viernes, 1 de diciembre de 2023

Caminando

Camino en una oscura noche de invierno, sin rumbo fijo, con paso lento.

Me cuesta encontrar el sentido, el porqué y el cómo, no hayo el acierto.

Siento un profundo y hondo vacío, exhalo un suspiro, no siento el viento.

Me gustaría encontrar otro camino, me siento solo, perdido y sin aliento.

De pronto una mano amiga roza suavemente mi espalda, me abraza fuerte, palpita mi alma.

Insinúo una leve sonrisa, merece la pena buscar ayuda, encontrar la calma.

Regreso a casa tranquilo, escucho música, mi corazón rebosa esperanza.

Sentimientos contradictorios

Ayer tarde estuve leyendo varias horas. Disfruté de lo lindo. Cuando pienso que apenas me quedan dos meses para jubilarme tengo sentimientos contradictorios. Por un lado podría entregarme a mi doble pasión el mayor tiempo posible: la lectura y la escritura. Releería mis libros favoritos. Escribiría mi gran novela aplazada y me presentaría a múltiples concursos de relatos. Por otro, realizaría el acto que mi psiquiatra lleva tiempo evitando y que ha conseguido hasta ahora: el suicidio. Mis fantasías se mezclan con mis lecturas y consigo tirarme del Tajo de Ronda, tomarme una caja entera de diazepam o pegarme un tiro con la pistola de mi excuñado el policía. Últimamente me invade la nostalgia y me vuelve la depresión que llegó cuando mi mujer me abandonó y me subí a ese tren del que aún no he bajado. Espero la estación adecuada. Ahora la veo cercana pero no consigo aclararme. Si me inclino por el suicidio todo acaba aquí.

Llevo una semana jubilado. Mis lecturas se amplían. Mi novela no avanza. Mi exmujer acaba de enviarme un enlace a un concurso de relatos sobre la Salud mental. Mi médico me anima a que me presente. Los sentimientos contradictorios han acabado.

Toda mi vida escucho voces

Hoy he vuelto a escuchar voces. Esas voces que en este mismo instante estoy escuchando me están ayudando a escribir este relato. Resulta que me inspiran como a otros muchos escritores. Ni soy violento, ni agredo a nadie, de hecho, mis voces me producen cierta intranquilidad, pero a la vez cierta sensibilidad con el entorno. Las voces las escucha todo el mundo y creo una vez le dije a mi madre que una vez me dijo una voz (que acabó siendo mi amiga) que ella, mi madre, iba a morir. Sí, ella acabo muriendo, pero no fue la voz, sino la simple naturaleza.

Ahora bien, una vez hablando con la naturaleza, mientras la naturaleza me hablaba le dije que me susurrara al oído. No sabía ni que contestarle porque me dijo algo tan sano… Cuida a quien te cuida y quiere a quien te quiere. Ahora sé que si las voces me cuidan, yo les cuidaré a ellas. También sé que si alguna compañera está muriendo por dentro yo acudiré a cuidarla. Por ello, escribo este relato mientras acudo a un grupo de apoyo mutuo. Estamos locos todos, pero muy orgullosos.

Las huellas de Marta

Marta lleva ingresada varias semanas, pero Marta no quiere que le den el alta. Ha aprendido a llorar pintando, o quizás a pintar llorando. Hace días que Marta cierra los ojos y pinta sin lienzo. Y en su cabeza, puede suceder que Marta agarre su pincel y rompa el blanco frente a su cara para luego atravesar su propio paisaje pintado. Puede suceder que dentro de su cuadro Marta dibuje en la arena sus huellas hacia la playa. Una playa donde Marta camina hacia el agua salvaje que ella misma pintó hace mucho tiempo. A veces Marta consigue hundirse en su océano y ver sobre el suelo marino las huellas de una niña volviendo a la superficie para salir de esa playa, y caminando por la arena regresar al pincel. Y puede suceder que todo ello pase cada día una y otra vez. Por eso Marta no quiere volver a casa. No hasta que sea capaz de pintar su vida de la mano de esa niña.

Vaivén

A caballo del sí y el no, en el vaivén de este columpio vita, me cimbreo sobre el vano central del viaducto de la calle Bailén. Un guardia intenta alcanzar mi brazo izquierdo peligrosamente enganchado en un cable que transita muy oportunamente por el pretil del viaducto, mientras mi brazo derecho intenta controlar el movimiento de molino que hace mi cuerpo sobre el vacio. "¡Aguante, que ya vienen los bomberos! Grita alguien desde la calle. Odio ser pasto de curiosos, pero hay un buen puñado abajo, con los coches detenidos, a duras penas reculando ante el empuje de la policía. "Aguante", bonita palabra, ancla que una vez desenganchada ya no ata nada. Tal vez la vida sea eso, aguantar los sinsabores, las frustraciones, los embates de la muerte. Pero hay momentos en que no se tienen fuerzas para seguir, para engancharse a la rutina, para no soltar el efímero cable que me sostiene. Dos tiarrones en trajes de bombero se inclinan peligrosamente sobre la barandilla ofreciendóme sus fuertes brazos, ¿qué hacer?, ¿dónde estaba esta ayuda cuando tanto la necesité? El balanceo de mi cuerpo se detiene y la duda verbal shakesperiana se muestra en toda su crudeza: agarrarse o caer.

Contrariedad

Hoy es uno de esos días de sentimientos encontrados. Un bonito color de labios y un tierno moño en el cabello me hacen sentir bien, mientras mi corazón parece encogerse con los días.

"La depresión está en un ocho, del uno al diez." contesté a mi amiga, quien me preguntaba cómo me sentía en esa escala. Me obligo a salir, a sentirme mejor... Siento que es lo más maduro que puedo hacer; pero es lo que menos me llena. Me siento miserable con cada paso que doy, cada respiración que tomo es difícil.

Pero luego observo las personas, la cultura y el arte que me rodean; siento ganas de llorar porque la vida es inmensurablemente hermosa y se concentra en pequeños detalles: aquellos gestos que las personas hacen con las manos al bailar danzas folclóricas, o la sonrisa de una joven tocando el violín en un pasaje subterráneo.

La paz que me brindan los días así es que siento mucho, pero no es todo malo. Hoy tuve un balance, y me consuela saber que entre la depresión que alguna situación desencadena, la nostalgia otorga una ventana a la redención de un alma atormentada; el arte actuó en combinación con mi decisión de sanarme, y proporcionó ese cese de ansiedad que tanto necesitaba, pero que evitaba buscar.

La pecera

Los artículos sobre el estrés o la vertiginosidad de la vida moderna siempre van acompañados por una foto de stock de una persona presionándose con fuerza las sienes. Los modelos suelen tener los ojos cerrados, a veces con cara de intenso dolor y otras con resignada contención. Al verles siempre me imagino que, agotados de todo, están intentando arrancarse su propia cabeza con todas sus fuerzas, pero son incapaces. Pienso que, aunque solo fuese un rato, quitarse la cabeza estaría muy bien. Pero en realidad, lo que me gustaría es que mi cabeza fuera transparente como una pecera y cualquiera pudiese ver lo que pasa dentro. Todo sería mucho más fácil. No tendría que dar explicaciones ni poner excusas. De un solo golpe de vista, la gente entendería lo que me pasa. No tendría que explicar por qué no me puedo levantar de la cama, por qué me tengo que ir de esa fiesta si acabo de llegar. Podría, por una vez en la vida, estar con la psicóloga en silencio. Pero mi cabeza no es transparente, y dudo que ningún inminente avance científico vaya a hacerlo posible, así que no voy a tener más remedio que seguir buscando palabras.