una única causa de aquel fenómeno. La pandemia, que la obligó a teletrabajar, o mejor dicho, a vivir en el trabajo; la ruptura con su pareja, un hombre gris que padecía la peor de las enfermedades...el aburrimiento; o la noción de que su vida se deslizaba con una total falta de sentido y sintonia.

Llevaba notando desde hacía tiempo la ausencia de su sonrisa. Es por ello que la insistí en acudir a terapia. Por ello y porque entiendo que la amistad verdadera debe tener un fondo de coherencia insobornable.

Despegar la sal pegajosa que recorría su alma ha sido un camino largo con un feliz destino, donde el sol se asoma todos los días.

Me detengo a pensar en el valor de aquellos consejos que la lanzaba, sintiendo que en la vida puede haber palabras entretenidas, interesantes, pero sobre todo importantes, porque fueron estas las lograron recuperar de aquel oscuro pozo la mágica sonrisa de Laura.

El vecindario

Ana conoce cada recoveco de su vecindario como la palma de su mano, lo ha visto cambiar a lo largo de los años. Sin embargo, cada vez que entra sola por sus calles, aunque familiares, se siente fuera de lugar. La cabeza gacha.

Las voces del barrio, sin saber exactamente desde cuándo, pero en algún momento de su adolescencia, habían empezado a ser amenazantes, cargadas de desprecio, los susurros se convertían en murmullos y estos incluso terminaban en gritos. Coros que le alienaban haciendo que se sintiera abrumada por completo.

El día a día solo la distraía. A Ana le gusta la música, le gusta contar chistes, le gusta ver reír a los demás, aunque ella no se ría por dentro.

La noche cae sobre el vecindario, y Ana, arrastrándose por el suelo, notando el peso de la oscuridad sobre su cuerpo, solo pensaba en dejar de sentir.

No fue hasta que, en confianza con un amigo, de los que escuchan de verdad, pudo empezar a hablarlo, a tomar acción y comprender que hay mucho más que los susurros en su cabeza, mucho más que los gritos de su vecindario.

Un fragmento de mí

De los fragmentos del espejo de los que estoy hecho , como todos lo estamos, han habido quienes conocieron solamente uno. El que quise mostrar para la ocasión, pero cuyo fulgor no se sostuvo, como no puede sostenerse ninguna impostura. A todos nos pasa, el brillo que exhibimos se empaña rápidamente con la humedad de nuestros pensamientos que siguen respirando detrás del cristal. Siempre bajamos la guardia.

¿Cuál será mi mejor reflejo? ¿El qué yo elijo? La experiencia me indica que no siempre adopto el adecuado.

¿Deberé hacer un casting de mis resplandores?

Quisiera saber cómo he de mostrarme genuino, pero sin exhibir mi intimidad. Así como esos espejos unidireccionales de las ventanas, en los que se ve desde uno solo de sus lados. Trataré de compatibilizar la urbanidad con mis sentimientos. No sé cómo se compatibilizan extremos tan distantes.

Recojo un fragmento del espejo en el que me miro y puedo reír de lo que veo. Eso me salva , poder reírme de lo que veo.

Dejo los otros pedazos para los demás.

Y entonces, caro

Imposible levantarme de la cama. Todo es negro. Los pájaros chirrían.

Al tiempo, la paleta se tiñó de grises. Paulatinamente, llegaron los colores pastel. Después, colores vibrantes. Hasta que un buen día, un rayo de sol ahuyentó el invierno glacial y eterno de mi rostro. Sonreí. Una alegre melodía invadió mi alma. Carcajadas.

Sara las había tenido enjauladas.

Sara y yo nos conocíamos de toda la vida. Con algo de suerte, la perdería de vista después del colegio. Ni siquiera estudiaríamos lo mismo. Era pan comido.

Bienvenida a la facultad. Por arte de magia, allí estaba Sara. Era víspera de exámenes mientras me susurraba… ¡inútil, inútil! Quería con todas mis fuerzas que me dejara tranquila. Pero no callaba.

Por fin, oposición aprobada. En mi primer claustro de profesores, una chica me resultó familiar. No podía ser. No quería que fuera.

Persecución constante. Empapaba de negatividad todos los asuntos de mi vida. Me incitó a pensar que era mejor dejar de sentir. Dejar de ser.

Un día, una psicóloga dio una charla a los niños de mi tutoría. Absorta, decidí hablar con ella.

Y entonces, Caro.

Suena el despertador. Me levanto. Escucho el trinar de los pájaros.

¡El mundo es bello!

Aléjate de mí

¿Cómo llegaron ahí? No lo sé. Esos bichos, más negros que la noche misma, recorrían su cara y su cuerpo como si ese hubiera sido su hogar desde el principio. Él no parecía inmutarse, como si ya formaran parte de él. Era repulsivo. Me perturbaba lo que estaba viendo y aún así no era capaz de apartar la mirada. Tampoco fui capaz de pedir ayuda. Tan sólo me quedé allí, mirándole, petrificado.

¿Qué haces? - Preguntó mi madre después de abrir la puerta del baño, que yo había dejado entornada.

Nada. - Respondí yo sin moverme.

Bueno, pues entonces deja de mirarte tanto al espejo y mueve el culo, que llegaremos tarde.

Antes de salir del baño eché un último vistazo a mi reflejo. Aguantándome las lágrimas y con la voz entrecortada por el miedo atiné a decir "aléjate de mí".

Casiopea

Compongo música con el ordenador. Las paredes son mis compañeras. A veces me duermo sobre el teclado por los ansiolíticos. Mis allegados me consideran una rara avis. El psiquiatra dice que soy bipolar, muy nervioso y que presento trastorno obsesivo compulsivo. A solas suelto lágrimas con los cristales rotos de mi alma. ¿Para qué mi vida sin sentido? Necesito que me consideren. No me basto conmigo mismo. Sin los demás no soy nadie.

Hoy, salgo a la calle. Soy. Veo mi sombra. Empiezo a amarla. Escucho que una voz femenina me llama por detrás. Es una vecina que un día me dijo que había escuchado mis gritos en mis repetidas crisis. Esta vecina me mira a los ojos y me dice: Creo en ti, en tu talento. Me sonríe. Ella es pianista y me explica que ha tenido muchos tormentos mentales pero que alguien le dijo que un diamante no empieza siendo una piedra preciosa pulida y brillante. Y añade: Si quieres puedes, si puedes sigues, si sigues llegas y si llegas…Si llegas alcanzas la confianza. Si confías en ti, sabrás cómo vivir.

Hoy soy el fruto de sus consejos.