viernes, 1 de diciembre de 2023

Mi amiga Irene

Entra el profesor… y yo sin ordenar mi mesa… rotuladores a la izquierda, bolígrafos a la derecha y los apuntes, en el centro. Ya está.

Pongo la fecha en una nueva hoja y repaso dos veces cada número, luego los subrayo. No puedo terminar porque Lucia me distrae… ya empieza a bostezar y yo no puedo dejar de contar las veces que lo hace… el último día, treinta veces durante los cincuenta minutos. También Javier ha empezado a darle tirones a la melena de Ariadna, en total suele estirarle del pelo unas cuarenta veces. Y Miguel, como es muy presumido, se toca el pelo veinte veces para colocarse bien el tupé. Me distraen porque no puedo dejar de mirarlos y contar. También cuento las veces que repito una palabra, cinco veces la palabra veces, bueno, con estas dos últimas, son siete. Y ellos se han dado cuenta, por eso siempre me hacen la misma broma:

- Toc, Toc, puedo pasar?

A menudo lloro y me quiero morir, pero hoy, mi amiga Irene me ha abrazado muy fuerte mientras me hablaba al oído.

- Toc, Toc ¿puedo pasar?

Pienso en Irene y sonrío. En el fondo, ellos se parecen a mí.

Sanando la Mente Herida

Sara permanecía sentada en la sala de espera. Las manillas del reloj parecían moverse con una lentitud ensordecedora. De pronto, la puerta se abrió. Cruzó el umbral decidida a contar su historia; esta vez sí.

Dos mujeres de rostro apacible respetaron sus tiempos hasta que finalmente rompió el silencio. Entre palabras de aliento y miradas cálidas, Sara terminó de narrar su vivencia de malos tratos. Sin embargo, al mencionar su enfermedad mental, las atentas profesionales compartieron miradas inquietas. Amablemente, la mujer más joven le dijo que posiblemente sus denuncias estaban relacionadas con su "imaginación exacerbada"; el observatorio no era lugar al que acudir con aquello.

Desalentada, Sara salió lacónica de la sala y se disponía a marcharse. Se encontraba frente al ascensor cuando Gracia, la mujer de mayor edad, se acercó a ella para ofrecerle ayuda.

A través de la confianza y la paciencia, Gracia desentrañó la complejidad de la historia de Sara.

Juntas, enfrentaron la intersección de dos luchas silenciadas: la de la mente herida y la del corazón maltratado. Gracia no solo enjugó las lágrimas de los ojos de Sara, sino que también desafió las dudas sembradas por aquellos que no pudieron ver más allá de sus diagnósticos.

No quiero ser un vegetal

No quiero ser un vegetal, quiero moverme sin pausa ni prisa, quiero volar a riesgo de caer y aguantarme el cimbronazo, porque el golpe te hace reaccionar, y la quietud te deja sin pistas, quiero caminos a recorrer, no quiere ser un ente perenne, andar y perecer, contar canas y arrugas, no quiero una mesa con mantel, no me quedan bien las uñas esculpidas, quiero lavar los platos sin pensar cuánto corroe el detergente, no quiero comida servida quiero servir el menú a mi medida, no quiero cadenas ni etiquetas ni trajes de moda ni patrones de buenos modales, quiero ser la vergüenza de todo mandato social, y la anomalía de toda pauta "normal", no quiero encajar en un molde, mi cuerpo no va bien con ninguna prenda, el alma desnuda brilla más que con el más fluorescente maquillaje, quiero andar descalza y saber qué caminos tienen espinas, no quiero ser vegetal quiero andar a carne viva, desangrar y cicatrizar, saberme llena y no vacía, aunque me pese el contenido, reconocerme en el espejo y no ser el espejismo de quien me mira, quiero cosechar el fruto prohibido a riesgo de ser expulsada del paraíso, porque el infierno está ahí justo donde la comodidad te quemó la vida, donde el tiempo dejó de pasar donde el espacio se tornó laberinto, quiero romper puertas y saber que el único límite es la desidia, no quiero romantizar la libertad quiero liberarme del romanticismo ese calidoscopio que te hace ver lo que no está y te oculta el sentir crudo, no quiero cocinar mis sentidos, quiero amar sin cocción y que no me condicione el amor, quiero soñar para vivir y vivir mis sueños, no quiero ser vegetal quiero vivir la vida a sabiendas de que la muerte nos espera en cualquier esquina

Vivir del cuento

Siempre me gustó hacer reír a la gente. Conforme fui creciendo decidí dedicarme a contar cuentos que, aunque lo parezca, no es cosa fácil. Aprendí a entonar, a moverme, a hablar con la boca cerrada y… ¡A manejar marionetas!

Una mañana, como siempre, me pinté una sonrisa en la cara y, tras una mirada sugerente a las vías del tren, fui a la biblioteca donde un grupo de niños esperaba para escucharme narrar alguna historia infantil. Ese día tocó Caperucita. Como siempre, mis pequeños espectadores estaban sentados en el suelo formando una semicírculo mientras lucían atentos y sonrientes. Yo me dedicaba a poner la voz más ridícula que mi garganta podía hacer. Pero ese día fue distinto. De repente, y sin ninguna explicación, las cuerdas que ataban mi mano al lobo se soltaron y, tras un silencio extraño, todos los niños estallaron en una carcajada que convirtió la presión de mi pecho en agujetas de reírme y mi sonrisa forzada en una que ya no podía borrar, aunque quisiera. Volví a disfrutar de lo que me apasionaba.

— Ojalá no nunca vuelvas pero, si me necesitas, llama— y, aliviada, oí cómo se cerraba la consulta de mi psicóloga a mis espaldas.

El miedo

El señor Lombardi era un doctor especializado en un área bastante peculiar; el miedo. Tenía pacientes con afecciones comunes como el miedo a hablar en público. Otros poseían miedos más complicados como temer a la gente e incluso, a su consultorio llegó una persona con miedo a contestar el teléfono.

El día de hoy, el Doctor Lombardi tenía un caso sin igual. Un paciente de 15 años llamado Martín, quien confesaba tener un gran miedo a vivir. A diario, la mente de Martín era bombardeada por un sinfín de pensamientos negativos; errores que cometió, cosas que podían salirle mal o hasta las personas que decepcionaría. Ni siquiera podía hablarlo.

– ¿Sabes que el cuerpo humano siente rechazo a los organismos ajenos a su sistema? –preguntó el doctor Lombardi, después de escucharlo–. Tu caso es igual, Martín. El miedo es una forma de rechazo a vivir una vida que no te corresponde. Ahora estás viviendo el pasado de una persona que no eres, el futuro de una persona que no serás y hasta la versión de ti que esperan los demás. Lo que tienes que hacer es vivir tu propia versión de la vida.

Por primera vez, Martín se sintió aliviado.

Ya no

Ya no. Ya no le atormenta la idea. Ahora puede respirar con tranquilidad. Se ha mudado a una planta baja. Solo le queda el recuerdo de un pensamiento. Ya no vuelve esa obsesión recurrente. Ya no esa repetición fuera de control.

Ya no mide la altura que separa el balcón del suelo. Ya no cuenta dos metros y medio por piso. Ya no se le enfría el café en la mesa. Ya no mira el vacío. Ya no siente en su cuerpo el impacto mental. ¿Cuántas veces el miedo fue la salvación?

Sale fuera de la casa, enciende un cigarro. Camina hasta la plaza cruzando la calle. Mira hacía arriba, observa los balcones. Ya no puede mirar hacía abajo. El sol le calienta la cabeza. Vuelve a entrar. Abre el botiquín todos los días a las seis de la tarde y toma su medicación. Mientras sonríe en el espejo comprueba que se encuentra estable, que solo tuvo un mal pensamiento. Pero ya no.

Máquinas

Cajas de metal se movían de un lado a otro, en su interior máquinas sin vida ni sentimientos usadas solo por diversión por seres que solo las miraban a través de un cristal. Una de estas carcasas metálicas llevaba un lote de robots rojos, máquinas de lucha siendo llevadas a la arena, estando recién ensamblados y con los engranajes listos para combatir.

Un estruendo dio la alerta de que el combate iba a iniciar, los ojos robóticos listos para mostrar al enemigo, listos para destruir a las máquinas azules.

La puerta se abrió lentamente y el sonido de la estrada resonaba haciendo del ambiente un espectáculo.

Frente a ellos estaban los otros, los azules que se abalanzaron sin temor.

Tuercas y tornillos, aceite y líquido refrigerante se derramó por toda la arena, sin temor a lastimarse solo para destruir a sus adversarios.

Entonces en el combate una de las máquinas sufrió un golpe en el visor, un mundo nuevo se abrió en sus fríos ojos, los colores se desvanecieron. Las gradas estaban llenas de robots blancos gritando, en el campo eran todos blancos y del mismo diseño.

Un segundo golpe terminó su revelación.