martes, 4 de mayo de 2021

Baile de máscaras

    La pista está a reventar. Me adentro al mar de gente que baila al unísono de una música estridente que aparentemente disfrutan. A mi no me agrada, pero no quiero desentonar, por lo que intento imitarles, aunque fallo espectacularmente. No es de sorprenderse, nunca he bailado bien. Afortunadamente, nadie repara en mí. Debe ser por la máscara que cubre mi rostro y que tiene dibujada una amplia sonrisa. Con ella, nadie puede distinguir la tristeza en mi cara. Con ella, puedo fingir que todo está bien, que la vida no se me desmorona a cada segundo. Con ella, soy uno más.

No sé cómo llegué al centro de la pista de baile. El calor aumenta. Las personas a mi alrededor me sofocan hasta tal punto que resulta imposible respirar. Intento gritar, pero el sonido no puede salir de la máscara. Casi sin fuerzas, trato de salir de la pista, pero los demás bloquean mi paso, ajenos a mi dolor.

Empiezo a caer. Cuando estoy a punto de desplomarme en el suelo, siento que alguien me toma de la mano. Con el sopor no puedo distinguir el rostro de esa persona, pero me aferro a su mano como si la vida se me fuera en ello. Me arrastra lejos de la pista de baile, donde finalmente puedo tomar una bocanada de aire fresco.

Recupero el aliento. Quiero agradecer a mi salvador, pero ya se ha marchado nuevamente a la pista. Lo único que alcanzo a ver de él son unas pulseras rojas que adornan sus muñecas. Me estremezco.

Me levanto con dificultad y me acerco a la pista sin adentrarme a ella, entrecerrando los ojos para distinguir algo entre las luces neón.

La pista me parece más lejana que nunca. Incluso parece sumida, como si estuviese dentro de un hoyo profundo en la tierra. Cuando entrecierro los ojos, puedo ver con mayor claridad. Noto que hay algo extraño en los rostros de las demás personas y luego de un rato caigo en la cuenta: es un baile de máscaras.

Todos poseen una máscara con una sonrisa antinatural dibujada en el rostro. Desde ahí, observo cómo las personas, que antes parecía que bailaban al son de la música, se mueven desesperadamente entre la multitud, buscando la salida sin mucho éxito. Algunos caen y se pierden para siempre en la oscuridad. Parece que es imposible salir sin ayuda. Las máscaras separan a las personas, provocando que sus portadores sean ajenos al dolor del otro y se vuelvan invisibles para los demás.

En ese momento, tomo una decisión. Agarro los bordes de la máscara que oculta mi rostro y la arranco de un tirón, sintiendo que un gran peso desaparece de mi corazón. Después, me dirijo a la pista de baile, dispuesto a dejar de fingir que todo está bien y tenderle la mano a otra persona que necesita ayuda. Solo así, todos podremos salir definitivamente del hoyo.

Morb

    Todo cambió el día que Morb apareció en mi vida, no recuerdo con exactitud el momento. Pudo ser noviembre o incluso mayo del año pasado. Pero apareció en mi vida como si un elefante hubiese decidido sentarse sobre mi pecho. Al principio empezó apareciendo por las noches, cuando es demasiado complicado distinguir las formas de las sombras de una habitación en penumbra. Cuando los párpados pesan y el pensamiento quiere desvanecerse en el silencio de la madrugada. Trepaba por mi cama, se sentaba sobre mi pecho y enredaba mis pensamientos con sus alargados dedos hasta el punto de convertir todo en un sinsentido catastrófico que me obligaba a sentarme con los pies colgando por encima del suelo.

Conseguía así, distraerme del más preciado descanso y me hacía mantener los ojos abiertos como platos, obligándome a mirar el reloj para acabar con mi paciencia al observar como iban pasando las horas. Luego empezó a quedarse a dormir conmigo, hecho un ovillo entre mi pecho y mi cabeza, a veces se iba y no volvía y otras pasábamos semanas despertándonos juntos. Nunca me da los buenos días, siempre me recuerda algo absurdo, intrusivo, o que consigue minar mi positivismo por las mañanas, aunque últimamente le obligo a quedarse callado. No me gusta nada hablar por las mañanas.

Morb era oscuro, de forma inmaterial. Una presencia diminuta al principio, que si le dabas bola te acaba abrazando hasta el punto de convertirse en un boa constrictor. No tenía rostro con el que reconocerle, pero yo sabía que era mi monstruo. Siempre pensé que tener amigos imaginarios era cosa de niños, pero Morb me obligó a materializar su presencia, era la única manera de controlarlo. Y a mi me gustaba tenerlo todo controlado.

He intentado deshacerme de él. Lo he ignorado, faltado el respeto, he intentado incluso hablar con él, y explicarle que no soy su hogar, y que jamás le daré lo que quiere, me ha hecho incluso llorar de impotencia alguna vez. Aunque últimamente he optado por decirle que no es él, que soy yo, y que mi salud mental está por encima de sus deseos de monstruo.

Creo que normalmente no me escucha, lo mismo no hablamos el mismo idioma. Sin embargo, he aprendido las cosas que detesta y lo que es más importante, he aprendido a usarlas contra él: odia que escriba sobre él, odia que me tumbe en el suelo y deje que la música de meditación atasque mis oídos sin dejarle entrar, odia que salga a correr (el pobre es un vago), detesta verme reír (dice que me salen arrugas). Pero lo que más odia es que le sorprenda justo antes de atacar, se frustra y eso me hace feliz, no voy a mentir.

Así que Morb, querido amigo, los médicos te denominarán como quieran, pero para mi no eres más que un pensamiento, que viene y va, como las olas del mar. Y es que tu solito vas a acabar convirtiéndote en espuma.

La china

    Y de repente, ahí estaba yo; sentada en la sala de urgencias de salud mental, a las cinco de la madrugada de una fría noche de invierno. Sola, con frío, y sin un duro en los bolsillos para sacar ni siquiera un café de la máquina.

Salí tan rápida de casa que olvidé todo. Confundida y cansada, muy cansada. Aturdida, como si lo que estaba viviendo no perteneciera a mi propia vida. Siempre había oído que la vida nos puede cambiar en un momento. Que a todos nos puede tocar "la china". Pero nunca pensé que nos pasara a nosotros, o simplemente no quería ver que nos pasaba cuando ya nos estaba ocurriendo.

Pero ese día definitivamente, no había vuelta atrás. Ya estábamos allí, y con suerte de llegar al hospital a tiempo, y de "estar". Siempre hay un primer día en todas las historias. En la nuestra sin duda, fue éste. Fue el primer día de una nueva vida, de una nueva etapa, en la que todo explotó y salió a la luz un problema que venía arrastrando mi hijo. Mi pequeño adolescente, pero mi bebé para siempre. Esa noche mi hijo se cortó los brazos de tal manera…que ya no pudo esconderse. Esa noche comenzó su primer ingreso, un diagnóstico, y mi abrir de ojos. Todo lo necesario para descubrir la vida que íbamos a vivir. Nuestra vida, que no se parecía a la que había planeado, a la que me hubiera gustado vivir, pero que era la nuestra.

Dolor.

Cuando una persona tiene una enfermedad mental, hay mucho dolor en su vida, pero también hay dolor en las familias. Como madre el dolor fue en ocasiones insoportable. Dolor fue lo que sentía en mis entrañas cuando veía a mi hijo en sus momentos más bajos.

Dolor cuando no entendía ni alcanzaba de lejos a percibir el porqué lo hacía, porqué se hacía daño a sí mismo.

Dolor, porque en el camino encuentras personas que no lo entienden y le rechazan, como si por tener un diagnóstico, cada vez que hablara o hiciera algo, ya solamente habla su "etiqueta" y no la persona que hay detrás.

Dolor, porque lo que más amo en el mundo, sufre más de lo que su cuerpo está preparado, porque esa carne que se formó dentro de mi carne, hay días que literalmente se rompe, y con cada corte, también soy yo la que sangra.

Demasiadas chinas en mi camino, en su camino. A veces siento que guardo tantas piedras en mis bolsillos…que lo más fácil sería dejarme caer y hundirme con su peso. Pero eso no es una opción. Como madre sólo me queda un camino, y estoy decidida a recorrerlo, aunque las fuerzas me flaquean a cada momento. Cómo madre, haré un puente con todas esas piedras. Un puente donde poder agarrarnos cuando las olas nos sacudan y la tierra vuelva a temblar bajo nuestros pies. Donde tú, mi niño, aprenderás a salvarte, y todo pasará.

La vida te espera.

Como las plantas

    Hace relativamente poco tiempo que me he dado cuenta de que uno de mis hobbies favoritos es la jardinería. Pero es que la jardinería no es un tema sencillo.

No todas las plantas son iguales: hay plantas que son muy altas, y que requieren de mucho espacio para crecer. Hay plantas que necesitan ser regadas con más asiduidad que otras, hay plantas que demandan un tipo de clima específico, hay plantas que dan frutos, hay otras plantas que no tienen flores… Pero es que nunca hay dos semillas de las que vayan a brotar dos plantas completamente idénticas, que se desarrollen de una misma forma, cuyas reacciones a los factores externos sean los mismos.

Y supongo que ahí es precisamente donde reside lo interesante de la jardinería, ¿no?

La mayoría de las veces, las plantas saben cuáles son las cosas que necesitan para crecer, cómo deben nutrirse, cómo deben realizar los procesos de fotosíntesis y cómo alimentarse del compost en el que se empiezan a crecer. Al principio, cuando tienes en tus manos las semillas, las plantas con muchísima ilusión. Las fotografías que aparecen en Internet son preciosas, y parece muy sencillo tener un jardín sano con flores muy bonitas. Sin embargo, la realidad es un poco diferente.

Cada planta y cada persona representamos un pequeño mundo, completamente diferente al de los demás. Crecemos y nos desarrollamos en base a nuestro ambiente, y también en base a los factores del ambiente, pero también a los nuestros propios. Igual que las plantas, también podemos caer enfermos. Es cierto que las plantas son seres vivos y que, de alguna manera, también podemos considerarles inteligentes; pero también es cierto que, si utilizamos algún tipo de fertilizante o de producto para fumigar las plagas, podremos ayudarles a crecer más sanas. Siempre está la opción de no aplicar nada a las plantas y que sigan su "proceso natural", pero regarlas y ofrecerles un poco de cariño y apoyo nunca está de más. Con las personas ocurre lo mismo.

Muchas veces, para las personas que experimentamos problemas relacionados con la salud mental, pedir ayuda externa para continuar floreciendo nos resulta un proceso complicado; en parte, porque cuando te ocurre algún problema que no es físico, es muy difícil de explicar, incluso de que tú mismo lo comprendas. Cuando nos duele la cabeza, sabemos que, si nos tomamos un Ibuprofeno, el dolor desaparecerá en poco tiempo, pero aún no hemos instaurado muy bien en nuestra sociedad que, cuando nos duele algo que no puede ser tangible, también tenemos a nuestro alcance recursos que pueden ayudarnos a sanar este dolor.

Deberíamos empezar a agradecer y utilizar en nuestro favor los recursos externos que las personas nos dan para seguir floreciendo. Deberíamos ser como las plantas.

Habitación 8

    Las noches son eternas. Los días también. Las sábanas apestan de sudor de cuerpos pasados y la almohada contiene todas las formas de cabezas muertas. El techo calla miradas perdidas, incluida la mía. Por las paredes hablan voces de otros. "Habrá que desempolvar el disfraz de valiente y salir a tropezar" en la del baño. "Si no hay mal que por bien no venga, ¿qué bien te trajo hasta mí?", detrás de la puerta. Palabras extrañas pero tan propias. Escucho risas que se acercan por el pasillo. La puerta se abre. Su medicación, señor Guerrero. La voz de Susana llega justo a tiempo.

Cinco surcos vacíos


Se despertó. Un sentimiento que no podía soportar. La casa sola y la noche era fría. Se la pasó deambulando. Subiendo y bajando las escaleras. Una y otra vez. Sin parar. Caminando lento para intentar calmarse. Los ecos asaltaban su mente. Su propia voz repitiendo como un mantra. El amanecer acechando tras las cortinas. De un salón hecho un desastre. Por culpa de arrebatos anteriores. Antes. Cuando no eran nadie. Cuando en su mente había silencio y gotas de lluvia. Cuando la ausencia era una normalidad y no un alivio. Oye. Escucha. Siente. Haznos caso. Intruso. Ahora ella era la intrusa y no al revés. Y subía y bajaba las escaleras diciendo no. No, no, no. Alejaos de mí. Desapareced. De mi cabeza. La soledad no ayuda, te empapa y luego arde. Antes le gustaba bailar. Ahora sube y baja las escaleras. Una y otra vez. Hasta que cae. Cae rodando y besa el suelo. Y le gustaría poder traspasar esa barrera y adentrarse en su interior y sumirse en una tierra que espera fría, fría para aliviar su ardor, para calmar su piel y acallar su cabeza. Pero la tierra no está fría ni está caliente ni está. La tierra abunda bajo sus pies, mucho más allá de su alcance, recibiendo el primer azote de la luz que anuncia un nuevo día. Un día más, piensa ella. No quiere un día más. Lo piensa en el suelo con la cabeza sobre el último escalón de la escalera. Y manchado de sangre. Salud, decían. Mental. No mucha sangre. Solo un poco. Suficiente para encender la mecha de preocupación de cualquiera. Pero allí no hay nadie. Solo un cuerpo asaltado y tirado en el suelo. Un fantasma que antes subía y bajaba escaleras pero que ahora está tirado en el suelo. Tirado en el suelo. Llena de frío, y polvo sobre el que desliza los dedos dibujando sin pretender. Cinco surcos vacíos. Y ya está. Aunque los ecos no desaparecen. Ellos nunca desaparecen. Se multiplican. Rebotan en las paredes solitarias, amplificados como un grito de guerra. Y no hay nada que hacer. Una noche más. El agotamiento la posee. Por suerte la posee. Abandona la vigilia y ve desde el suelo que la rendija de la puerta ya es una línea de luz. Solo un fantasma.

miércoles, 7 de abril de 2021

Bases II Concurso de relatos cortos sobre salud mental “Construyendo cultura en salud mental”

CONVOCANTES
La Plataforma “Salud Mental y Cultura”, integrada por la Unidad de Salud Mental Comunitaria del Hospital de Los Arcos-Mar Menor, las concejalías de cultura de los municipios de Los Alcázares, San Javier, San Pedro del Pinatar y Torre Pacheco, la asociación AFEMAR, la Asociación Los Alcázares Eco Cultural y la Fundación entorno Slow-Proyecto Neurocultura de Torrepacheco.


OBJETIVO
El tema del concurso girará en torno a la Salud mental. En este sentido, se debe nombrar esta palabra, un derivado o hacer referencia en el contenido a la misma. Se valorará especialmente los relatos que ayuden a superar el estigma y reducir los prejuicios. De la misma manera, se valorará la originalidad, creatividad y calidad literaria de los trabajos.


PARTICIPANTES
Podrán participar todas aquellas personas que lo deseen, mayores de 18 años, de cualquier nacionalidad y país de residencia. Podrán participar también menores de edad, siempre que se adjunte una autorización firmada por el padre, madre o tutor, autorizando a participar en el Concurso. Será excluido cualquier participante cuyo trabajo haya sido premiado en otro concurso. La participación en el concurso será gratuita e implica la aceptación de las presentes bases. El incumplimiento de alguna de las bases dará lugar a la exclusión del participante del presente concurso.


FORMATO DE LOS RELATOS
Las obras tendrán una extensión máxima de 500 palabras (sin contar el título), escritas en castellano. Únicamente se admitirá una obra por participante.


FORMA DE ENVÍO
La forma de envío será telemática mediante correo electrónico enviando dos mensajes a dos direcciones diferentes. Las personas que gestionan estos correos son de distintas instituciones y no tienen ningún vínculo, así que le es imposible al jurado saber la persona autora del relato que evalúa. Los correos se deben enviar en el mismo compás de tiempo, primero uno a una dirección y al momento otro a la otra dirección.
 

Primer correo. Se debe enviar a saludmentalycultura.relatos@blogger.com, poniendo en asunto el seudónimo y el título entre comillas y en el cuerpo del mensaje el relato, que así mismo estará encabezado por seudónimo y título.
Segundo correo. Se debe enviar a saludmentalycultura@gmail.com, poniendo en asunto “Para el concurso Construyendo cultura en salud mental”, seudónimo y título del relato; y en el cuerpo del mensaje los siguientes datos personales: Seudónimo, título, nombre y apellidos, edad, correo electrónico y teléfono, (en caso de ser menor de 18 años, en adjunto se enviará la autorización firmada del padre, madre o tutor).


Enviar estos dos correos tal como se explica en este punto, es fundamental para a la hora de cruzar los datos de los seleccionados, sepamos quién es el autor del relato.


PLAZO
Los trabajos deberán enviarse antes de las 23:59 horas del 10 de mayo de 2021.


JURADO
El jurado estará compuesto por representantes de “Salud Mental y Cultura”, escritores y por usuarios de salud mental, cuyo nombre será revelado junto al fallo.


FALLO
El fallo se anunciará de forma pública el día 22 de mayo de 2021. Previamente se hará público el nombre de los finalistas a través de las redes sociales, y de modo privado a través del correo electrónico. El fallo del jurado será inapelable.


PREMIO
Se establece un único ganador, que recibirá un premio de 500 euros en metálico. Se seleccionará de entre diez finalistas a los que se les hará entrega de una figura decorativa alusiva a su participación elaborado por usuarios de AFEMAR.


CESIÓN DE DERECHOS Y OTRAS CONSIDERACIONES
Los participantes autorizan que sus relatos sean publicados bajo seudónimo en el blog http://construyendoculturaensaludmental.blogspot.com/ Los participantes ceden los derechos de autor de sus relatos presentados al concurso al que se refieren estas bases DE FORMA NO EXCLUSIVA, tanto para su publicación como para su difusión en cualquier soporte. Los finalistas y el premiado autorizan expresamente a la entidad convocante a utilizar con fines publicitarios sus nombres y su imagen como finalistas y ganador del concurso. Los participantes se responsabilizan del cumplimiento de las disposiciones legales vigentes en materia de propiedad intelectual y del derecho a la propia imagen, declarando, responsablemente que la difusión o reproducción de la obra en el marco del presente concurso no lesionará o perjudicará derecho alguno del participante ni de terceros. La interpretación de estas bases y la solución a las dudas que pudiera plantear su aplicación, corresponderá al Jurado designado por “Salud Mental y Cultura”, al que se puede dirigir a través de correo electrónico enviando un mensaje a saludmentalycultura@gmail.com y poniendo en asunto Duda