martes, 5 de mayo de 2020

Miradas que lo dicen todo

Desde que mamá falleció, papá comenzó a andar más deprisa. 

Siempre iba corriendo y despeinado. 

Parecía que quisiera llegar antes de que ella se marchara, abrazarla fuerte y no dejarla ir. Es lo que tiene el amor con mayúsculas. 

Sin embargo, el día que cumplíamos el segundo aniversario de la muerte de mamá, papá comenzó a caminar más lento y con los brazos lánguidos como corbatas a medio componer. 

Huérfano de prisas, sus carreras se han convertido en lentas divagaciones por el salón.

- Es Parkinson – nos ha dicho la neuróloga.

Yo no dudo de su diagnóstico, pero prefiero pensar que la serenidad que transmite la mirada de papá se debe a que ya no tiene que correr, que ha conseguido alcanzar a mamá y vuelven a estar juntos de nuevo.

lunes, 4 de mayo de 2020

La voz

Tenía el pomo de la puerta en la mano, pero entonces él hablo:

- No puedes salir 

Pregunté porqué

- Dios te aplastara si dejas la habitación, dijo en un susurro agregando con tono burlón 

¿Quieres ver?

Antes de que le respondiera, la puerta se abrió con fuerza, mostrando el pasillo que ya me he acostumbrado a ver. 

- ¡Voltéate! Ordenó la voz

Me di vuelta y observé que el teléfono estaba suspendido en el aire. Repentina y violentamente comenzó a moverse hacia el pasillo. EL cable se rompió, el aparato salió disparado. Sin poder respirar miré fijamente lo que sucedía, vi que había quedado destrozado, hecho nada en el piso. 

- ¿Viste? Solo quiero protegerte

Me puse a llorar como una criatura, en ese momento el teléfono sonó con insistencia

Ring, ring, ring…

- Deberías atender. Si lo piensas mucho tal vez se interrumpa la llamada

El aparato dañado se acercó a mí arrastrándose por el suelo. Apenas entró en la habitación lo sujeté con fuerza, en silencio, los restos de teléfono permanecieron mudos también. 

- Oh, seguro era uno de esos ociosos que les gusta perder el tiempo, dijo la voz

En mi confusión tomé una revista de la mesa y la arroje afuera. Apenas toco el piso, todas las páginas se desgarraron. 

- ¿No me crees?

Hice lo mismo varias veces, muchas. Todo lo que tocaba el piso del pasillo quedaba desintegrado. Salté y cerré violentamente la puerta, trate de calmarme y dejar de temblar, en el esfuerzo, caí al piso como un muñeco desmembrado y sin voluntad propia. 

- Está sucio acá y estas llevando tu mejor camisa

Le pregunte porqué

- ¿Porqué qué?

¿Porqué no puedo salir?

- ¡Pregúntale a Dios, yo no tengo el control! respondió la voz con ironía

En ese momento se escuchó un sonido apagado, como resortes descompuestos rosando metal, alguien tocaba el timbre. Permanecí inmóvil. Volvieron a tocar. Con gran esfuerzo logré sentarme al tiempo que secaba mis ojos con la punta de la camisa. La puerta se abrió de golpe y vi a Elisa, la joven asistente social. Una mezcla de alivio y vergüenza me invadieron. 

Me observó durante unos minutos, luego se acerco despacio. Preguntó con voz serena y pausada qué me había pasado. No respondí. Me tomó de la mano animándome a levantarme mientras sonreía con dulzura y comprensión. Decidida y segura me sostuvo y juntos salimos para dirigirnos como todos los jueves, al Centro de Salud Mental de la localidad. 

Cuando salgo son Elisa me siento protegido de las miradas impertinentes, como fuera un vecino más y no el joven extraño al que la gente esquiva con frecuencia. ¿Cambiaría algún día mi situación? Elisa dice que llegará el momento en que las personas como yo seremos tratadas con igualdad y respecto. Por ahora solo tengo los "jueves mágicos" como los llamo, para experimentar la sensación de ser solo un chico normal. 

Lágrimas

Roberto recibió un mensaje de su sobrino Rafael:

"Tío, he roto la relación con mi padre porque ha maltratado psicológicamente a mi madre y a mi hermano. No me ha maltratado a mí, pero he tenido que soportar las consecuencias del maltrato a ellos

"Las constantes de su conducta son el malhumor, el sarcasmo y la crueldad. Todo puede deberse a que tiene una patología mental. Soy licenciado en psicología y le encuentro síntomas de psicosis. Ha perdido contacto con la realidad. 'Su realidad' es que tanto mi madre como mi hermano son homosexuales. Su mujer le habría engañado durante años para ocultar su lesbianismo. Su hijo le mentía para ocultar su homosexualidad. Esta es su película. Pero lo que dice es falso. 

"Mi diagnóstico es 'delirio encapsulado', una patología que no impide el desempeño socio-laboral del individuo. Creo que mi padre es un enfermo mental. En la familia hubo un caso de psicosis, pero se ha ocultado sistemáticamente... eran otros tiempos, lo comprendo. 

"Mi padre es un esquizofrénico sin medicación, un esclavo de su pasado ultracatólico y una persona triste. Tres psiquiatras diferentes determinaron que fue el responsable directo de que mi hermano enfermara mentalmente. 

"Tal vez mi padre ha maltratado psicológicamente a mi madre y a mi hermano por pura maldad. Prefiero pensar que esta no sea la causa, lo deseo de todo corazón".

Roberto respondió a su sobrino:

"Gracias por tu confianza, Rafael. Conocí a tu padre desde que nació, porque soy mayor que él. Sé cómo transcurrieron su infancia y su juventud. Incluso vivimos juntos un tiempo, después de abandonar la casa de nuestros padres. También a ti te conozco desde que naciste, pero no he convivido contigo, salvo de visita. Tú conoces a tu padre desde hace 30 años. Yo desde hace 65. Él ha pasado por donde tú estás pasando, aunque con muchas más dificultades, que lógicamente desconoces, pero tú no has pasado por donde pasó él antes de que nacieras. 

"Ni te doy ni te quito la razón, porque no conozco su versión del enfrentamiento entre vosotros, pero ya que terminas tu confidencia recurriendo a una palabra mágica, el corazón, que es algo más que una víscera, y a tu edad ya lo sabes, trata de buscar un entendimiento con tu padre a través de esa vía. Puedo asegurarte que tienes más formación que él y que tu corazón no está tan herido como el suyo, de forma que te recomiendo aplicar al conflicto un primer alivio por tu parte, la compasión. Siéntela a fondo, sin decírselo, porque eso ofende. 

"Llámale un día y dile que quieres hablar con él de su infancia y de su juventud, que te las cuente, que nunca lo ha hecho y que no las conoces. Dile que le quieres. Añade que lo que no se conoce, no se entiende ni se ama. Es fácil que acepte, pero debes estar dispuesto a verle llorar".

Enfermedad con patas

Por dónde empezar. ¿Sinceramente? Me da pereza. Me da pereza pensar en ello. Recordar. Me da pereza que aún explicándolo no se entienda. No me entiendan. . Me da pereza porque en el fondo me duele. Y como todo en la vida lo mucho cansa y aburre. Tanto sufrimiento por lo mismo una y otra vez una y otra vez... Y lo que es peor y la guinda del pastel- siempre el mismo final. ¡Frustra a rabiar!.

Quiero creer. Tener esperanza. A veces necesito alimentarme de ésta y rara vez consigo recrearme en ella. Me conformo con un laberinto. ¡Sería posible una luz en tanta oscuridad!.

He comprobado algo curioso. Cuándo, armándote de valor, por fin confiesas ese secreto tan intimo entonces desaparece tu persona como si de un hechizo se tratara. Dejo de ser. Y una metamorfosis se apodera de mi y te convierten en enfermedad con patas- En bicho raro.

De repente sacan, de no sé donde porque jamas se lo vi, una lupa, incluso un microscopio, y te examinan distorsionando el alma a través de cristales amorfos.

Y entonces vienen más preguntas. Crees que te darán respuestas pero produce el efecto contrario. Otra decepción gratuita.

¿Por qué cuándo se trata de una enfermedad mental la gente se aleja de la persona que la padece?

!La pregunta del millón!

Dos personas importantes en mi vida una vez me dijeron:

"Si no es por ti probablemente estaría muerto".

Bonitas y muy duras palabras.

Pues señores y señoras, a pesar de todo, son con cosas como esas palabras con las que me quedo en mi vida.

La gente se ve envuelta en guerras, provocadas por corbatas y trajes con patas, e hipnotizados son fieles matando y muriendo… ¿Y ésto no se considera locura?

Sinceramente, me quedo con la mía. 

Cuanto más tiempo pasa veo con más claridad que este mundo es el mundo al revés.

Durante un tiempo quise ser normal. Ahora tendría miedo de serlo.

Lo que soy también se lo debo a mi enfermedad. Me ha quitado y me ha dado. Y he aprendido rápido.

He aprendido a base de dolor de alma. Un dolor indescriptible e insoportable. A veces me pregunto si podre aguantarlo siempre. Cansa demasiado. No sé si tanto dolor se desbordará y no cabrá más en mi. Pero es una pregunta más como tantas otras. ¿Cómo por ejemplo:

¿ Una frase que califique mi persona?

Soy de esas extrañas personas que están ahí cuando se las necesita.

La mochila

Allí estaba yo, en aquel banco anodino donde me dejé caer exhausta tras abandonar la consulta de la Dra. Martín, la especialista que me atendió en la Unidad de Salud Mental a la que me había remitido mi médico de Atención Primaria cuando escuchó lo que a duras penas pude verbalizar, el día en que mi cuerpo dijo "basta" y mi mundo se hizo añicos.

Lo cierto es que no quería ir y la tentación de no acudir a la cita me rondó varias veces, no voy a mentir; pero finalmente me presenté, puntual, a las 9.30 a.m. Oí mi nombre y, obediente, me levanté de la silla de la sala de espera en la que me había hundido como queriendo mimetizarme con el mobiliario del hospital, en un vano intento de pasar desapercibida. 

- Hola, buenos días, ¿Amalia? -. La doctora tenía una voz grave, imponente, pero su tono transmitía amabilidad. 

- Sí, soy yo. Buenos días…- me oí decir apenas susurrando, mientras tomaba asiento. 

"Aún estoy a tiempo de largarme, no necesito esto", pensé. "¿Qué pinto yo aquí, si estoy muy cuerda...?". Pero no me fui.

- Cuéntame, por favor…¿qué te pasa?, ¿en qué te puedo ayudar? - continuó. Noté que sus ojos me escrutaban, como si quisieran adivinar la causa de mi sufrimiento.

Y hablé, vaya que si hablé. 

La fatiga, el insomnio recurrente, los innumerables dolores musculares, los temblores y náuseas, el perpetuo nerviosismo… y ese horrible bloqueo mental que muchas veces sumía mi cabeza en una nebulosa incapacitante… Tantos y tantos síntomas que, si bien se habían transformado por constantes, incluso en familiares, habían acabado por convertirme en la sombra de la persona que antes era, y que desgrané uno a uno, como si de un examen oral se tratase, ante su atenta mirada.

- En mi opinión, tienes un claro trastorno de ansiedad generalizada, agravado por el tiempo que has pasado sin recibir tratamiento médico. Dado tu estado, debemos hacerte también algunas pruebas que nos permitan descartar otras patologías que probablemente puedan coexistir. Va a ser un largo camino, pero no te preocupes, con un poco de ayuda "química", cambios importantes en tu vida y fuerza de voluntad, estoy segura de que mejorarás…- explicó pausadamente, emplazándome a volver a su consulta.

No logré escuchar nada más. Me despedí de ella y salí del hospital. Después, solo esa horrible opresión en el pecho -una vez más- y la visión del banco en el que me derrumbé mientras las lágrimas empezaban a brotar.

Ignoro cuánto tiempo estuve así. Y también por qué oí como un desconocido, que hablaba absorto por teléfono mientras paseaba, le decía a su interlocutor: - mira… no sé qué te pasa, pero sea lo que sea, piensa que es normal porque es humano, no hay de qué avergonzarse. Todos llevamos una "mochila" en esta vida. Preocupaciones, enfermedades, pérdidas… van llenándola. Se trata de aligerarla. Si te ofrecen ayuda, déjate ayudar... 

Creo que, desde aquel día, mi "mochila" es algo menos pesada.

Encontrada

Emi no sabe dónde está, se siente como en esos sueños donde algunas cosas son familiares y otras para nada. Se empieza a angustiar, pero se calma pensando que en cualquier momento su papá la va a encontrar. Entonces lo ve, alto y apuesto, con cara de preocupado y paso ligero. "Mamá", le dice él, "por fin la encontré, por favor no vuelva a salir así". La señora Emilia no entiende mucho, pero le extiende la mano y se siente segura. Todo está bien.

Extraña amistad

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Hola, Alberto, ¿y tú?

—Yo soy Luis. ¿Por qué estás tan solo?

—Porque nadie quiere jugar conmigo.

—A mí me pasa igual. Me llaman gordo y se ríen de mí.

—Tienes una pelota.

—Sí, pero soy muy malo. No corro como los demás. ¿De ti también se ríen?

—A veces.

—¿Por qué? Tú no estás gordo.

—No soy como ellos.

—Yo te veo igual. ¿Quieres jugar conmigo?

Alberto miró a su alrededor. La zona de recreo del parque estaba llena de niños. Un poco más allá, en la hierba, otros jugaban al fútbol.

—¿No prefieres jugar con ellos? —preguntó, señalando la algarabía de gritos en torno a un balón, que circulaba de forma imprecisa.

—No, quiero jugar contigo —dijo, pasándole la pelota.

Alberto se incorporó del banco en el que estaba sentado y recibió el balón con cierta torpeza. Se la devolvió a Luis sonriendo. 

—¿Mañana estarás aquí? —preguntó Luis al despedirse, una hora después.

—Es probable.

—¿Querrás jugar conmigo otra vez?

—Si estoy, seguro.

Luis cogió su bicicleta y comenzó a pedalear con la pelota en la cesta. Dijo adiós con los gestos de su mano y se dirigió hacia el final del parque, donde vivía.

Varias semanas y decenas de encuentros después, Luis se despidió entristecido.

—Mañana no podré venir.

—¿Y eso? —preguntó Alberto.

—Le hablé a mamá de ti.

—Entiendo. No quiere que volvamos a jugar, ¿verdad? 

Luis lo miró avergonzado.

—Dice que sabe tu historia y que no me junte más contigo —bajó la mirada al suelo.

—Te habrá contado lo del centro de salud mental, ¿no?

—No. Solo prefiere que juegue con los otros niños, que eres diferente, pero no entiendo por qué — encogió los hombros—. ¿Qué es el centro de salud mental?

—Es el lugar donde llevan a los «diferentes», a los que no nos comportamos como la mayoría.

—¿Te refieres a los raros? ¿Como el niño de clase de primero, que se daba golpes contra la pared?

—Supongo —respondió algo dolido—. ¿A que nadie jugaba con él?

Luis reflexionó durante un momento.

—Tienes razón. Nunca lo había pensado. Pero tú no te comportas así.

—A veces sí. ¿Recuerdas hace un mes, que estuve una semana sin venir?

—Sí. Fue la gripe, ¿no?

—Eso te dije, pero mentí... Estuve ingresado. Me dio un brote.

—¿Un brote?

—Así lo llaman los médicos. Es cuando me comporto raro, como tú dices.

Se hizo un silencio. Entonces Luis levantó el rostro iluminado.

—¿Sabes una cosa? Eres mi amigo y mañana volveré. Mi madre no averiguará con quién juego. Lo único es... —dudó—, que no te podré invitar a merendar a casa.

—No te preocupes —sonrió Alberto—, sería raro que invitases a alguien de diecisiete años a merendar.

Le frotó el pelo a modo de alegre despedida.