miércoles, 25 de mayo de 2022

Viaje hacia la aceptación

Hace días te fuiste para siempre. Tu recuerdo ocupó sin permiso cada parte mi cuerpo. Es como un inquilino que no paga el alquiler, pero me pasa factura.

Algunas veces no me creo que esté ahí encerrado cuando hace solo unos días estaba dándome la mano. Ahora, en ocasiones, recordarle me da dolor de cabeza.

Aunque el dolor no siempre está instalado en mis pensamientos. Otras veces el recuerdo toma forma de ira y se me coge un nudo en el estómago. La impotencia me recuerda que no estás en carne y hueso, donde yo quisiera que siguieras.

Este proceso es como una montaña rusa. Hay veces que los recuerdos se cuelan por mi boca, haciéndome reír a carcajadas. Sabes que eso solo puedes conseguirlo tú. Otras veces, en cambio, la culpa hace que apriete mis uñas contra mis manos hasta sangrar. Este sentimiento casi siempre provoca que me invada la pena y, esta vez, el nudo es en la garganta.

He decidido ir a un terapeuta para poder convivir con el recuerdo. No me seca mis lágrimas, sino que deja que corran, hasta vaciarme.

Con su ayuda y el paso del tiempo, se tiende un puente donde el dolor se transforma y el inquilino pueda cruzar hasta llegar al lugar de mi cuerpo que bombea feliz esperando el siguiente recuerdo.

En principio no te diré adiós

El día se volvió distinto a cualquier otro, a partir de ese momento sabia que la vida me cambiaria para siempre, y no, en principio no te diré adiós, ni siquiera sé si todavía estas ahí. Sentí en todo momento los ojos de los demás en la nuca, me susurraban cosas, me juzgaban por como actuaba, creo que era yo misma la que lo hacia y ellos solo me acompañaban. En el preciso momento en el que entre a aquella habitación, simplemente no pude alzar la vista del piso, solo realice el recorrido justo para tomar tus cosas y salir sin más, sé que alguien me dijo que te despida, pero seguí mi camino, como si no escuchara, hasta toparme con mucha gente en la sala de espera.

El sentimiento de soledad ardió dentro mío, creo que todavía lo hace. Las personas en aquella sala llena de sillas frías, y paredes pintadas de colores claros hablaban, preguntaban, y decían cosas que hasta el momento no recuerdo bien, y aunque sus intenciones eran buenas simplemente no cabían, ni la bondad, ni el consuelo, ni ningún sentimiento, no cabía nada más porque cuando un vaso de agua se colma por más líquido que quieras meter sea puro o no, simplemente no entra, necesitaba vaciarme, pero no allí, no así.

Recuerdo como de alguna manera me levante, y todos los días pensaba que era un sueño, al abrir los ojos el dolor volvía porque no era así. Mi enojo crecía como un árbol fuerte y firme dentro, porque te fuiste tan rápido, porque todavía había por compartir, porque encontraba en cada momento tantos porque no tenía que ser así. Pero después de algún tiempo, cuando tu olor no se iba todavía entendí, que eso era lo que yo quería, lo que mi vida necesitaba y no la tuya, entendí que cada cual tiene su tiempo y tenia que dejar de escuchar a mi ego, entonces y solo entonces dolió. Dolió, como si todo el mundo se acabase, como si el viento dejara de soplar, como cuando el calor te quema, como cuando hay sed en el desierto, dolió como duele el desapego, las esperanzas y la resignación.

Los días volvieron a cambiar para mí, ya pasaron tantas lunas y soles, que empecé a verlos diferentes, como si de repente usara nuevos anteojos y el sentimiento de soledad que ardía dentro mío se apagó, pudiéndose llenar de nuestra historia, de nuestros momentos, ahí estabas, ahí estuviste todo el tiempo, entendí que jamás te ibas a ir, que estas en la risa, en el abrazo, en el amor, en cada momento de vida, eso es la vida, los momentos que vivimos, en mi historia, en mi vida, conmigo. Recuerdo como de alguna manera me levante amándote más incluso que antes y no, aunque sea un nuevo día, en principio no te diré adiós.

Sin resuello

Cuando crucé aquella meta me quedé sin resuello. Había sido mucho el esfuerzo y el calor padecido, pero sentí una liberación enorme, porque había conseguido que durante cincuenta minutos seguidos mi mente se liberara de la tristeza que me embargaba y de la sensación de vacío que dominaba mi espíritu.

Estaba deprimido por la muerte de mi padre. Me costó mucho asumir su pérdida. Al inicio, no creía que eso pudiera ser cierto. Recreaba decenas de veces distintos pasajes vividos en familia junto a él y no era capaz de imaginar mi futuro sin su presencia. Sí, sabía que la muerte formaba parte de la vida, pero nunca me paré a pensar en cómo serían sus efectos vividos de cerca.

Ahora tenía la sensación de que los mejores tiempos eran cosa del pasado y que ya nada sería igual que antes. Cuando me di cuenta de la irreversibilidad de la situación, sentí rabia por su desaparición y por los momentos que no pude disfrutar en su compañía, cuestionándome si podría haberle hecho más feliz actuando de otro modo, en incluso si le llevamos al hospital adecuado para el tratamiento de su enfermedad.

Pero el tiempo pasó y me convencí de que el paso inexorable del tiempo fue el que puso fin a su existencia y que más temprano que tarde hubiera sucedido, debido a su avanzada edad. No había responsabilidad por mi parte, concluí. Pero la sensación de vacío no desaparecía en mí. Tuve que ir al psiquiatra: no fue una decisión fácil. Los prejuicios pesaban en mi conciencia, aunque pude entender que no había razón alguna para ello. Que cualquiera podía pasar por una situación así. La muerte es una de las cosas que tiene: que iguala a todos.

Sabía que vencería a la depresión. Ya iba avanzando y lo notaba. Ya iba aceptando su muerte y aunque el dolor emocional por su pérdida siempre perviviría en mi interior, ya me sentía capaz de aceptar que no volvería a ver a mi padre, pero también ya podía experimentar alegría por esas pequeñas cosas que antes no valoraba de igual modo.

Mi vida iba por estos derroteros, como la carrera en la que acababa de participar: dificultosa, pero con la expectativa de atravesar la meta al final del recorrido. Por eso quería más. Quería sentir la libertad al correr, dejar la ira en el baúl de los recuerdos y pensar en la siguiente meta. Solo eso.

Y seguí corriendo. Y pasaron los años. Y tras muchas metas cruzadas, muchas de ellas sin resuello, siempre tenía presente la idea de aquella persona a la que amaba, cuando pasaba bajo el arco de llegada, a modo de recordatorio. Mis ojos miraban hacia arriba y mi mano se extendía al cielo, ante la mirada de los asistentes, que no sabían el porqué de mi gesto. Pero llevaba implícita alegría, no dolor. Siempre era mi victoria personal. Nunca era un dolor. El resuello era lo de menos en ese momento.

Sombra

Era de noche. El frío entraba a través de la ropa para estremecer los huesos. Generalmente cuando salía me gustaba usar zapatos, maquillarme y elegir cuidadosamente la ropa. Pero esa noche no lo pensé mucho. Fuimos a un recital con una amiga. Estrené unas zapatillas que me había comprado en una tienda de skate. Me puse el pantalón que más uso y la camiseta del grupo que tocaba. Antes de bajar del auto, mi padre me aconsejo que me lleve la chaqueta de mi hermano.

El recital fue divertido. Yo estuve mirando y escuchando desde el fondo. No me sentía con energías para estar con la multitud. Fumé casi un atado de cigarros y bebí una cerveza pequeña. Cuando terminó el recital me dirigí al baño. Todas chicas flacas, altas, lindas, maquilladas y sonrientes modelaban dentro del pequeño espacio.

Al rato fuimos a esperar el bus. Mi amiga se subió al primero qué pasó. A mí me toco esperar. Junté las rodillas lo más que pude apretando ambas manos entre mis muslosas piernas, sentía como mi espalda se encorvaba cediendo a la petición del frío. Mi metro sesenta y cinco parecía encogerse unos diez centímetros haciéndome sentir todavía más pequeña en este mundo. De repente sentí una presencia en la esquina opuesta en la que yo estaba. Una persona encapuchada, llevaba una chaqueta negra que le quedaba gigante. El pantalón del mismo color se le pegaba a sus flacas y huesudas piernas. Toda la estructura corporal estaba sostenida por zapatillas anchas siguiendo la tonalidad de sus otras prendas. Me quedé inmóvil mirando la extraña figura. Parecía no existir, pero estaba ahí. No sentía miedo, simplemente pánico. Abrí los ojos y casi no podía pestañar, intentaba descubrir aquella escalofriante silueta. Unas luces de un auto doblando me enceguecieron. El bus estaba justo delante de mí.

Tenía los pies sobre mi propio asiento y abrazaba mis piernas con todos los músculos tensos. Al fin llegué. Encorvada me dirigí a tocar el botón del autobús. No sé porque miré hacia el interior del bus. Vi una rodilla puntiaguda que asomaba al pasillo. Era imposible no reconocerla. < ¿Cómo había llegado hasta ahí? Yo fui la única pasajera que se subió en esa parada. ¿Fui yo la única pasajera que se subió en esa parada? > Esas preguntas y conclusiones querían justificar con hechos algo injustificable, querían humanizar algo que no era humano.

Bajé corriendo del bus, corrí la media cuadra que me separaba de mi casa. El corazón latía rápido y en el cuerpo una sensación de incomodidad. Abrí la puerta, subí a mi habitación y respirando agitadamente encendí la luz para encontrarme de frente con eso. Estaba parado frente a mí, movía sus hombros de arriba hacia abajo, la cabeza oculta en la capucha y los puños de la gigante chaqueta ocupaban el lugar de sus dedos. Por un instante me sentí tan muerta que me había olvidado del hermoso y decorado espejo que me espera a la entrada de mi habitación.

Vacío

Ella se fue y estás tirado en la cama

Tenés que pagar el alquiler y las cuentas

Suena el teléfono, es una oportunidad laboral

Vas un miércoles a recoleta, es una pizzería

Ella se fue el domingo y todavía no entendés muy bien

Empezás a repartir con la moto ese mismo día

En el lugar te aclaran que el contrato que firmas

Es solo para el local y no tiene ningún fundamento legal

La encargada te pide el dni, dice que te lo devuelve al finalizar el turno

Todavía no es primavera y la noche golpea contra el casco

Volvés a casa, te dormís demasiado tarde.

Te levantas y salís apurado al trabajo.

Termina el primer turno, volvés a casa, no hay nadie otra vez, dormís.

A la noche llueve, salís de vuelta, llegas tarde y te miran mal

Las horas se vuelven largas y frías, es medianoche y seguís recorriendo la ciudad

Abrís el visor para distinguir el tránsito y el agua se filtra

En el oído izquierdo tenés puesto un auricular clavado en Aspen

Es el último pedido y vas camino a Palermo con un par de pizzas

En la radio empieza a sonar la batería de Baby Come Back

Estás parado en un semáforo en Coronel Díaz y Santa Fe

Y empezás a llorar

Se te caen los mocos

Cambia a verde y aceleras

La imagen te parece ridícula y te encanta

Aprovechas la velocidad y el anonimato para lagrimear mientras cantas.

Volvés al local, después a casa, el garaje está cerrado y el seguridad duerme

Le tocás bocina un rato, sale desorbitado para abrirte.

Volvés caminando por once a la madrugada, relojeando paranoico las esquinas

A media cuadra de casa está el barrendero de casi todas las noches

Es un señor de 50 años, cristiano, está casado y su hijo está en el hospital por un accidente en moto

Se saludan como siempre, te pregunta por ella y por Olga.

Se fueron, se terminó, le decís, mientras un carozo enorme te quiebra la garganta.

Es la primera persona a la que se lo contás.

El te mira con tristeza, tiene ganas de tocarte el hombro o solo acercarse

Pero nunca cruzaron ese límite.

Que bajón, dice, y se quedan mirando hacia la calle un rato entre el viento helado.

Si, bueno, cosas que pasan, y haces un sonidito con la saliva.

Entras a casa.

Otra vez no hay nadie.

La literatura salva

Astolfo Braga, un jubilado de 64 años, está en el octavo piso de la universidad en un barrio vecino. Sentado en el murete y mirando al cielo, no tiene más alegría de vivir tras el asesinato que sufrió su hija frente a él hace cuatro días, cuando ambos salían de la escuela donde ella trabajaba. El vacío, el agotamiento, el temor y la incertidumbre lo abruman por completo. Un exnovio rechazado había decidido quitarse la vida y le disparó dos veces por la espalda, luego huyó.

Giselda Braga, de 21 años, era su única hija; su madre había muerto cinco meses antes de cáncer de ovario. La niña, entonces, se convirtió en el único motivo de las sonrisas de Astolfo, quien trató de preservarla a toda costa. Incluso se entristeció cuando ella misma decidió terminar su relación con Jorge Borges.

En la noche del crimen, se había enfrentado a un gran atasco de tráfico, lo que le hizo retrasar poco más de una hora y media para finalmente recoger a Giselda de la escuela. Esto hizo que el jubilado, todavía fuertemente sedado por los fuertes sedantes, se negara a creer que Borges había esperado tanto para cometer algo tan terrible. ¡Qué inmensa obstinación en traer el mal a una familia que lo había acogido tan bien! Se negó a creer que el asesino hubiera sido en realidad el entonces candidato a yerno. Escupió sobre la realidad puesta frente a él.

Poco a poco, la búsqueda por entender qué había sucedido dio paso al enojo, lo que hizo que Astolfo contactara a un vecino ex policía para contratarlo. Quería acabar con la vida de Jorge. De cualquier manera. Es decir, hasta que vio la Biblia que su hija siempre había usado y en la que había subrayado a lápiz tantos pasajes interesantes.

Al ver el libro sagrado, Astolfo Braga comenzó a llorar profusamente y cayó al suelo de la sala. Comenzó a prometer a Dios que cambiaría como hombre. Dejaría de ir al burdel al final de la quinta calle a la derecha, que había visitado con asiduidad durante tantos años, incluso cuando estaba casado... Después de todo, su sueño se había convertido en estar con su hija en el paraíso.

Mientras el jubilado mira al vacío y decide dar un paso adelante hacia la acción fatal, en la delgada línea entre la tragedia y el infierno, he aquí, aparece un ángel.

- Amigo, ¿qué harías? – pregunta el salvador.

- Yo... yo... - intenta responder el hombre deprimido.

- ¡Esperar! ¡Eres Astolfo! ¡Astolfo Braga!

- Sí-sí... ¿Y tú? ¿Donde me conoces?

– ¡De los concursos literarios en los que participamos hace unos veinte años! ¡Eres un escritor espectacular!

- ¡Sí, participamos en muchos concursos!

- Pero, amigo, dime qué hacías sentado en este murete. No pondría fin a todo, ¿verdad?

- ¿Quiere saber? ¡Estaba buscando un poco de adrenalina para mi próxima historia! Después de todo, todavía tengo mucho que escribir.

Diez minutos

Ausencia es duelo. Serenidad es resignación ante la ausencia. Tiempo a distancia con sentimiento, paz.

Un gran futuro, veinticinco años, sonrisa cautivadora. Un piano el vínculo. Como lazo íntimo una pieza, Preludio en Do menor de Rachmaninov, pleno de locura, rebosante de emociones contenidas, más intensas por no expresadas. Viste mis manos fluir sobre teclas, las tuyas enseñaste a volar en el marfil.

Una motocicleta, el motivo. Llorar, horas, por saber, vaticinar, ibas a morir. Cumpliste, como si fuera a nacer un ser, nueve meses después.

Meses sin practicar Rachmaninov, que no gustaba a tu entonces cuñada. Los errores, contados. Subir a dormir. Una hora después, el teléfono, la noticia. Nuestro padre, siempre flemático, inexpresivo, ahora voz quebrada, contó tu suerte. Esa moto, falleció tu hermano, hace una hora. Dolí. Rachmaninov nos enlazó una vez más.

Vivir en el exterior, por trabajo; regresar inmediatamente, avión del Procurador General de la

República. Tiempo, siempre traidor, ajustó. Nicho, última hilera superior, penúltimo a la esquina. Colocar la urna con cenizas, asumo las tuyas.

Madre, devastada, arrollada por la realidad. Una madre no debiera enterrar a sus hijos. Dolía, rodeada de dudas, ¿moto, qué?

Recorrer el accidente. 500 metros de recta, con camellón y jardín al interior, curva, aparecen quince metros de banqueta, la motocicleta raspa, no la deja intacta, un arbolito, pequeño, en la curva, tenía una rama, acostada, un tanto floja, perpendicular al tronco, paralela a la tierra, un casco, siempre fuiste previsor, desgaja la rama, craiack, estira la madera, crack, rama amputada, queda siete metros adelante, una moto volteada, un casco lacerado, un muchacho, veinticinco años por tierra, sangre que fluye, sesos que salen, fallecimiento instantáneo, se aparece la hoz y la mano huesuda que la maneja, estertores, vida que se resiste a huir, espasmos de despedida, más cerebro que sale a la luz, esos huesos de la mano se detienen sobre la rama a siete metros de su árbol, la acarician en agradecimiento por esta nueva flor, tiene paciencia, tiene tiempo a su favor, estremecimientos más, alientos de vida que se resisten a abandonarte, sangre que fluye, cerebro a la luz, un casco, que salvó a tu acompañante trasero en la moto, un mundo convulsionado. Sangre, sesos, pasto. Estertor.

Dolemos por ti, duelo por mí.

Madre pregunta. Respondo.
¿Tu hermano … moto … qué?
Instantáneo.
¿Instantáneo?
Después de la rama en su senda, tuvo diez minutos de convulsiones y espasmos.
Bien. Tuvo tiempo para arrepentirse.

Respiración que aligera el alma.

En un instante, todo se le tornó en existencia nueva. Todo le es un recuerdo, pasto, insectos, piano, ropa, dos botones, camisa, fotografías, paracaídas, casa de campo, viajes, vino, noche, moto, calle … futuro; la sonrisa en tu padre, la serenidad en su vida. Todo eres tú.

Yo, el mundo, nos preguntábamos por ti, lo sucedido. Nuestra madre atendió lo relevante, tu ser y tu alma.

Duelo, no se pierde, se vive. Resignación ante la ausencia, tiempo superviviente, con memorias y sentimiento. No es olvido, templanza es inicio de nueva vida. Paz.