viernes, 1 de diciembre de 2023

No lo notarán

A cada soplo de aire que me acaricia el rostro, mientras el suelo se me acerca peligrosamente, siento como mi cuerpo se libera del dolor del mundo y una sonrisa de felicidad me acompaña hasta el principio del fin. Ya casi llego, puedo saborear el final…

Vuelvo a mí. Sigo con los pies en la tierra. Miro al vacío. Si salto no lo notarán. Nadie me va a echar de menos. Seré libre de las cadenas que me aferran a una vida que no me pertenece. Estoy cansada de luchar por algo que no es mío. Todo puede acabar en un momento. Pero una mano invisible más fuerte que la de mi cabeza me mantiene con los pies en el suelo. Miro a mi derecha, con los ojos bañados en lágrimas, y veo a mi gatito mirándome con cara curiosa. No puedo abandonarlo. A él no. No quiero que pase por lo mismo que pasé yo. Lo voy a hacer por él. Si salto, él sí que lo notará. Y no lo puedo permitir.

El Purgatorio

Él se arrepentía de haber vivido, aborrecía la existencia. Miró la ventana y saltó. Dios le hizo reencarnarse en cada uno de los cuarenta y ocho millones setecientos treinta y cuatro mil ciento cuarenta y un espermatozoides que su padre soltó esa tarde y no llegaron. Siempre era lo mismo, cuarenta y ocho millones setecientos treinta y cuatro mil ciento cuarenta y una veces. Salía, comenzaba el camino por la vagina de su madre durante sesenta y tres horas, y, moría intentando entrar, ese fue su purgatorio. Duró cuatrocientos seis mil ciento diecisiete años, y unos meses. Pero al final entró en el cielo.

El coche y la sombra

Otra vez, una vez más ha vuelto a pasar, soy un torpe, todo lo hago mal, sólo traigo problemas, ahora que todo parecía ir bien, ahora que ya no había gritos, ni silencio. Ahora que podía pasear por la calle sin pensar que todo el mundo me miraba, que todo el mundo me juzgaba. Ahora que por fin me había creído que podía participar, que la vida también era para mí.

Otra vez la oscuridad, otra vez el vacío, otra vez el vértigo. ¿Y si no estuviera? ¿Y si por fin me marchara para siempre? ¿Y si por fin cerrara los ojos y me dejara acunar por el vacío? Dejaría de molestar, ya no traería problemas, todo el mundo lo agradecería, seguro que vivían más tranquilos y felices.

¿Por qué? ¿Por qué por más que lo intento no puedo ser como ellos? Parecen tan felices, siempre riendo, siempre perfectos… Yo nunca podré ser así, es mejor que me vaya, que los deje, que…

- ¡Chaval, chaval…! Oye, ¿estás bien? Madre mía qué susto, ni siquiera te he visto… Ven, siéntate aquí. Madre mía, si estás blanco… Si es que he tenido un día de mierda…menos mal que estás bien…

La fiebre

Caballos indomables habitan en mis sueños, avanzan triunfales por terrenos escabrosos. Su figura es un destello apenas perceptible en una noche sin estrellas. Galopan sin parar, pero sus nervios se tensan con las terribles visiones conjuradas por el dolor, que llega en oleadas, como la impenetrable formación de una legión justiciera.

Ansían ver un nuevo día, pero la oscuridad no remite y sus fuerzas se agotan. Sombras que resultan familiares prometen verdes praderas, pero aún no es tiempo, ha descendido la temperatura.

¿Debería haberlo sabido?

A 180 km/h las lágrimas se escurrían de la cara. Mi coche gruñía. Solo veía la sucesión de líneas blancas pintadas. Tenía que salvarte. Intentaba recordar la última vez que te había visto, por si se me hubiera escapado algo. Pero no me acordaba.

No me acuerdo.

En la radio suena, como a propósito, la canción "I should have known" de los Foo Fighters, la banda que formó Grohl, el batería de Nirvana. Este disco reunió a los componentes de Nirvana por primera vez en 2011 después del suicidio de Cobain, el 5 de abril de 1994 -¿Cómo lo sé?-.

En mi coche aún es 2020 y yo no sabía que en 2022, durante la gira, Hawkins, batería de los Foo, se quitaría la vida en una habitación de hotel. Aunque estas muertes son popularmente conocidas, existen miles de historias quebradas por el suicidio.

Pero yo no sabía que en mis 2 horas de viaje, al menos 1 persona estaba arrebatándose la vida. Y tampoco que mi hermana iba a ser una de las 3.941 fallecidas por suicidio del 2020. La última vez que la vi sé que nos reímos mucho, aunque aún no consigo recordar qué nos hacía gracia.

Brisca

Siempre son los que parecen estar más felices, los que animan las fiestas, los que nos hacen reír a los demás. ¿Quién les hace reír a ellos? ¿Quién se queda a barrer cuando la música deja de sonar? Yo lo digo siempre pero a mí nadie me escucha. Hay que llamar de vez en cuando, no cuesta nada. Asegurarse de que uno está bien, de que está a solas porque quiere. Cuando se va el último invitado, cuando no hay que seguir fingiendo, es cuando se pasa peor. Lo sé porque yo misma he mirado a la bestia a los ojos y reconozco las cicatrices. Cuando uno se permite a sí mismo pensar, casi incluso disfrutar del nudo en la garganta, como si la oscuridad en sí fuera lo que da sentido al sinsentido.

Pensaba llamarla anoche. Es fácil de decir ahora, por supuesto, pero es verdad. No llamé porque tenía Brisca con las amigas. Ni siquiera quería ir. Pero fui. Fui, y se me olvidó llamarla. Quizá si hubiera llamado sólo para saber que estaba bien… quizá una voz amiga, inesperada, en el último momento…

Ella siempre era la alegría de la fiesta.

Se llama Margarita

Me acompaña todos los días. He decidido que se llama Margarita.

Os la presento.

Es esa persona que siempre tiene algo que decir. Siempre. Su opinión, además, es la que importa. Cuestiona todas las decisiones que tomo. Tergiversa cuanto escucho. Busca amenazas en cuanto me rodea. En resumen, me manipula.

¿Cómo lo hace? Es la mano que mece la cuna. Puedo estar muy segura de algo, que llega Margarita y me da la vuelta. Ataca donde más duele. Hurga en la herida con sal. Ella manda. Bueno, mandaba.

Ahora ya no, casi.

Ahora ya tengo fuerza. Ahora que sé que es ella quien me habla puedo ignorarla. No quiere decir que no le haga caso a lo que me dice, ni que no contamine mi manera de ver las cosas. Pero ahora Margarita está como la radio o la tele: de fondo. A veces sube el volumen, como cuando hay anuncios. Pero el mando lo tengo yo y puedo bajárselo, silenciarla…

¿Y quién es Margarita? Margarita soy yo. Es mi voz interior. Mis inseguridades y ralladuras. Y ahora que lo sé, puedo decírselo:

- Que sí, que vale, que todo lo que digas. Cállate y déjame vivir.