domingo, 3 de mayo de 2020

Sempre cheira

Había un perfume en el aire. Estaba en mi casa, en mi escuela y en el camino entre ambas; no visitaba otros sitios porque tenía Netflix.

Llevo años inhalándolo, aunque ya no huele tan fuerte como antes – si mi nariz fuera un bar, los camareros sabrían su nombre, de eso estoy segura.

Por ejemplo, cuando me parecía que algún vecino había hecho un bizcocho, el aroma, casi malvado, volvía, extremadamente intenso, y me dolía, y hacía que me escocieran los ojos hasta que estuvieran rojos como un tomate; se me olvidaba entonces que tenía hambre porque solo quería dejar de llorar.

Era consciente de que el perfume podía llegar a intoxicarme, pero me dejaba embriagara; yo sabía que no debería. A veces su presencia me tranquilizaba.

Muchas veces me acostaba en la cama para descansar del día y de su atmósfera contaminada; es que ansiaba que llegara la noche porque suele traer consigo una brisa fría que adoro, y podíamos disfrutarla a solas, mi manta y yo.

Mis sentidos funcionaban bien, claro; creía que estaba sana porque nunca me había roto un hueso.

Pero a mis ojos les dolía la luz; pero mis manos estaban frías todos los días del año y me daba miedo tocar a la gente; pero oía reproches que me agobiaban, y eran míos; pero todo era o demasiado dulce o muy amargo.

El aire, sin embargo, no era el perfume. Me di cuenta poco a poco, pero llegué a saberlo con más seguridad de la que tenía sobre mí. 

El problema, creo, es que yo no soy la dueña del aire, y cuando este llamaba a mi puerta yo le abría y me disparaban entre ceja y ceja; Netflix me dió Breaking Bad, y yo no le doy nada a cambio porque lo tengo pirata.

En fin, que el aire no tiene olor; mi aliento olía a veces, pero esa no es la historia de como empecé con mi terapia. No sé si el perfume se va a disolver algún día, pero los pelillos de mi nariz y yo estamos aprendiendo a lidiar con él; estoy contenta.

Encerrado afuera

Me quedé encerrado afuera. El cielo abierto amenaza con caerse sobre mí en cualquier momento y las ramas de los árboles se mecen intimidantes. Vuelvo a buscar la llave en mis bolsillos. Nada. Forcejeo con la puerta. Otra vez nada. Trato de respirar profundo como lo he practicado pero la risa de unos niños me interrumpe. Ya es la hora de salida del preescolar de al lado. Todo empieza a darme vueltas. Me aferro a la cerradura. Aaaaaaaaahhhhhhhhh, un gemido se me escapa. Golpeo la puerta pero nadie responde. Pasa un carro demasiado rápido, ¿Y si el próximo perdiera el control? No debí de haber salido, lo sabía, no era seguro. ¡Estoy encerrado afuera! Miro por una ventana, los muros que siempre me han resguardado se ven lejanos. Niños y papás empiezan a pasar y me miran. ¿Qué estarán pensando? Seguro dudan de mi salud mental. Me escurro sobre la puerta. Alguien tose demasiado cerca, ¡Auxilio! aprieto mi cabeza entre las piernas y me cubro con los brazos como si pudiera resguardarme de los virus en el aire. El chirrido de unas llantas retumba en mis oídos, el corazón se me desboca, ¿por qué a mí? apenas tengo 38 años. Las lágrimas empiezan a escurrirme haciendo que sea más difícil respirar, lloro desesperado. 

A esta hora adentro ya estaría comiendo mi fruta, al terminar sonaría el teléfono y sería mi hermano, hablaríamos durante unos 40 minutos y entonces sería momento de ver las noticias. Pero no estoy adentro sino afuera. Estoy encerrado afuera y no sé si sobreviviré. Me toco el pecho por encima de la camisa y confirmo que la placa está allí colgada. La saco "Leonardo Suárez. O positivo. Alergia a la penisilina. 3120627". La guardo. Apenas voy a tomar un respiro cuando siento unos pasos que corren hacia mí, me estremezco, parece que me atacarán por la espalda, me encojo más y espero el golpe o la puñalada. Ahí viene. Espero. Los pasos se alejan. No sé cuánto tiempo después me doy cuenta de que no estoy respirando. Levanto mi cabeza y veo a un joven alejarse con una pelota. El viento arrecia y el crujir de las ramas me recuerda que están listas para darme el golpe mortal. Una punzada en el pecho me deja sin aliento. Me tumbo en el piso aferrado a mi placa. De nuevo unos pasos corren hacia mí, seguro esta vez no es alguien detrás de una pelota, seguro es el final. 

¡Leonardo, Leonardo, estoy aquí! Así me dijo mi madre hace 31 años, ¡Leonardo estás bien! Eso dijo una y otra vez cuando llegó esa mañana a la esquina donde un camión sin frenos se llevó por delante a mi papá quien sólo alcanzó a tirarme a un lado antes de morir. ¡Leonardo, mi amor! Abro los ojos. ¡Salí a comprar leche, pensé que llevabas tus llaves! Abrazo con fuerza a mi esposa. Uno, dos, tres. Repite mientras abre la puerta de la casa. Respiro.

El tigre que sueña con viajar a las estrellas

Conduces una moto en dirección a una ciudad maldita al norte del valle. Al llegar, recuerdas que tienes que ir a la casa de Ana por un recado que tiene para tu madre y luego regresar a tu hogar, antes que la noche te atrape. Es allí que te percatas que algo no está bien: la señora Ana murió un año atrás y lo más importante ¡tú no sabes manejar! y, aunque supieras, técnicamente no podrías hacerlo; la moto que conduces tiene un par de globos azules en lugar de llantas.

Te despiertas. Ha sido un largo sueño, el más largo que has tenido desde hace mucho tiempo. No has dormido muy bien en el último mes y no sabes si es porque no has vuelto a consumir la pastilla diaria de bupropion clorhidrato o si es debido a que estás tan cargado de culpas, que tu táctica consiste en agotar tanto tu físico como tu mente hasta que todo tu ser se rinde y se entrega a un estado leve de muerte.

Reposaste más de la cuenta y sientes que el tiempo literalmente se esfuma, como el humo del cigarrillo de chocolate, brandy, maracuyá y ron con pasas que fumaste hace un par de sueños atrás.

Comienzas a escribir para mantener la rutina. Sabes que no es bueno escribir por ganar un concurso de escritura porque, en estos tiempos, seguro que hasta Vargas Llosa y gente así participan en cualquier concurso literario, solo para «matar el aburrimiento», y lo firman con un pseudónimo, que hace mención a un personaje de caricaturas, para «despistar al enemigo». 

Debes continuar con tu rutina, ya que te permite enfocar tu tiempo y ayudarte con tu proceso de recuperación. Llevas mucho tiempo con un diagnóstico de depresión, y aún te sientes como un bicho raro; un paria al que buena parte de la sociedad tiende a rechazar y aislar porque eres una «persona tóxica» del que la gente suele huir, para que no la infectes con tu «negatividad». 

Entonces decidiste combinar la psicología, las pastillas, la escritura y técnicas como el ho'ponopono, en la cual no creías mucho antes, e integrarlos en tu proceso para «transformarte en la mejor versión de ti mismo». Parecía más una carrera por ser aceptado por los otros, que algo que hicieras por tu propio bienestar. 

Pero no es así, tienes una dificultad como cualquier otra persona y no puedes seguir pensando que eres un desastre por ello. Muchos seres humanos pueden estar pasando por un estado depresivo. Algunos tienes sus técnicas para trabajar en ello. Tú lo haces por medio de la escritura, la reflexión, el chocolate y los sueños. Es un proceso que puede tardar tiempo, pero no has estado solo.

Justo en el momento en que comienzas a cuestionar tu proceso de recuperación, recibes una llamada en el celular: ¡has ganado un premio para viajar a las estrellas!

Despiertas nuevamente, pero esta vez ríes.

8 minutos en el infierno

La oscuridad se dueña de mi habitación, el silencio me rodea, es casi media noche y los pensamientos me atacan, los sentimientos abundan y mis manos comienzan a adormecerse. 00:00 mi respiración acelera, ya no siento que tan rápido avanza el tiempo. Mi pecho se cierra, me cuesta respirar, no siento que mi cuerpo responda, mi cabeza da vueltas, no sé dónde estoy, dudo de mí mismo.

Mis manos, aún dormidas comienzan a temblar. Los pensamientos no dejan de rondar mi mente, no puedo gritar, me siento solo, mi cerebro ya no recibe el oxígeno que debería. Las lágrimas resbalan por mis mejillas, me repito en voz alta que todo estará bien, que no es para tanto, que el que quiere puede…porque bueno, es lo que siempre me dicen. 

Siento que no puedo más, estoy debajo de mi manta con las rodillas pegadas a mi pecho, solo quiero que acabe ya. Intento respirar más lento, el pánico ha pasado, mi mente poco a poco se viene apagando, mi respiración es pesada, mi cuerpo es débil. Busco perezosamente mi teléfono. Marca 00:08.

No, no tengo intenciones de llamar la atención, estaba solo. 

Si, intenté pensar de otra forma. 

Si, quise detenerlo, quise relajarme, quise restarle importancia

No, no siempre cuando quieres puedes.

A veces…es un poco más complicado que todo eso porque a menudo llevas una existencia contradictoria y tu vida se vuelve algo así:

Mi despertador suena, pero no quiero levantarme

Es un día hermoso, pero no quiero salir

Tengo muchas cosas que hacer, pero no quiero hacerlas

Tengo amigos, pero me siento solo 

Intento hacer muchas cosas, pero jamás me sale bien 

Tengo hambre, pero me siento obesa

Quiero decir muchas cosas, pero...mejor no. 

Quiero estar solo, pero tengo miedo 

Actúo feliz, pero estoy triste

Intento estar bien, pero francamente no lo estoy

La vida es bonita, pero siento que la mía no.

Quiero ser querido, pero ¿quién podría quererme?

No quise tratarte mal, pero no pude controlarlo

Intenté parar, pero no pude hacerlo

Me excito con todo, pero no me causa realmente placer

No tengo hambre, pero quiero comer

Quiero que mi mente se apague...pero no lo hace

Hay que vivir, pero ¿para qué? 

Un día estoy bien, pero al siguiente ya no

Quiero hacer amigos, pero me incomodan las aglomeraciones

Me encanta estar en casa, pero la siento muy pequeña y me asfixio

Me gusta salir, pero siento que me persiguen 

¿Agarrar algo?, ¡claro que no! No sé dónde ha estado.

Se que no debí ordenarlo, pero no pude evitarlo

Probablemente no lo entiendes, pero eso me aterra.

¡Por favor, no se lo lleven!

De nuevo está gritando, se le cayó la cazuela a mamá, pero le basta un abrazo para sentirse seguro. 

Ayer, después de la escuela, caminamos juntos, sin pronunciar palabra, avanzamos jugueteando con la enorme piedra que se mira desde la ventana. Sin necesidad de llegar a un acuerdo, sincronizamos el turno y el paso. Durante el trayecto jamás dirigió su mirada hacia mí, pero toco mi hombro como si adivinase que no tuve el mejor de los días. No teníamos prisa por llegar, ambos disfrutamos del viento rosando nuestra piel y de la exquisitez de estar juntos. Exentos de sonidos, nos vimos inmersos en una conexión que se va más allá de la comprensión humana; un vínculo cuántico, donde nuestra energía cerebral y el electromagnetismo de nuestras emociones se hacía presente. 

Ya en casa, se sentó en el mismo lugar por horas. Lo observé un largo tiempo, me adentré en el brillo de sus ojos de niño intentando ser parte de su mundo interno; la limpieza que proyecta su mirada me invita a pensar que en su interior no existe maldad, ni prejuicios, mucho menos orgullo, egoísmo o envidia, todas esas actitudes que se adquieren mediante la interacción humana. 

Cuando se atreve a emitir algo, su boca solo puede destilar palabras llenas de verdad, de luz, de alivio. 

No soporta el ruido, tal vez porque la magia de éste lo conduce implacablemente a regresar a una realidad que no lo merece. 

Recurrentemente me obsesiono con fundirme en sus pensamientos, transmutar para caber en su universo sin trastocar su belleza, más bien siendo digno de pertenecer. 

¡Quien viviera con él, del otro lado de su piel! 

Un rayo de luz que permea el cristal, ilumina su rostro concediéndole un aspecto celestial. 

A veces pienso que es un ángel, quien al salir del parámetro que la sociedad establece como normal, es diagnosticado con un problema de salud mental. 

Sabe que aún distante lo sigo con la mirada, le reconforta mi presencia. Lo que no sabe es que su existencia le ha aportado a mi alma todo lo bueno que posee. 

Él es Lucas, mi hermano un año menor. El médico dice que no podrá estar más con nosotros; el Prozac no ha funcionado como se esperaba. 

¿Pero qué pasará con él lejos de casa? Cuando busque mi mirada y no la halle. 

¿Qué haré sin él? 

Mañana, al retornar a casa, me sumergiré nuevamente en las sombras, y quizás intente hallar una luz en el más allá. Será entonces que los médicos comprendan la necesidad de estar unidos. El amor de hermanos puede dotar de efectividad a cualquier medicamento. Sin él seguramente enfermaré. 

Ahora entiendo que Lucas, al nacer con autismo vino a cumplir un propósito. Llenarme de Luz y fuerza para continuar mi camino. 

¡Por favor, no se lo lleven! 

Momento en que un pájaro en silencio vuelve a cantar

Mamá está en la cama. Se levanta y tengo la esperanza de que hoy vayamos a dar un paseo sin motivo alguno, a mirar el cielo y las aves, a tomar el sol. Pero de nuevo me engaño. Ha ido a la cocina y ha tomado lo primero que ha visto. Observo en secreto que regresa a la habitación, me acerco a su cama y toco aquel libro que le dejé hace semanas en la mesita de noche, pero descubro que aún solo lleva huellas mías. Nada de qué hablar, solo pienso mientras la observo.

El libro y la mesita de noche y la cama y la ventana y las paredes y mamá misma están cubiertos de polvo. A veces me es difícil reconocer su rostro, saber si es ella la misma que dejé el día anterior, saber si su voz y sus silencios son los mismos o alguien ha tomado posesión de su cuerpo, no, de su vida, de su voluntad. No se trata de ser felices en apariencia, no quisiera una sonrisa falsa en su rostro, solo quisiera que volara más allá en el tiempo. Hace tres años que papá murió y ella toma semillas de voluntad.

Mamá no está sola, siempre la acompaña el retrato de papá. De algún modo me recuerda a los pajaritos que no pueden volar más cuando ven que su pareja ha dejado de mover sus alas para siempre. Que no cantan más porque necesitan del silencio para escuchar la voz que ya no está. Mamá está en la cama porque así puede soñar más, porque es algo de su mente, pero estoy segura de que las semillas de voluntad que toma van a germinar junto con las mías, que no necesitan pasarse con agua, solo necesitan pasarse por el cuerpo: como un abrazo. Mientras la tengo entre mis brazos le digo:

— Mamá, ¿quieres decirme algo?

— Ya me siento mucho mejor.

Duelo

Ahí va Olivia, es la viva estampa de la felicidad. Se va con mi desayuno y no para de saludar a otras pacientes. No hay ninguna que le niegue el saludo. La puerta se cierra segundos después y yo me quedo a sola con mis pensamientos.

Ahora puedo quedarme con ellos un buen rato. Antes no podía. No había manera. ¡Todo era tan triste! Mis ideas, mi vida, la ausencia de mi madre, yo... Yo...Yo..

No había manera. Era imposible. Lo intentaba y solo conseguía sentirme peor. Todo el mundo me decía que no me preocupase. "Todos, unos más y otros menos, han pasado por el sufrimiento de perder a alguien querido", me decían, y trataba de hallar en consuelo en ello. Pero cuanto más consuelo buscaba, más profundamente caía, y caía, y caía. 

No llegué a hacer un duelo como los demás. Me hundí y me ahogué. Hubo que reanimarme, llevarme lejos del sufrimiento y darme masajes de paz por todo el cuerpo.

Ahora ya me encuentro mejor, lejos de aquellos que no me quisieron porque no me entendían, feliz de volver de nuevo a la vida, serena, aceptando el dolor y sabiendo tomar impulso desde él.

Me dijeron que estaba enferma. Creo que fue solo que estaba perdida.