viernes, 1 de diciembre de 2023

Entre Sombras y Murales: Una luz de Esperanza

Imagina que tu corazón es un agujero negro. Cada vez que te sientes enfadado, triste o abrumado, el agujero se expande. Con el tiempo, se vuelve más difícil de dominar y la luz empieza a desvanecerse.

Mi corazón se había transformado en un voraz agujero negro,
absorbiendo toda esperanza. Cada latido resonaba con la pesadez de una espiral hacia la oscuridad. Para ocultar este abismo, llevaba una máscara ante el mundo.

Mientras deambulaba por la ciudad, me topé con un callejón donde un enigmático mural susurraba historias de resiliencia y renovación. Las imágenes cobraban vida, revelando mundos donde las sombras se disipaban.

Este suceso marcó el inicio de una transformación para mí. Me sumergí en la búsqueda de apoyo, conectándome con comunidades que compartían experiencias similares. Aprendí que, aunque mi agujero negro parecía devorarme, el enfrentarlo con valentía y la ayuda de otros podían cerrarlo.

Al quitarme la máscara ante aquellos que entendían mi dolor, encontré un refugio en la autenticidad compartida. Mi vulnerabilidad se convirtió en un don mágico que construía puentes. Este viaje me enseñó que, incluso en la oscuridad más profunda, hay esperanza cuando compartimos nuestras cargas y construimos juntos la luz que nos guía hacia adelante

Acordes de Esperanza

Esperanza volvió a casa de su madre tras graduarse en música. La incertidumbre en que se hallaba sumida, a consecuencia del desempleo tras años de esfuerzo, le había llevado a la soledad y la depresión.

Una mañana se sentó al piano y comenzó a tocar su canción favorita. Cada nota vibraba con la tristeza de su corazón. Desde la habitación de al lado, su madre, María, percibió la música; se acercó para sentarse a su lado y ambas dejaron que la música hablara por ellas. Al terminar, María compartió con Esperanza su propia historia de lucha contra la oscuridad y cómo había encontrado la fuerza para seguir adelante a pesar de la esquizofrenia.

Los días siguientes Esperanza y María compartieron momentos sencillos: paseos por el parque, charlas nocturnas y meriendas de tortitas con caramelo. Con el tiempo, las sombras que asolaban a Esperanza comenzaron a ceder ante el amor y el apoyo de su madre. Las notas tristes fueron reemplazándose por acordes de esperanza y superación.

La historia de Esperanza y María se convirtió en un recordatorio de la importancia de tratar a las personas como individuos completos, más allá de las etiquetas y estigmas asociados a la salud mental.

Caídos de la barca

Me desperté aturdido por el silbato del tren. Agosto levantaba ventarrones.

Vi al loquito de los espejos cruzar la vía de un salto frente a la locomotora, y me descolgué del lapacho para increparlo:

—¡Eh, vos! ¿Qué es la vida?

—Un frenesí —se cubrió la cara.

La gente alrededor, que hasta recién tomaban café, trotaban, hacían filas, nos rodeó para gritar que a los raros hay que ahogarlos antes que contagien. El tren nos pasaba por el costado dando alaridos.

Le di un empujón y cayó rodando junto a las ruedas de hierro, que si no fuera por los rieles partirían al planeta en dos:

—¡¿Qué es la vida?!

—¡Una ilusión, una sombra, una ficción!

—...y el mayor bien es pequeño, sí, pero ¡qué mierda es la vida!

La maquinaria nos ensordecía. No me di cuenta cuando el loquito se prendió de la baranda de un vagón, porque también me empujaron desde atrás.

Me aferró del brazo y me llevó arrastrado con él, tierra adentro, gritando para salvarme y para que todos lo sepan:

—¡Que toda la vida es un maldito sueño!

Y los sueños, eso nomás son.

La valentía

Estaba tumbada en la playa cuando me llegó una voz aguda desde la otra tumbona: "soy esquizofrénica". Lo dijo dirigiéndose a mí, sin miedo. "Necesito hablar de lo que soy con extraños para asumirlo, me lo dice mi nuevo terapeuta, es parte del proceso". Yo la escuchaba poniendo mi cara más comprensiva y veía sus dedos enroscarse entre sí. "No soy agresiva". Lo decía a modo de disculpa, parecía que hubiera adivinado mi temor por ella. "Si pudiera expresar más mis sentimientos, mi vida sería más tranquila y no necesitaría equilibrarme". Al tiempo que hablaba se había ido quedando en un bañador de mil colores. "Tengo que asumir mis brotes, para alejar el suicidio". No le importaba mi silencio para seguir hablando. "Empecé a desdoblarme con dieciocho años, ahora ya tengo cuarenta y cinco" Sentí una enorme ternura, me acerqué a ella y la abracé. Luego salió corriendo con zancadas cortas, moviendo su cuerpo obeso para bañarse. La vi disfrutar jugando con las olas, mientras yo me preguntaba si no tendremos todos un pequeño trastorno mental, pero nos falta la valentía de asumirlo.

Mi vida


Mi vida nunca ha sido interesante.

De pequeña quería ser veterinaria, de adolescente estrella del rock y de mayor quiero volver a ser pequeña.

La infancia está cargada de los momentos que van a construirnos; un sándwich de chorizo en el parque, un paseo de la mano de tu madre, un abuso sexual infantil, unos lloros incomprensibles, una niña que cambia su personalidad de la noche a la mañana. Una niña llena de "¿Por qué?". Llena de apego evitativo y miedo al abandono.

Pero la niña acaba siendo adulta e ignora todas las señales que pueden indicar peligro. La niña va descalza pisando cristales porque es lo que tiene que hacer.

La niña ya no es una niña y el deseo sexual es más grande que los monstruos que la acompañan. La niña intenta morir.

Y aunque parezca el final de la historia, realmente no haber muerto no es más que el principio.

El principio de la terapia, de las conversaciones incómodas y de los aprendizajes reales. El principio de decir "te quiero" sin miedo. El principio de mirar a los ojos cuando se habla porque se siente cómoda.

Mi vida nunca ha sido interesante, ha sido una realidad más.

Empatía

  
Serían las tres pasado el mediodía cuando decidió abandonar su refugio bajo las sábanas. Los ataques de pánico reafirmaban su apreciación sobre los otros...incluidos sus padres. La depresión le anegaba sin razón aparente y la palabra: "Cálmate" le exasperaba por considerarla una representación de la ignorancia. Vislumbró su final como posible salida. Creyó odiarlos a todos; nadie le comprendía. Ni siquiera se atrevía a imaginar qué diantres pasaba por sus mentes. Su madre, cansada de intentar aliviarle, había ordenado que no lo molestaran; en fin, hoy tendría cita con el psiquiatra. El adolescente tomó el dinero de la consulta y fingió marcharse; fué directo a la cochera, donde se encontraría con el expendedor local. Variados opiáceos le armaron de valor para amarrarse la soga al cuello; cuando escuchó un gemido...Desató la soga y sigilosamente rastreó el llanto; tras las sombras escuchó a su padre:
- Existen casos donde la enfermedad desaparece-murmuraba sollozando.
- Si, se llaman milagros. Acéptalo-sugirió la madre-me quedan cuatro meses de vida.
Aquello le despertó la empatía. Ató con la soga las manos de los tres, simbolizando la Unidad.
- Serán los cuatro meses más felices de nuestras vidas-decretó entre lágrimas.

Rompiste el tabú, me hiciste mejor


El último recuerdo que tengo de mi padre fue en la verbena. Tenía 5 años, y esa noche me tocaba cantar los números de la rifa. ¡Estuvimos a nada de conseguir la paleta de jamón! Era un sábado por la noche, pero de ese verano sólo resta el vacío.

Lo encontraron ahorcado en el garaje. Pero claro, no fui consciente que se había suicidado ya pasado un tiempo. Mi yo alegre y revoltoso dejó de tener chispa. La pena me invadió, la luz en mi mirada se había apagado demasiado pronto. ¿Por qué lo hiciste? ¿Fue por mi culpa? ¿Algo hice mal?

En los años 90, el bullying no existía, quién iba a psicólogos estaba loco y el que se ausentaba del trabajo por estrés era un débil. Nadie me contó que la mente humana enfermaba, que hay que cuidarla, darle cariño y tratarla.

Eres un buen hombre. Gracias a ti, papá, soy psicólogo (y con mi propia clínica y todo). Y permíteme contestarte a tus preguntas, no, no eres un fracasado, no estás loco, ni eres un cobarde. Simplemente, no supimos ayudarte, no supimos darte las herramientas y te marchitaste. Rompiste el tabú, me hiciste mejor.