viernes, 1 de diciembre de 2023

Volar alto

-Ven aquí, suicida - dijo mamá agarrándome con tanta fuerza que me dolió el brazo toda la mañana.

Yo era pequeño, pero me gustaba asomarme al exterior y experimentar el vértigo de la altura. Aquel día había conseguido arrimar un taburete a la ventana y miraba fascinado el hormiguero humano discurriendo por la acera, el guirigay de coches, el mundo diminuto visto desde arriba.

-Suicida, -repitió mi hermana como siempre hacía cuando mama me regañaba.

Yo no sabía qué era ser suicida y le pregunté.

-Matarse-dijo bajando la voz -Hay gente loca, como tía Ángela, no te acuerdas porque eras bebé.

-¿Se tiró por la ventana?

-Peor que eso, se colgó. Dicen que es mejor lanzarse, va todo más rápido.

No hubo más explicaciones, pero la idea arraigó como una planta venenosa: ¿Y si lo intentara? Ha pasado mucho tiempo, mamá se fue, pero cuando miro desde la altura, como ahora, una fuerza magnética tira de mí y oigo esa voz persuasiva:

-Lánzate... Estoy esperando... Volarás alto... Vamos, salta...

Sí, estoy preparado, tomo impulso, voy a arrojarme al vacío, pero de pronto aparece mamá y me sujeta el brazo con fuerza sobrehumana:

-Ven aquí suicida, abrázame.

Y no puedo negarme.

Un café

Pero, ¿Qué estás haciendo con tu vida? 33 años y sin casa ni curro fijo, ni boda e hijos. Sin status social. No eres nadie.

Esta voz me acompaña mientras veo al café echar humo. Se me quema. Otra vez.

Idiota, lo has vuelto a hacer. Ni un café sin quemar eres capaz de conseguir.

Me siento a tomar el café en el sonido de la calma y la calidez del silencio. Miro al infinito mientras doy pequeños sorbos. Voy organizando mentalmente el día que tengo por delante. Reuniones por confirmar, proyectos que continuar, talleres por recuperar…

No creo que vaya a ir bien, seguramente sea otro fracaso. Uno más de tus comienzos inacabados. Mejor no lo intentes, total, no va a salir.

Os presento a mi colega, el miedo. Trata de protegerme, pero lo que acaba consiguiendo es bloquearme, anularme. Me pierdo en su intento de cuidarme.

Termino el café, me levanto y empiezo a ordenar la casa. Intento dialogar con mi miedo y uso la paciencia y la ternura para calmar a la exigencia.

Lo consigo durante veinte minutos. Todo un logro.

Llevo sólo una hora fuera de la cama y ya estoy agotada. Me vuelvo a acostar.

La hermandad de Psique

Ingresada por última vez, participé de una hermandad entre pacientes que derribó prejuicios y tabús. Compartir miserias pasadas, consolarnos cuando las lágrimas rebosaban del vaso de los arrepentimientos y pesares. Incluso abrazarnos y besarnos cuando el contacto humano físico constituía la única reparación.

Una noche, una chica que se autolesionaba superó el límite con un intento de suicidio. La estaban trasladando a la planta de agudos cuando la solidaridad en piña la mantuvo en su habitación.

El personal de vez en cuando trataba con condescendencia. Subestimaban a los intelectos allí reunidos, donde el que parecía más cándido era mecánico de aviones, jugador de ajedrez y cantante aficionado. Imagina un grupo de empresarios y ejecutivos, arquitectos, ingenieros, profesionales diversos y otros ejemplares inclasificables; cada uno con una pieza hubiéramos superado puzles complejos, o desafíos tales como resolver problemas reales del país.

Como siempre, el tonto se cree el más listo y alardea; por ello, el resto sí lo discrimina. En las personas calladas anidan grandes mentes que no divulgan sus problemas, precisamente para evitar el estigma, o confiesan "depresión", que hoy día equivale vulgarmente a un resfriado.

Fuimos compañeros, "compis" que esperan no volver allí.

El Nudo

Había días en los que el chico sentía un nudo en la garganta. Cada vez un poco más fuerte. Todo lo que no salía de sus ojos, de sus lágrimas y de su boca se quedaba ahí. Escondido. Como si tuviera miedo.

Él también tenía miedo.

De vez en cuando sonreía, una sonrisa vacía y con los labios apretados, que le tiraba de las mejillas como los hilos de una marioneta.

El nudo comenzó a apretar.

Se había vuelto un títere de lo que la gente quería ver. Ríete ahora. Asiente con la cabeza. Esconde, esconde y esconde.

"No estés triste".

Se ponía música en sus cascos, lo más alto posible para no escuchar todo lo que no podía decir. Había veces que incluso lo conseguía. No existían las palabras, ni las lágrimas. Las sonrisas estaban llenas.

El nudo comenzó a doler.

— Creo que no estoy bien. — confesó una tarde en voz baja.

La verdad también podía hacer daño.

Había sangre en su cuello. Se atragantaba. El aire se iba. No podía respirar. No quería respirar.

El chico dejó de respirar.

Había tardado demasiado en darse cuenta de que su nudo era, en realidad, una horca.

Entre Sombras y Sorbos

Despierto sumido en un vacío existencial, preguntándome por qué levantarme. Atrapado en pensamientos oscuros, encuentro un momento de alivio en el ritual del café. Su fuerte aroma me devuelve temporalmente al presente. Tras un sorbo, la realidad vuelve a imponerse, recordándome la falta de propósito.

Salgo a la calle, encontrando tranquilidad en el amanecer silencioso. En una parada de autobús, una desconocida captura mi atención, ofreciendo un breve momento de conexión humana antes de desaparecer en la multitud. Esta interacción fugaz me deja reflexionando sobre la posibilidad de volver a sentir algo así.

En un café, la música suave proporciona un escape momentáneo de mis pensamientos. Pero al igual que la música, este respiro es efímero. Vuelvo al trabajo, sintiéndome útil pero atrapado, luchando por mantener a raya mis pensamientos.

Al final del día, agotado física y mentalmente, busco refugio en el sueño, pero incluso allí, mis preocupaciones me siguen. Me quedo pensando si algún día encontraré un camino hacia una vida donde mis pensamientos y emociones coexistan en armonía.

Kintsugi

Mi queridísima Paula,

Espero que te encuentres mejor y esas heridas sanen al estilo japonés, celebrando incluso nuestras fracturas, pues forman parte de nuestra historia y su presencia nos recuerda que seguimos vivas. La belleza de las cicatrices como hizo Kaufman en Anomalisa.

¿Sabes? Antes miraba mi cuerpo regodeándome en cada defecto y cada lesión. Te costará creerlo, pero ahora me doy baños de cuarenta minutos dándome besos en las marcas. Mi madre hace eso también con su cesárea, ya es otra cosa que tenemos en común.

Mirando con perspectiva, todo parece más sencillo una vez que te ayudan a salir del inframundo al que nos arrojaron. No seas como Virginia y pide ayuda, no soportaría otro cuerpo en el camino.

Yo hablé con mi tío, el que tiene una papelería. Fue él quien buscó ayuda especializada. Mi madre de vez en cuando llora por no haber entendido mi situación, pensaba que se me pasaría. Pero toqué fondo como tú y fue mi tío quien me devolvió las fuerzas para superarlo.

Pedir ayuda es la primera y última tarea más ardua del proceso Paula, confía en mí, he estado allí; mi cuerpo ha sido el lienzo de mi camino.

Mejórate,

Mi hermana Gabriela

Mi hermana Gabriela perdió la vida con veinte años. "No quiero estar loca", decía la nota que encontramos junto a su cuerpo inerte, rodeado de un montón de pastillitas bicolores; y no, no fue un suicidio, a Gabriela la mataron los estigmas.

A veces suelo imaginarla, como ahora. Está regresando del trabajo; planea en cuanto llegue a casa darse una ducha y arreglarse lo más aprisa posible, pues tiene cita con su psicóloga personal y lo que menos quiere es llegar tarde; luego, quizás, se apunte a la salida que han planificado sus amigos; o simplemente se quedé en la habitación, releyendo su novela favorita.