martes, 5 de mayo de 2020

El regreso

Carlos había dejado de hablar. Sólo tenía seis años, pero ya llevaba casi dos mudo, en su mundo. Le aparecía el mal humor de vez en cuando, algún arrebato de violencia cuando pretendía que hiciera algo. Mientras tanto, parecía un niño normal, aunque eso sí, sin articular palabra.

María, me dijo el doctor Riquelme, tu hijo tiene buena salud física. No le hemos encontrado nada en las pruebas realizadas. El escaner no revela ningún signo de haber padecido lesión cerebral. Debemos de pensar en algún trauma psicológico, algo que haya sacado a flote el mecanismo de defensa de Diego. Prefiere quedarse en su mundo de silencio para no ser parte del mundo real. Dime, ¿qué pasó hace un par de años?.

María se quedó pensando, hace un par de años... Antonio no aguantaba la situación. Tenía un hijo que había nacido con una anomalía física. Tenía los brazos más cortos, aunque eso no era problema para que se desenvolviera de manera normal. Antonio le gritaba mucho, demasiado, y a mí también. Llegaba incluso a insultarle, ¡monstruito!, le decía. Teníamos grandes broncas por este motivo.

¡Yo tengo veintisiete años y me queda una vida entera por delante!, ¡no tengo porque cargar con un inválido toda mi vida!, decía.

Un día Diego, mientras nosotros estábamos gritando, se puso a temblar, con convulsiones, a gritar él también. Me asusté mucho. Antonio se fue dando un portazo. Cuando Diego se calmó ya no dijo ni una sola palabra.

Antonio volvió un par de días después, pidiendo perdón. Se disculpó diciendo que él esperaba tener un hijo ¡normal!, pero que desde que nació Diego, lo estaba pasando muy mal.

¡Que lo estaba pasando muy mal!, decía. ¡Será mal nacido.!.

Después de tres días en casa, viendo que la relación de Antonio con Diego iba a peor, que no asumía que ahora no hablase, le enfurecía más. ¿Qué, ahora el niñito está mudo?, además de lisiado se ha vuelto tonto.

Ya no aguanté más. ¡Antonio, vete!. No quiero verte más. Déjanos vivir en paz, le dije, la salud mental de tu hijo y la mía necesitan descanso.

Ayer fue el cumpleaños de Diego, cumplió ocho y todavía no había dicho palabra alguna, o eso era lo que yo creía.

La madre de Delia, una vecina del barrio con la que nos vemos en el parque me dijo que su hija le contó que ayer, en la fiesta de cumpleaños que hicimos, cuando le dio un beso a Diego para felicitarle, mi hijo se le quedó mirando y le dijo muy flojito, ¿me puedes dar otro beso?. Delia se lo dio y, me dijo, él le sonrió.

Después estuvieron jugando un rato en el jardín, corriendo y, aunque él no gritaba ni decía nada, cuando descansaban sentados juntos, si que hablaban los dos.

La magia de una niña, con un beso sincero, ha traído la tranquilidad al corazón de mi hijo.

Un día habitual

Subí en el metro y ya empecé a notar que me ahogaba. Me faltaba el aire. El corazón estaba a punto de dispararse.

Me recordé que se trataba de un ataque de ansiedad, por desgracia no era la primera vez que me pasaba. Empecé a tratar de respirar contando la respiración, inspirar (uno, dos, tres, cuatro), aguantar (uno, dos, tres, cuatro), expirar (uno, dos, tres, cuatro), aguantar, y repetir. 

Llegué a mi parada y empezaba a estar un poco mejor, aunque aún tenía las manos sudadas y estaba cansada y sólo acababa de comenzar el día.

Llegué a la oficina repitiendo que todo iría bien.

Pero sólo al entrar ya me preguntó mi jefa si había enviado un correo electrónico que era urgente el día anterior, y se me había olvidado completamente haciendo otras cosas. Me dijo que no pasaba nada pero que lo enviase ya. Me repetí que no pasaba nada que un despiste lo podía tener cualquiera pero ya se me había metido la duda en el cuerpo. 

Y así pasó todo el día de un sufrimiento al siguiente.

Por la tarde tenía hora con mi psicóloga, no sabía qué decirle ya que volvía a dormir mal y cada vez tenía más síntomas de ansiedad, pero no quería volver a coger la baja, estaba harta de ser la pobre chica que tiene ansiedad pero me sentía atrapada y no sabía cómo hacerlo y estaba segura que también me criticaría por lo mal que lo había vuelto a hacer un día más.

Sin embargo, cuando llegué a la consulta y le conté mi día me felicitó ya que había identificado el momento exacto en el que la ansiedad me había empezado tanto en el metro y como lo había controlado como en el trabajo al empezar a preocuparme. Me recordó que la ansiedad es miedo al futuro y preocupación excesiva, pero que tenía que recordar que ahora estaba bien, que a pesar de mi miedo a que me echasen del trabajo ahora tenía trabajo y estaba bien.

Salí de la consulta sintiéndome mucho mejor.

Realmente tenía razón toda mi vida había vivido sufriendo por el futuro y criticándome demasiado a mí misma, siendo demasiado exigente conmigo. Pero está bien. Vivimos en una sociedad muy exigente y muy crítica con todo y hay gente que aguanta más, gente que disimula mejor y gente como yo que lo expresamos y lo controlamos menos. Pero todos nos sentimos inseguros, todos nos equivocamos, todos tenemos miedo y a nadie le gusta que lo critiquen aunque a todos nos guste criticar. Pero también somos fuertes y nos levantamos. Y lo que es mejor aún, siempre encontramos ayuda en el camino, ya sea de un amigo como de un profesional de la salud mental, como de un vecino o incluso un desconocido. Siempre podemos encontrar ayuda porque en mayor o menor grado todos pasamos por lo mismo. 

El auténtico héroe eres tú FINALISTA DEL CONCURSO EN SU EDICIÓN DE 2020

Si vas a terminar el periodo de confinamiento sin haber hecho: ejercicio, leído un libro o aprendido inglés; si eres uno de los pocos que has resistido a la fiebre de la harina y la levadura, no has inundado tus redes sociales con fotos e historias de bizcochos o tartas, ni te has entregado en un frenesí gastronómico realfooder; si no tienes ni idea de lo que es un Tik Tok, no has participado en ningún challenge o puesto una cita intensa en tus perfiles, al más puro estilo Jorge Bucay; si la agenda de aplausos y caceroladas diarias te abruma, angustia y sobrepasa; si preferirías perforarte los tímpanos con un alambre antes que volver a escuchar el "Resistiré"; o si sopesas seriamente fingir tu muerte antes de aceptar otra videollamada… ¡Enhorabuena! Eres un auténtico héroe.

¡Vale!, probablemente salgas de esta cuarentena con un par de kilos más, porque te has hartado de ultraprocesados. El pijama ha sido tu segunda piel. Has deformado el sofá, dejando fijada tu silueta en él, a fuerza de horas dedicadas a ver series que te desconectasen de la realidad circundante. Seguramente, tu salud mental se haya mimetizado con las fluctuaciones de la bolsa, con una clara tendencia a la baja según avanza el tiempo, con momentos de aburrimiento, apatía, incluso hartazgo, sazonados de unos cuantos reproches y un maravilloso sentimiento de culpa por no estar aprovechando el tiempo. Aun así, eres todo un superviviente porque has llegado hasta aquí a pelo, y no dejes que nadie infravalore el mérito que ha tenido. No solo no te has dejado arrastrar por la norma social imperante, por esa hiperactividad autoexigida que muchos entienden como lo "correcto", el modelo deseable a seguir, la felicidad estándar donde todos debemos reflejarnos y aspirar a encajar; sino que, además, has resistido, y sobrevivido , de la forma más dura posible: contigo mismo las 24/7, sin distracciones ni periodos de tregua.

Déjame decirte amigo mío, que has logrado una de las mayores proezas en estos tiempos. Sales de este confinamiento haciendo un triple mortal carpado. No voy a decir que sin despeinarte, porque sin duda convivir con uno mismo sin escapatoria, deja huella… en este caso una resiliencia positiva.

Al final, si te paras a pensarlo, has llegado a la meta igual que el resto, pero por el camino más difícil: el de autosoportarse. Sin emplear los atajos fáciles que usan los demás, sin ocuparte hasta la extenuación para no tener que verte ni pensarte. Te has tenido que autoconocer y aceptarte con humildad, sin pretensión alguna,siendo consciente de lo que hay, de los recursos que posees y las habilidades que tienes para gestionarlos. Por tanto, estar 40 días peregrinando de la cama al sofá, del sofá a la cocina, y viceversa, es una formula tan válida y meritoria de afrontar la situación como cualquier otra. Y por todo ello tienes muchos motivos para sentirte orgulloso y celebrar, porque has podido .

Un extraño despertar

Nunca pensé que esto podría ocurrir… no me puedo mover. Estoy atrapada. Físicamente atrapada, o sea quiero moverme y no puedo. Llevo un buen rato intentando razonar; ¿qué ha pasado? ¿Qué es lo último que he hecho? Última vez que me echo la siesta.

Intento mover un pie despacito, pero nada. Más bruscamente, tampoco. Bueno, vamos más poco a poco, intento mover un dedo, el pequeño de la mano… inútil. Es superior a mí. Vamos a ver… intento hablar, no sale nada. Es imposible, ¿qué me está pasando? Esto es muy raro... ¿qué me está pasando? Intento gritar y no puedo, intento moverme y no puedo, no puedo, no puedo, no puedo ¡Que pare esto ya!

A ver, tranquilízate, lo peor que puedes hacer es entrar en pánico. Respira, venga, concéntrate en respirar. ¿Ves? Ya está, vamos a relativizar, sea lo que sea, seguro que es pasajero. Obsesionarse es lo peor que podemos hacer. ¿Por qué estoy pensando en plural? Igual estás loca ¡Qué graciosa eres! ¡Qué pena que nadie te esté escuchando porque no puedes hablar! ¿Me estaré volviendo loca de verdad? Venga, intenta reírte que te relaja. Tampoco puedo. Bueno, piensa en cosas alegres… ¿Me habré quedado tetrapléjica? ¿Cuánto podrá vivir una persona sin comer?... Joder ¿y sin beber? Oye, eso no es alegre… Me estoy empezando a poner nerviosa… ¿Qué coño hago? A ver, para, para, no entres en pánico. Vamos a tranquilizarnos. Respira hondo. Seguro que es algo pasajero y cuando pase llamamos a alguien: a un psicólogo, un psiquiatra, un neurólogo... Bueno, mejor hablamos con el médico de cabecera y él sabrá. Nos va a mirar raro. Yo creo que siempre ha dudado de tu salud mental. Oye que igual esto es normal y le pasa a todo el mundo… Ya, muy normal no parece… (Suena el móvil) ¡Me llaman! Joder me llaman y no lo puedo coger… ¿Quién será? (Deja de sonar). Mira guapa, estás sola en esto, así que o te tranquilizas o nadie va a venir a sacarte de la cama. 

Pase lo que pase, tú no entres en pánico, tu tranquilita, que seguro que hay una explicación lógica a todo esto. ¿Y si no acaba nunca? Calla. Eso es imposible. ¿Me habré muerto? Por favor, piensa en cosas alegres. Lo de vivir sola no ha sido buena idea…Deja de pensar eso. Joder, me he muerto. ¿Esto es morirse? ¡Pensamientos positivos por favor! ¿Así toda la eternidad? ¿Puedes parar? Vive el momento, no luches contra lo que te pasa que es peor. Vamos a fluir, estamos bien, esto va a pasar, estamos fluyendo, estamos bien, esto va a pasar. ¡Que no pasa! ¡Que me he muerto!

(De repente se incorpora y abre los ojos) 

¿Qué?

El campesino y su novia

Esta mañana, me he acercado a casa de mis suegros, hacía tiempo que no lo visitaba y he visto al anfitrión muy desmejorado, cada vez me recuerda más a mi abuela. He charlado con él un buen rato. Tiene lagunas. A veces sabe quién soy y me pregunta por mi familia. A los pocos minutos sonríe y su mente se va diluyendo como un azucarillo en el café. Divaga sobre su niñez o pronuncia soliloquios ininteligibles. Mientras esto ocurre me transporto dos décadas atrás cuando mi abuela comenzó a sufrir esta cruel enfermedad. Entonces apenas se conocía, no sabíamos el alcance que podía a llegar a tener, o no queríamos enterarnos. Recuerdo que nos reíamos cuando quería comprar una pastilla de Okal en el quiosco de la esquina, como antaño hacía, con algunas monedas sueltas. Nos resultaba divertido y, sobre todo, intrigante buscar las mitades de los billetes de quinientas y de mil pesetas que ella rompía no sabíamos por qué oscuro motivo. Cuando nos dijeron que sufría Alzheimer encajamos las piezas de ese amargo rompecabezas.

Y, de pronto, mi suegro me llama por mi nombre y me pregunta en qué estoy pensando. Y me dice que estoy muy guapa. Que siempre lo estoy. Y me cuenta la anécdota del campesino que iba a visitar a su novia por la mañana, recién levantada. A mi suegro siempre le han encantado las historias, los refranes, los proverbios, los dichos, pero hacía tiempo que no hablaba de ellos, así que me sorprendió mucho que se acordara de esta. El labrador, antes del atardecer, iba a ver su campo de trigo. Allí permanecía un buen rato. Tenía una preocupación que contó a su amigo más íntimo. Le dijo que sentía que le gustaba más su trozo de tierra que su novia, el trigo que su mujer. El amigo, sabiamente le contestó que invirtiera el orden de las visitas, que se pasara al amanecer por la plantación de cereales y por la tarde a la casa de su prometida, cuando ésta estuviera preparada para recibirle. Esta historia me la cuenta para piropearme porque me dice que su hijo podía ir a verme a cualquier hora del día porque siempre estaba igual de guapa. Y ahora soy yo la que sonrío y me levanto y lo abrazo sabiendo que este gesto lo estoy haciendo por triplicado: por él, por mi abuela y sobre todo por mí, porque te agarras con fuerza al cariño que te transmiten, aunque a veces no sepan con quién hablan. Mi suegro aún conserva momentos lúcidos. Yo los agradezco. 

Pensaba que esta mañana iba a hacer una buena obra al visitar al enfermo y, sin embargo, ha sido él quien la ha hecho conmigo, me ha animado el día. Le cuento la historia a mi marido mientras cenamos. Me ha dicho que no lo ve desde hace dos días y que ese relato se lo contaba cuando empezó a salir conmigo. Se le han llenado los ojos de lágrimas.

Carta de presentación

Hola soy Mayra, soy anoréxica, tengo diecisiete años y me siento mal, fea, y gorda. 

Así, de esta forma, se presenta esta adolescente que, por fin, un día, llegó a comprender lo que le sucedía.

Me siento rechazada por mis amigos, por mi aspecto, y hago todo lo que puedo para adelgazar; algunos días no como prácticamente nada, pero no siento hambre. A veces, me da terror la comida . Mis padres sufren cuando me ven así, pero yo no puedo evitarlo.

Mi mente me dice que no coma, o que coma muy poco, porque engordo, y, aunque, veo que la ropa me queda grande, sin embargo, me miro al espejo y me sigo viendo gorda y fea, entonces me deprimo y lloro; me doy cuenta de que, todo esto, está afectando a mi salud mental.

Mi amiga Rocío me dice que estoy hecha un fideo, pero yo no la creo, pienso que lo dice para contentarme.

Dice mi hermano mayor que lo mío es una cosa de la cabeza, que me imagino lo que no es y me fabrico mi propia película, que necesito que alguien experto me ayude, un profesional de salud mental, porque, insiste, en que estoy enferma. A mí no me gusta escucharle.

Hay días que engaño a mi madre, para hacerle creer que he comido, pero no, la mayor parte de lo que hay en el plato no lo como y me arreglo para que no se entere, aunque creo que ella sospecha algo, aunque no me suele decir nada para que no me altere.

Ayer me daba asco la comida, sólo con verla es que me entraban ganas de vomitar, tenía como náuseas, pero comí un poco y no vomité. Mi madre se puso tan contenta, pero yo sigo en mis trece, me sigo viendo gorda y horrorosa.

Mi talla es la treinta y ocho, pero me gustaría tener la treinta y seis, como muchas modelos.

Hoy me encuentro como agotada, estoy algo mareada, débil, cansada; digo yo que si estaré incubando la gripe, no puedo casi abrir los ojos; la verdad es que no tengo fuerza para andar y los brazos me pesan como si fueran de hierro, quiero dormir y que nadie me moleste. Me encuentro como si estuviera en una nube,…,creo que me voy a desfallecer…

Me he despertado y no estoy en casa, que raro me parece todo, me doy cuenta de que estoy en el hospital y alguien me dice que tengo puesta una goma en la nariz que baja por la garganta y llega al estómago; noto molestias…, creo que es para alimentarme, entonces es que estoy enferma, qué miedo, ¿puede que me muera?. Todos me tratan muy bien.

En los despachos vacíos de mi corazón

Estimada Celia:

Cuando reciba esta carta ya no estaré aquí, los rumores eran ciertos y el Director de Recursos Humanos, apoyándose en índices, cifras y tablas, ha suprimido a los elementos superfluos de la plantilla. Así es como me ha llamado, superfluo, o sedimentario, no lo recuerdo muy bien, pero ha logrado que me identificase, de un modo sutil, con algo residual.

Siendo honestos, no me ha sorprendido, son cosas que suceden: cuando vienen mal dadas, son los tipos como yo los primeros en caer. Un cincuentón con enfermedad mental, al lado de esos jóvenes de marketing, parecía una muela picada. Aunque, no sé qué opinará, a mí esos chicos brillantes siempre me parecieron algo banales y, si me apura, hasta codiciosos. Y no lo digo porque inviertan en bolsa, o hablen constantemente de firmas de lujo, sino porque, cuando finaliza el día, pegados a sus móviles, tienen la misma sonrisa desdeñosa que exhiben por la mañana.

Lo que quiero decir, y perdone este preámbulo, es que lo excepcional, lo que no encajaba, era su actitud: siempre con una sonrisa deliciosa en los labios, mostrándose paciente y afable, sin escrutarme como a un marciano. No se alarme, no pretendo importunarla, ni darle la impresión de que soy un pelma: sólo quiero expresarle lo que siento y lo que, para qué fingir, nunca me atreví a decirle a los ojos.

Así que no tema que la vaya a fatigar con flores, o lágrimas y, mucho menos, con versos seniles. Lo único que quiero dejarle es esta carta ruinosa y confesarle que, suceda lo que suceda, aunque me envuelva la penumbra, aunque el mundo sucumba y se desmorone sobre mí, la seguiré adorando ciegamente. Y que mientras conserve un soplo de aliento –en mis polvorientos bronquios de fumador-, la seguiré añorando siempre, hasta que la enfermedad acabe, de un plumazo, con mi superflua existencia.

Pero hasta que llegue ese momento, hasta que se agote mi último suspiro, déjeme decirle, Celia, que la echará mucho de menos y también describirle cómo la evocará mi memoria feliz: taconeando suave, muy suavemente, en los despachos vacíos de mi corazón.