martes, 3 de mayo de 2022

Lo sé

¿Qué puedo decirte que no sepas ya? Si lo sabes todo. Yo sé que lo sabes.
Te veo desenfocado, como borroso, en blanco y negro y no tengo la menor idea de cómo restaurar tus valores a color.
Quizás deba dejar de intentarlo. El miedo sobre lo que pasa dentro de la mente de una persona es más alto que cualquier montaña de nuestra tierra.
La montaña se va construyendo de palabrería, falsas creencias y luchas que acaban como empezaron, en nada.
Y así se hace fuerte y grande, indestructible y cuando tú te enfrentas a ella, es ella la que te destruye si no te saber apartar de los pedruscos que caen hacia abajo.
Un día el color llega, y después se marcha, y al siguiente vuelve, y te sientes fuerte y te enfadas. Después entristeces y vuelves a los grises.
Pero, de todo, de cada minuto, se aprende, se aprende a utilizar el mismo lenguaje que el que te refleja el espejo y poco a poco consigues comunicarte y sabes hasta leer entre líneas.
Y aunque los grises nunca se vayan, tú, aprendes a amar el blanco y negro.

martes, 26 de abril de 2022

Hasta la próxima

- ¿Recuerdas dónde nos conocimos?
Yo jamás lo podré olvidar, estábamos en el hospital justo después de que tu madre se marchase para siempre. Te miré a los ojos y supe que no podría separarme de ti.
Tu madre, de alguna manera, sabía que llegaría a tu vida tarde o temprano.
Te he hecho llorar tantas veces que te has dormido de puro cansancio. He conseguido que dejes de ver a tus amigos y que no puedas trabajar. He hecho que un día dejes de comer y al día siguiente la ansiedad sea la que te coma a ti. Gracias a mí has pensado cosas tan disparatadas como que tu madre es una egoísta o que no merece la pena vivir.
No voy a pedirte perdón por todo lo que te he hecho, no me arrepiento, era lo que tenía que hacer, pero ya es hora de que me vaya.

El Duelo recogió sus cosas, había estado viviendo allí demasiado tiempo. Se puso el sombrero y saliendo por la puerta le susurró:
-Hasta la próxima.

lunes, 25 de abril de 2022

Lo que el mar no se lleva

Llevamos mucho repitiendo esta cita, mismo día, misma hora y el mar de testigo, nuestro mar. Veo su cara sonriendo mientras me acerco, parece tan feliz… Los impulsos toman el control y termino corriendo el último tramo. Descanso en su pecho unos segundos, hay tanta paz en ese abrazo que antecede al anhelado beso en la frente. Nos sentamos en la arena, con el mar bañando nuestros pies y reímos como dos tontos. El agua está siempre fría en octubre y pronto se pondrá el sol.

Entonces, como ya es costumbre, le cuento todo lo que ha acontecido en mi vida desde la última vez que nos vimos, hace exactamente un año.

-Tengo un trabajo que llena mi alma a la vez que mis bolsillos. Trato de ayudar a otros siempre, en ocasiones duele la ingratitud, pero es el precio que toca pagar. Llegan días en los que rendirme parece la opción más sencilla, pero veo la sonrisa de esa niña y es toda la fuerza que necesito para hacer de este mundo un espacio algo mejor.

-Háblame de ella, he visto que crece por día y a veces me gusta creer que tiene mi sonrisa.

-Cuatro años. Nos sorprende constantemente con sus comentarios. Ayer le pregunté qué quería ser de grande y me dijo que quería ser yo.

-Están haciendo un excelente trabajo con esa pequeña. Tienes una familia hermosa y eso me deja muy tranquilo. Debo comentarte algo y quiero que lo asumas con la frente en alto: Este será nuestro último encuentro, es hora de partir, me he tardado demasiado.

- No, no es justo. No puedo…

-Sé fuerte. No pienses nunca que la razón es que he dejado de amarte. Yo también espero este encuentro con ansias. Verte llegar con tu carita feliz, lista para contarme todos los triunfos, logros, venturas y desventuras, que aún cuando estoy al tanto de cada detalle, escucharlo de ti es pura magia. No llores. ¿Por qué lloras? Llevamos más de 30 años luchando contra el supuesto vacío que dejé aquella tarde al irme. Lo que no terminas de entender es que nunca me he apartado de ti, estoy en cada una de tus sonrisas, me duele cada una de tus derrotas, me encargo de aquellos que te hacen daño, porque es y siempre será mi misión protegerte. Te has convertido en mucho más de lo que soñé aquel día que estuve frente a tu cuna por horas contemplándote en silencio. Necesito descansar. No me preguntes si nos encontraremos de nuevo, es algo que no puedo responder. Me encantaría creer que sí y que tendré una nueva oportunidad de ser tu padre, porque no puedo imaginar una mejor hija.

Cúbrete con esta manta, hace frío. Es una hermosa puesta de sol, ¿no crees?

sábado, 23 de abril de 2022

En picada

Puedo comprenderlo. Conozco esa sensación de sentirse vivo, con el corazón bombeando sin control y el cuerpo ardiendo como el infierno. Conozco esa sensación de estar viviendo de verdad, pero ya la había olvidado. Empecé a vivir como los demás, y al lado del camino apareció una espesa neblina, tanta que el camino que seguía era solo una soga. Dejé de ver a los lados para no caer, cerré los ojos y confié en la dirección del viento para no caer; me tapé los oídos para no tentarme, para dejar de oír mi corazón morir.

Conocí esa sensación de sentirse vivo, y la recuerdo cada vez que vuelvo a ir en picada, a donde la soga ha llevado.

Todos hablamos de lo mismo, único y especial. Valioso ante nuestros ojos, y basura frente a los otros, nuestros corazones desbocados no son más que soplos para los demás, y nuestras pupilas dilatadas nada menos que drogas. Somos la generación más libre viviendo en cautiverio, encerrados en la presión que trae la libertad, sometidos al deseo de no ser como los demás, encadenados a los sueños que el mundo ha acumulado, y asesinados por nuestra propia capacidad para sobrevivir.

Conocí esa sensación de sentirse vivo, y ahora ya no la recuerdo.

jueves, 21 de abril de 2022

Corazón de invierno

Era en ese noviembre donde la vida coincidía con el inicio de la estación de otoño donde las hojas de los arboles cambian su verde vivo por hojas amarillentas, rojas o marrones que se caen con facilidad con la ayuda del viento que sopla fuerte. Así sin parar las estaciones del año me vino encima ese invierno que enfrió mi corazón de un solo golpe, donde la temperatura descendió, el cielo se me nublo y las pocas horas de luz solar no eran suficientes para sentir calor. Ese año marco mi vida y dejo una herida difícil de cicatrizar. 

El otoño llego con fuerza, mi abuelo enfermo y sus pulmones no resistían más, su saturación descendía hasta 30%. Lo manteníamos aislado en aquel cuarto con altas concentraciones de oxígeno. La decisión más difícil fue llamar a la ambulancia, ver que encendían las sirenas y que sin duda quizá fuera la última vez que lo verían. Recuerdo aquel día como si fuera hoy entro una llamada para avisarme que mi abuelo estaba en camino y llegaría en 10 minutos al hospital. En cuanto pude baje a verlo, estaba en esa camilla, con esa mascarilla y esa toma de oxígeno ruidosa por el alto flujo con un monitor que a cada momento alarmaba porque sus signos vitales se alteraban cada vez que su saturación descendía. Cada vez que entraba con todo ese equipo que no me dejaba nada al descubierto al escuchar mi voz me decía: ¿eres tú? y yo se lo afirmaba. Escondía mis deseos de llorar y quebrarme porque a pesar de todo mi abuelo no lo hacía era una forma de demostrar que estábamos siendo fuertes. Fueron los días más agonizantes de mi vida. Lloraba de rabia y coraje, estaba enojada con Dios y con la vida por verlo sufrir así, por no poder hacer nada. Debido a su estado de gravedad entre a su habitación y le explique que era necesaria la intubación y sin entenderlo me decía que si le ayudaría a poder respirar mejor. 

Ese día mi mascara que hacía sello total alrededor de mi cara se llenó de lágrimas. Como podía decirle que lo más probable era que nunca más volvería a abrir sus ojos. Y no, no pude hacerlo me gano el egoísmo, el sentimiento, la tristeza. Se miraba con ojos tristes, pero al final me dijo que su misión había cumplido. Simplemente sabía lo que pasaba y se estaba preparando para su muerte. Ese día me despedí como siempre, no me di cuenta que al guardar él te quiero para la mañana siguiente sería demasiado tarde. Y así fue como nos llegó el invierno su corazón se paralizo, dejo de latir para siempre. Fue el diciembre más frio aquel que nos llega a los huesos. Donde entendí que el duelo es tan natural como llorar cuando me lastimo, dormir cuando estoy cansada, comer cuando tengo hambre, estornudar cuando me pica la nariz. Es la manera en que la naturaleza sana un corazón roto.

martes, 19 de abril de 2022

Mi mejor amigo

Abue Goyo es mi mejor amigo. Tiene un mueble repleto de libros. Cuando le pregunté para qué quería tantos me contestó:

—Con un libro puedes viajar, volar, sumergirte hasta lo más profundo del mar o atravesar agujeros negros.

Desde entonces, mi armario se convierte en lo que queramos.

—Cuando sea grande, voy a ser piloto de una nave espacial.

—Yo seré tu copiloto.

Nos gusta ir a un parque donde hay un lago. Hablamos patoñol con los patos, lanzamos piedras, o nos quedamos largo rato observando, sin decir nada. Pero cuando hay que decir las cosas, el abuelo me las explica a detalle. No es como algunos adultos, que le dan muchas vueltas a un asunto y al final no dicen nada.

Últimamente, no hemos ido. Abue Goyo se cansa muy rápido y le duele el pecho. Dice que solo necesita descansar.

Hoy, papá vino por mí a la escuela. Eso es muy raro. Le pregunto por qué, pero no me responde. Usa unos grandes lentes negros para el sol. Me lleva a la casa de la tía Ana. Por más que le pregunto por qué, no me contesta. La tía tampoco me dice nada.

En la noche no puedo dormir. Mis pensamientos están revueltos. A la mañana siguiente no voy a la escuela. Ahora sí, no comprendo qué está ocurriendo.

Al tercer día papá viene por mí. En la puerta de la casa cuelga un moño negro. En la sala hay una mesa con unas veladoras y la foto de abue Goyo. Mamá me recibe con un abrazo. Le preguntó dónde está abue Goyo.

—Está de viaje. —A mamá le escurren unas lágrimas.

—¿Y cuándo regresa?

Mamá llora más. Papá menea la cabeza de un lado a otro, en negación.

Pasan los días y abue no regresa. Entro a su habitación. A su viaje, no se llevó los zapatos que usa para ocasiones especiales. Eso es muy sospechoso.

—¿Dónde está? —pregunto a mis padres­.

—Ya es lo suficiente grande para entenderlo —dice papá a mamá.

—Es un niño —objeta mamá.

—Abue Goyo no cree lo mismo —les digo.

Mamá se agacha, me toma de las manos y me dice al tiempo que otras lágrimas escurren por sus mejillas:

—El abuelo se fue… al cielo.

—¿Está muerto?

Los dos se ven, sorprendidos y asienten.

Corro a mi habitación y me encierro en el armario. Subo a mi bote y navego. Pronto me bato entre enormes olas y fuertes vientos de una gran tormenta. Me habría gustado darle a mi mejor amigo un último beso, como él lo hacía cuándo me iba a dormir. El barco no se hundió. Salgo del armario. Les pido a mis padres que me lleven a la tumba.

Al pie de la lápida recuerdo lo que un día le pregunté:

—Cuando alguien muere ¿a dónde va?

—Se queda en el recuerdo y en el corazón.

Si abue dijo eso, entonces seré piloto, porque sé que irá a mi lado de copiloto.

Niña

Nunca pensé que a mis 72 años me sentiría otra vez tan insegura, pequeña y asustada como una niña.
"Niña", así me llamabas. Porque cuando empezamos de novios éramos solo dos niños.

Quién me lo iba a decir que te irías tú primero.

Tú que eras el fuerte.

El que casi no dormía.

El que nunca iba al médico.

El que no tomaba ni media pastilla.

En cambio, yo era la enfermiza.

La de los dolores continuos.

La de las migrañas.

La especialista en especialistas.

Y mírame. Aquí sigo.

Me has dejado más sola que la una y con toda la vida empantanada, niño.

Otro día más que empieza. Aquí estoy: ya entra luz por la ventana. Miro al techo. Escucho la radio.

A ver qué no me duele hoy: dichosa artrosis. Se me están poniendo las manos como las de mi padre: huesudas, sarmentosas y con manchas.

Otro día más y ninguna energía para afrontarlo.

Que vaya al médico, me dice la hija, a que me mande lo que sea. No sabe que lo que tengo no se cura con más pastillas.

Venga, en marcha: tengo que ir a comprar para comer, por si viene el hijo pequeño. Ayer al final no vino y ahí quedó la comida hecha. Es lo malo: yo la preparo para los dos sin saber nunca si vendrá o no.

El mediano también pasó ayer a verme por la noche. Ya tarde. Cuando termina el pobre, con todo lo que tiene encima.

No nos salieron malos los tres: algo haríamos bien. Aunque, mira que te digo, que tú nunca estabas: siempre trabajando o durmiendo de día para trabajar de noche.

¡Cuánto trabajamos! Aunque ahora veo que no era solo necesidad, era una forma de vida. Era tu forma de vida.

Menos mal que te jubilaste antes y te dio tiempo a disfrutar un poco de lo conseguido. ¡Qué bien lo pasamos en aquel crucero con los amigos!

Después llegó la voraz enfermedad y no te dio tregua. No lo quisimos ver, entre las peleas y discusiones cotidianas.

Pero te ibas yendo poco a poco. Sin molestar a nadie. Sin hacer ningún ruido.

Así que aquí estoy, niño.

Creo que hoy me traen a las nietas después de la escuela y antes de sus clases. A ver si me animo un poco. Que no me vean así.

Voy a preparar café, a ver si consigo ponerme en marcha.

Uff, que día más largo por delante, niño.