miércoles, 12 de mayo de 2021

No basta la fe

"Vicente mata la gente", le decíamos de pequeños para fastidiarle o también aquello de "¿dónde va Vicente? donde va la gente".

Era vecino mío e íbamos al mismo colegio. Él era el mayor de nueve hermanos y su padre era médico como el mío. El suyo oculista, el mío cardiólogo.

Bien pronto me dijo que quería seguir los pasos de su padre y hacerse médico.

Se mudaron de casa y ya no volví a verlo sino por rara casualidad en la calle. Yo, miope, era paciente de su padre, que me graduaba la vista para las gafas que desde los doce tuve que usar. Me dijo en la consulta, cuando yo ya era universitario, que a Vicente, que estudiaba medicina, le estaban perjudicando las malas compañías, "los porros y tal". Y tal.

Abandonó la carrera y se le empezó a ver solitario en alguna plaza o deambulando sin rumbo por las calles de la ciudad.

Me saludaba efusivamente y en cierta ocasión nos sentamos a hablar en un bar. Su conversación era extravagante por decirlo de alguna manera. Así sin más te empezaba a contar los escabrosos detalles de una relación íntima que al parecer le marcó bastante.

Fuese imaginaria o real a mí no me interesaba, me hacía sentir incómodo y se lo hice saber.

Entonces ¿no quieres que te cuente mi vida?

En otro momento - le dije cariñosamente para no ofenderle.

No basta la fe, también los demonios creen en Dios y por eso tiemblan.

Nunca entendí por qué dijo eso ni qué sentido tenía esa frase en aquel momento.

Algunos decían que empezó a sufrir hipocondría en cuarto de carrera y que según iba leyendo en los manuales de patología las diferentes enfermedades, físicas o mentales, él creía padecerlas todas sucesivamente, una tras otra.

Otros, que tanta droga acaba con los neurotransmisores de cualquiera.

Con razón empezaron a faltarle contertulios, nadie podía soportar al pobre hombre balbuceando sinsentidos, trastornado y empeñado obsesivamente en ser oculista, como su papá, su Dios.

Pasados veinte años, por increíble que parezca, consiguió licenciarse, de lo cual se sentía muy orgulloso. Y ciertamente tenía su mérito. Había cumplido su propósito vital, había alcanzado su horizonte existencial, ser médico. Jamás ejerció. Estaba enfermo. Demente.

Terminada su dura batalla en esta vida mortal Vicente, no es que haya muerto, pero vaga y divaga casi sin vida. Ha envejecido mal, muy encorvado y con el rostro cual paisaje de montañas desmoronándose. Sigue saludando explosivamente y luego muere.

Yo creo que equivocó su vocación, que, siguiendo la estela de otro que no era él, se obligó a sí mismo a ser lo que él no amaba. ¿Dónde va Vicente?

¿Entendisteis vosotros aquella su frase?

Estos casos son frecuentes y hacen a las personas infelices. Sin embargo yo no siento desprecio ni compasión por Vicente, aunque vaya donde va la gente, porque finalmente, y sin él saberlo siquiera, ha llegado a ser lo que en verdad quería y quizás debía ser: trotamundos.

Los buenos momentos

Sara observó a la mujer que tenía frente a sí. Probablemente no era la primera vez que la veía, pues su rostro le parecía lejanamente familiar, aunque su problema le impedía estar completamente segura de ello.

-Creo que me recuerdas a mi madre –dijo Sara.

-Qué extraño... jamás me has hablado de ella.

-Es que sólo la recuerdo en imágenes sueltas, jugando, riendo...

-Ah, es verdad… Olvidaba lo de tu amnesia disociativa… una memoria agradable la tuya. Vaya suerte, nada de malos recuerdos, ¿verdad?

-No sabría decirte. Mis recuerdos son los que son. No entiendo el significado de "malos recuerdos".

-A mí también me gustaría olvidar lo malo… Yo fui madre, ¿sabes?

La historia que vino a continuación, la del hijo pequeño listísimo y guapísimo, que se le murió de pronto, le sonó a Sara como un eco lejano.

Sabía que le sería imposible retenerla ni cinco minutos, al igual que era incapaz de comprender cualquier tipo de dolor.

Sara también tenía su propio hijo, listísimo y guapísimo, Mario. Eso lo recordaba perfectamente, porque parirlo había sido un momento feliz, a pesar de todo. ¡Cómo se metía la manita en la boca cuando le estaban saliendo los dientes! Y luego, cuando comenzó a hablar… Qué besos le daba, chillando el muá, tras decirle "¡Te quiego mudcho mami!".

¿Dónde estaría en ese momento? ¿Haciendo alguna travesura? Sara sólo recordaba las que le habían hecho reír, como aquella vez que, con cinco años, utilizó su pintalabios para regalarle un corazón muy rojo.

Cuando aquella mujer se fuera lo buscaría para preguntarle si hoy le habían ido mejor las sumas en clase, si le había tocado el turno de ser el novio de aquella niña tan mona, o si ya se había reconciliado con Albertito.

-¿No es absurdo? ¿Cómo puede morir un crío que el día anterior era solo alegría? –continuó la mujer. – ¿Cómo puede soportar un padre ese dolor?

El suicidio del marido. Era la historia que venía a continuación, recordó de pronto Sara. Era extraño y perturbador recordar algo así. Decidió distraerse de la historia fijándose en otros detalles.

Observó que la mujer vestía muy similar a ella, pero era más joven. ¿Cuántos años tendría ella misma? No lo recordaba.

La mujer siguió hablando de su esposo fallecido. Sara recordó entonces su propia boda ¡Qué nervios pasó! Pero qué día tan maravilloso.

Ya era la hora a la que solía llegar Ricardo. Seguramente le habrían entretenido en la oficina, pero era extraño porque, desde el primer día de vida en común, nunca se había retrasado a la hora de comer. ¡Cómo le gustaba comer! Era divertido verle engullir a dos carrillos. Comían los tres juntos desde que Mario fue lo suficientemente mayor para comer casi sin ayuda.

-Bueno, ¡qué tarde se ha hecho! –exclamó la mujer.

La imagen de aquella mujer triste comenzó a difuminarse en el espejo, vislumbrándose una sonrisa en su rostro mientras miraba su propio reflejo.

Ojalá no vuelvas. Déjame con mis buenos momentos. Permíteme ser feliz.

Ada

Chasqueó tres veces los dedos y la persona junto a ella despertó. Al verse de rosado rió complacida.

—¿Cumpliste tu deseo?

—Sí, gracias; gracias —sonrió nerviosa y, antes que abandonara la habitación, escuchó a Ada pedirle, que dejara entrar al que estuviera esperando fuera…

Una mujer de unos cuarenta años entró. Se recostó en el sofá y Ada le preguntó cuál era el deseo que más la atormentaba.

—Siempre he querido pasar mis vacaciones en Cancún —varias veces más repitió la oración.

—Mire fijamente al movimiento del reloj y deje a su mente visualizar el lugar anhelado, mientras la vence el sueño… —una hora más tarde, y luego de chasquear los dedos la paciente abrió los ojos y vio su piel curtida por el sol.

El olvido de Cipriano

    Esa mañana, cuando Cipriano llegó hasta la puerta del patio de su casa, miró hacia todos los lados, tratando de encontrar con su cabeza aquel pensamiento que lo había llevado hasta allí, pero su búsqueda fue inútil porque ni siquiera, el hilo acuoso de color marrón que bajaba por una de sus piernas se lo recordó. Una mujer, que estaba regando el extenso jardín y que últimamente Cipriano veía todo el tiempo, lo observó mientras sus excrementos le llegaban hasta los pies, entonces, en un esfuerzo por no escandalizarse, lo llamó con la mano, en tanto le mostraba el chorro de agua fresca que salía por la boquilla de la manguera. Él salió corriendo, embadurnado en sus eses, acordándose felizmente, que no había mayor placer, que el de jugar bajo la lluvia. La mujer, de manera cariñosa, le pidió que se quitara la ropa y Cipriano, obediente, lo hizo hasta quedar completamente desnudo bajo el chorro refrescante, mientras ella intentaba quitarle la mierda del cuerpo.

En ese momento, una muchacha, que acababa de despertarse de una noche difícil por el desvelo de Cipriano, al que trató de cautivar leyéndole el Principito, salió presurosa para saber qué estaba pasando, pero la mujer que sostenía la manguera, le hizo un ademán con la mano para calmarla y la invitó a ver la felicidad de Cipriano que, con los brazos hacia el cielo, saltaba sobre los charcos que se habían formado en el suelo, entonces, la joven, se mantuvo quieta y guardó aquella imagen para siempre, donde su mamá, sosteniendo una manguera, hacía diluviar sobre la tierra para que Cipriano, su marido, aquel viejo que se había convertido otra vez en niño y quien se había olvidado de todos, volvía a sonreír para que ella pudiera tener un último recuerdo feliz de su padre.

Sonríe

    Cada día siento que mi camino está nublado, con carteles en latín que me alertan sobre la pérdida total de esperanza. La pasión y las ilusiones me mantienen en un círculo durante algún tiempo, pero mis pasos se siguen extendiendo hacia el final con una curiosidad que sobrepasa toda contención. Por suerte, cuando me paro frente al espejo siempre veo a mi amigo Charlot, un tipo vestido de negro, con bastón carcomido, que hace chistes y sabe levantar los ánimos. Si lo miro con atención imagino que es una suerte de payaso, pero en secreto pienso que es lo único que mantiene a flote mi salud mental. Creo que su sonrisa perpetua sabe hacer lo suyo, conoce trucos para alejar la lluvia, aunque muy pocas veces logre hacerme reír. A veces sí me alegra y entonces presto atención, asiento como alguien que ha perdido la risa y sin embargo no puede parar de reír. Hoy es uno de esos días, y estoy frente al espejo mientras Charlot tose y sonríe. Quizá pudiera ser de otro modo. Situar a Charlot en este lado del espejo e intentar una alegre sonrisa, pero no quedaría igual. Charlot tiene algo. Le imprime a su rictus una felicidad que me hace sentir que tengo mucho que vivir y sentir, que existen demasiadas razones, aunque mañana las razones se desvanezcan y otra vez necesite inventarme nuevos motivos.

"Una sonrisa cuesta poco y produce mucho", me dice Charlot y yo lo miro, condescendiente.

"No empobrece a quien la da, y enriquece a quien la recibe", añade.

Hace girar su bastón frente a mí. Me mira con extrañeza.

"Dura solo un instante pero se queda en el recuerdo eternamente", dice y empieza a inclinarse hacia el suelo, como una metáfora visual de lo que ocurre dentro de nosotros cuando no reímos.

"Nadie tan rico que pueda vivir sin ella", dice, "y nadie tan pobre que no la merezca…"

"Una sonrisa alivia el cansancio y renueva las fuerzas", dice Charlot finalmente, sentado en el piso, y se quita el sombrero.

Entonces aplaudo, muevo la cabeza hacia los lados y digo: "Bravo, bravo". Emocionado, alegre. Y eso es todo lo que dura la actuación. Eso es lo que hacemos mientras la tarde se va y pensamos que a lo mejor no son necesarias demasiadas ilusiones para reír y ser felices de todas formas.

Lo único raro de cada actuación es que Charlotcontinúa riendo aún después que se ha terminado la actuación, aun después que me he alejado del espejo.

Primer paso en falso: la infancia

    La ventana en la que estoy apoyado apunta hacia las filas desordenadas de mariposas, colibríes y cruces que completan la imagen del cementerio. A escasos metros, continuando en línea recta por el camino terroso del costado izquierdo, y por el cual también corre un río cristalino que baja de las montañas con la bruma del alba y se despide con los últimos vestigios dorados del atardecer, un bosque frondoso, imponente y hasta diría soberbio por su extensión, me seduce a inhalar tiernamente la pureza de su vida, que no es la mía.

Alguien, alguna vez, me contó un cuento de un lugar que rozaba la tersura del paraíso. Con el tiempo, mi mente dio ciertos vuelcos. En sí, mi salud se deterioró y mi cabeza no resistió los embates a la que estaba sometida. Perdí mi trabajo, mi novia, mis amigos. De cada uno de ellos, sólo vislumbré su espalda, su nuca, su abandono. La palabra loco trajo a mi mundo un devenir de sinónimos inexplicables: demente, tarado, enfermo, etcétera.

¿Qué podía hacer, más que refugiarme en la historia que me hacía feliz? Los excesos me doblegaron, me maniataron y me hicieron ser una persona que no era, o que tenía muy escondida, allá atrás del alma; allá, donde la luz no llega. Y continué, hasta descascararme poco a poco. Un día fue la gota de sangre, otro día fue el encierro y otro día fue la oscuridad total, absoluta, solitaria.

Entonces, me internaron. ¿Quién?; no sé. Pero la ayuda llegó. Recuerdo que yo estaba en huelga con Dios. Mis problemas eran demasiados. La sensibilidad me azotaba cual párroco flagelándose sus propios pecados. Mi herida, amplia e impotente, sólo quería desaparecer de mí, de lo que ya no podía sostener.

Hice lo imposible. Logré que mi sombra sangrara y empezara de nuevo. No soy la persona que quiero, pero tampoco puedo ser la que fui. La ansiedad, muchas veces, cuando las semanas parecen décadas, siglos, me confunde. ¿Qué hago, cómo respondo? Camino. Camino mucho, por todo el parque, por todos los pasillos que encuentro, por todos los recovecos que anidan las ratas. Hay que saber interpretar. Como ahora, que estoy apoyado en la ventana del lavadero que apunta hacia las filas desordenadas de mariposas, colibríes y cruces que completan la imagen del cementerio. Y mientras la noche entra y es saludada por los habitantes del bosque, yo, pesaroso y triste, abro los ojos y me miro en el reflejo del vidrio. Afuera cae la nieve, pareja, simétrica. Adoro el frío, porque me recuerda al niño que nunca cambió su sonrisa desobediente por el dulce y placentero chantaje de una taza de chocolatada caliente. Al final, perder fue mi logro: me hizo ganar una derrota.

Probaturas

    La viudedad supone un estado civil mayoritariamente femenino, pero Eulogio contravenía la estadística con la suya. Esa condición, arrastrada desde hacía ocho años, cuando Matilda abdicó de la Tierra por un genocidio en el páncreas, le había llevado a vivir solo desde entonces en aquel pueblo enclenque de padrón, pese a la insistencia de sus dos hijos de que se instalara con ellos, a meses alternos, en la ciudad. Pero él ya había decidido acabar de envejecer en su casa natal hasta su retiro a esa dimensión donde no proliferan las nubes.

Los hijos se acercaban por el pueblo en domingo y por agosto. Padre, a secas, como lo habían aludido desde siempre, fue perdiendo, con el transcurrir de Pascuas, fortalezas, centímetros y firmeza de pulso, aunque dentro de parámetros razonables de degradación para sus 83 años que todavía le daban para jugar a la rutina independiente del guiñote en el hogar del jubilado.

El rasero que utilizaban los hermanos para medir su grado de conservación lo determinaba el vino. Seguía consumiendo su aproximado medio litro diario, segmentado en dos vasos por comida y cena.

–Padre sigue con su dosis, envejece, pero sin fragilidades añadidas – trasladaba el hijo que permanecía en la capital al que se había visto obligado a emigrar a una conurbación asiática para mantener productiva su destreza con los planos.

Sería por las propiedades del vino o por genética que Eulogio no enfermaba. Desconocedor, por su maridaje con el trabajo desde los nueve años, de los entresijos del ADN, atribuía al vino su escaso trato con los médicos. No le provocaba la bebida una exaltación de la euforia, ni canturreo, solo un soporcillo nocturno que lo aproximaba al sueño mientras la tele emitía para nadie.

Pero hace un semestre comenzó a olvidar los números pares, a dejarse la puerta y la bragueta abiertas, a no desayunar los martes. Al principio atribuyó aquella merma de su salud mental a un sarpullido de despiste, hasta que un humedecerse espontáneo de pantalones le desató la percepción de que el serrín debía estar colonizando territorios intracraneanos.

El arquitecto regresó del trópico, divorciado y flaco, con una disposición enternecedora para cuidar a un padre incontinente que había perdido la capacidad para nombrar a quien él mismo le escogiera el nombre. El Alzheimer se había presentado abruptamente para desposeerlo de cualquier atisbo de jurisprudencia vital.

–Avanzará deprisa –profetizó el neurólogo.

Eulogio, sin embargo, aparentaba felicidad. Desprovisto de cualquier signo de ira acompañatoria de la enfermedad, sonreía cuando el buen hijo le incitaba a elevar su vaso de vino (reducido a uno por comida, desoyendo las indicaciones abstemias del especialista) y brindaban por la recuperación de los rinocerontes en India, por los trescientos de Leónidas; algunos días por madre. Y a padre parecía que tras la ingesta se le aclaraba la mirada, incluso algunos lunes hasta recordaba su nombre.

Motivado por lo favorable del empirismo, el buen hijo decidió recuperar el segundo vaso de vino en las comidas, a ver cómo le sentaba…