viernes, 26 de junio de 2020

Relato ganador del concurso. DOS VIDAS ATRAPADAS. De María Lara Hernández Abellán

Resultados del Concurso de relatos cortos "salud mental y cultura".

Relato ganador:
● Dos vidas atrapadas, de Maria Lara Hernández Abellán.

Finalistas:
● Sombras de nubes, de José A. Gago Martín.
● El auténtico héroe eres tu, de José María Alonso Fernández.
● Como una ola, de Francisco Javier Insa.

Muchas gracias a todos los participantes. Enhorabuena a la ganadora de esta primera edición, también a los otros tres finalistas.

Esperamos continuar construyendo cultura en salud mental en próximas ediciones.

Un saludo.

jueves, 7 de mayo de 2020

El timbre

Al salir de la estación comenzó a caminar más deprisa. Haberla encontrado con tanta facilidad le maravillaba, tanto como un truco de naipes bien hecho. Mientras se dirigía a Berlín nunca se había parado a pensar que ella podría haber muerto hace tiempo, o que podía haberse trasladado a otra ciudad. El destino había hallado la senda. La fina llovizna del otoño pareció caer como un suspiro y las calles se oscurecieron. ¿Cómo le recibiría? Ahora, intentaba imaginar su rostro, pero no lograba reunir en una imagen viva todo lo que se hallaba en su mente; todo lo que recordaba de ella: su figura alta y delgada, su cabello negro e indomable, su boca de sonrisa interminable; la empapada gabardina que llevaba la última vez que la vio, al despedirse en esa misma estación, poco antes de que su padre se hubiese suicidado. Nunca pudo olvidar la expresión de su cara, cansada, amarga y triste al mismo tiempo. El indomable cabello goteando y vencido por la lluvia. El rojo de labios y el rímel corrido. Era como si su bello rostro se hubiese desmoronado.

De pronto miró su reloj, aún faltaban dos calles más. Se dio cuenta de que estaba indecentemente ansioso, incluso más de lo que lo había estado la primera vez que lo hicieron, cuando ella apretaba su cuerpo, completamente empapado de sudor, contra el suyo y, al mismo tiempo, él sentía la fría pared en su espalda. Era como estar junto a un precipicio y sentir ese vértigo que te dispara la adrenalina. Con ella, siempre era así. Por fin llegó ante el número 89, se detuvo, encendió un cigarrillo, aspiró y pudo contemplar como se avivaba la brasa, tragó una bocanada de humo picante y lo exhaló lentamente. Con paso firme y sin prisas se acercó a la puerta. En ese momento salió una mujer con un perro y le dejó pasar. El ascensor estaba averiado. Comenzó a subir. La escalera estaba tan oscura que tropezó varias veces. Las luces tampoco funcionaban. Cuando, inmerso en la oscuridad llegó al cuarto piso, encendió una cerilla y la acercó a un rótulo de latón. No, ese no era el nombre. La llama de la cerilla le quemó los dedos justo antes de iluminar la chapa de latón correcta. Las iniciales eran E. V. V. Dios...como le latía el corazón...Tanteó en la oscuridad para encontrar el timbre y lo hizo sonar. Esperó, esbozando una sonrisa, pero con el alma en vilo. Quizá no había nadie. Quizá hubiese cambiado de dirección. 

Al fin, escuchó el sonido de una cerradura, un pestillo produjo un ruido resonante, y la puerta se entreabrió. La silueta de una mujer asomaba en penumbra, pues el recibidor estaba casi tan oscuro como el rellano de la escalera, y, desde esa oscuridad, le llegó, casi flotando, una voz susurrante y quebradiza. Él, a pesar de que su cabello negro había sido invadido por hebras grises, la reconoció al instante. Justo cuando iba a dirigirle la palabra, ella le interrumpió:

– ¿Quién es usted…? ¿Qué desea?

Se quedó petrificado…

– Erika...Soy yo…Antonio... – la verdad es que está muy oscuro...pero soy yo….¿No me ves…? He vuelto.

– No, no, no...no puede ser… – repetía la mujer mientras iba retrocediendo.

Ella chocó contra algo, posiblemente un paragüero, entonces soltó un grito. Fue tan alarmante como si alguien la hubiese golpeado con violencia. Él puso un pie dentro de la casa y, de repente, ella recuperó el equilibrio, lo frenó con sus manos, y le miró. Antonio jamás olvidaría esa mirada. Se había perdido en el tiempo, detenida en un mundo de locura y olvido. Los ojos de él se llenaron de lágrimas, pero insistió.

– Erika...mi amor… – farfulló él entre sollozos.

– Lo siento. Váyase… Usted no es él… – añadió atusándose el cabello y endureciendo la voz.

Ella empujó a Antonio y le hizo retroceder hasta el dintel de la puerta. Cuando él cogió aire para intentar decir algo más, la puerta se cerró con gran estrépito.

No, no había luz en ninguna parte. Ya no.

martes, 5 de mayo de 2020

El piso frío

Mis papás están peleando otra vez. Por mi culpa.

Mi papá descubrió que me estoy tomando las pastillas que me envió el psiquiatra. Ya nos había advertido que si le desobedeciamos, habría consecuencias. 

Si tan solo me hubiera escondido bien para tomarlas. Si tan solo me hubiera metido al closet o esperado a que se durmiera. Si hubiera tenido más cuidado, mi mamá no estaría en problemas.

Ahora es mejor quedarme encerrada en mi baño, acostada en el piso. Tengo un poco de frío, pero esta bien, aquí puedo escuchar como pelean. Algo le grita mi mamá sobre salud mental, no se que es eso, pero suena muy importante para ella. Mi papá solo se ríe y se burla de ella, dice que eso es para débiles. Yo no quiero ser débil, yo quiero ser igual de fuerte. 

El psiquiatra me cae bien. Me gusta que me pregunte cómo me siento, me hace sentir normal y no un fenómeno como dicen mis compañeros del colegio. Tampoco se enoja por distraerme, ni me llama inútil o burra, como lo hace mi maestra. No se ríe porque tartamudeo cuando leo, ni me critica por ser morena. Dice que él va a apoyarme a sentirme bien, sentirme tranquila.

Una vez quise hablar con mi psicóloga de la escuela. Decirle que mis compañeros no paran de gritarme "puta". Decirle que me nalguean en los pasillos, pero uno de los que me molestan es su sobrino, nunca me creería, se ve que lo quiere mucho. De seguro le hablaría a mi papá para acusarme, y no quiero que mi papá se de cuenta que soy una rechazada. No quiero que mi papá también me rechace como todos, o igual que mi verdadero papá, que prefiere estar con sus demás hijos. A mí ya ni me reconoce.

Mi mamá piensa que no es normal quedarme todo el día en cama, o llorar a cada rato. Dice que no es normal cortarme. No quiero contarle, ya no quiero que sufra. Por eso me llevó al psiquiatra, claro que a escondidas, como cuando me compra ropa y me pide esconder las bolsas para que mi papá no se altere como hoy. Que no se altere como el día que se enteró que me llevó con el doctor. Ese día destruyó la cocina, sentí como perdería a mi mamá, mientras el sostenía la silla sobre su cabeza, dispuesto a pegarle con ella.

Mejor me quedo aquí encerrada. Me hipnotiza ver mi sangre recorriendo mi brazo. Se siente rico cortar las capas de mi piel con la navaja del rastrillo. Siento como se libera la presión en mi pecho, como se relaja ese nudo en mi garganta que no me deja tragar ni respirar. Creo que ésta vez me corté de más. Me siento muy cansada. No puedo enderezarme, mucho menos levantarme a limpiar la sangre del piso o de mi ropa. No paro de sangrar, pero tengo mucho sueño. Solo quiero dormir, quiero descansar. Solo quiero paz.

El ruido del silencio

Recuerdo lo rápido que latía mi corazón, me sudaban las manos, lo único que pasaba por mi mente era si yo podría matarla… antes que ella a mí.

—Eres un cobarde.

«¡Hazlo!, aprieta el gatillo —pensé—. Antes de que sea demasiado tarde».

—¿Por qué me haces esto? —dije en busca de esperanza.

—Te lo has hecho tú mismo… ¡bang!

Disparó. 

En ese momento desperté. 

Me dolía la garganta, probablemente había gritado, la mirada preocupada de mi hermano Gabe lo decía todo...

—¿Estás tomando tus pastillas, Adam?

—Era ese sueño otra vez —interrumpí—, pero estaré bien.

—Eres un buen hombre, recuérdalo.

—Ella me hace olvidarlo, dice que hice algo malo.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—… No lo sé.

La agonía al caer la noche es inevitable. Sé que si cierro los ojos ahí está ella, intentando eliminarme, por algo que ni siquiera hice… ¿o sí?

Esas pastillas ayudan en mi salud mental, pero cuando sueño, el infierno comienza… y hoy, no fue la excepción.

—Te estoy mirando —susurró aquella mujer.

Le pregunto el motivo del porqué está ahí, se reduce a decir:

—Tú sabes la respuesta.

Mi corazón late cada vez más, veo el arma sobre su mano, siento la mía temblando… me apunta, le apunto… ¿me mata, la mato? En ese momento despierto, sin saber qué hice, no sé si yo merecía morir, tampoco si en verdad morí, no sé si la maté, o si al menos tuve agallas para hacerlo.

Cuando duermo, vuelvo a esa escena, casi siempre es igual. ¿Será que le tengo miedo a morir?, ¿por qué habré de morir si soy un hombre bueno?... ¿por qué habré de vivir si no me siento vivo?

«¡Tienes miedo!, Estás solo. Nos tiene a nosotros. ¡Escúchanos!, No los escuches. Dispara. No lo hagas, ¿Por qué lo hiciste?». Soy esclavo de mis pensamientos.

Hoy, Gabe me recibió con una pregunta inusual.

—¿Te has enamorado?

—¿Tú sí? —respondí confundido.

—… Enamorarse es uno de los actos más valientes, es entregarse, permitirle ver a alguien las espinas que tú ni siquiera sabes que tienes clavadas, eres vulnerable. Lo he hecho Adam, pero no de la persona correcta.

—Creo que nadie se enamorará de mí.

—¿Por qué dices eso?

—Porque yo no lo haría…

—La esquizofrenia no es un impedimento para amar.

—Pero sí para confiar, no confío en mí, a veces me desconozco.

—Ahí es donde entra el amor, creo que esos días en donde nos perdemos a nosotros mismos, necesitamos a alguien que nos regrese a nuestro camino.

Ahí lo entendí.

—Te estaba esperando. —dijo mientras bajaba su arma.

—Tengo miedo, ¿verdad?

—Tienes miedo a estar solo, vivir solo, y morir solo. Crees que por tu condición nadie te amará y por eso yo estoy aquí, para demostrarte que te equivocas, si no lo entiendes, no tengo más remedio que asesinarte. Porque yo soy tú, y tú mismo te estás dañando.

—¿Qué pasa si yo te mato?

—Sabes la respuesta… 

—Ya no quiero tener miedo.

—Hazlo Adam.

Disparé. 

El fortuito descubrimiento de un niño curioso

Recuerdo con especial nostalgia los días en que era niño, la vida era más colorida por entonces, cuando me dejaba dominar por los sentimientos, previo a aprender a ser un adulto hecho y derecho, sensato y fiel a la razón. Por aquellos tiempos la curiosidad era mi motor, algo normal cuando uno descubre la inmensidad del mundo y la ignorancia monumental que uno posee. Lamentablemente mis padres habían olvidado sus etapas de juventud y me prohibían cualquier incursión en la investigación, aunque dichas negativas no corrían con mucho éxito y mi madre solía enfadarse excesivamente por ello. En esta línea recuerdo las firmes palabras de mi padre siempre que íbamos a visitar al abuelo Cristóbal, quien vivía en compañía de su hijo menor, Ander, hermano de papá. "No te acerques a Ander", acostumbraba decir, y ante mi infructuosa búsqueda de una razón para semejante prohibición respondía lacónicamente que tenía "problemas" dando por concluida la exposición de argumentos.

Fue así como por un tiempo permanecí alejado de mi tío, observando con gran curiosidad su extraña conducta y manteniendo prudentes metros de distancia para evitar el rezongo de mis progenitores. Él solía hablar solo y caminar mucho, siempre parecía perturbado por la velocidad con que su cerebro funcionaba. A pesar de estar acostumbrado a nuestras visitas nunca interactuaba con nosotros, permaneciendo distante e inmerso en nerviosos recorridos por las habitaciones de su hogar.

Un día, dominado por completo por la curiosidad decidí preguntarle a Ander que clase de "problemas" lo atormentaban y cuál era la causa de su constante peregrinación por la casa. Entonces, aprovechando el momento en que mi tío mostraba a mis padres su nuevo coche, me dispuse a acercarme y dar comienzo a mi cuestionario. Pero Ander se asustó al ver que me aproximaba y entre gritos y gemidos me empujo sobre un sillón saliendo disparado hacia su alcoba. Afortunadamente no me lastimó, y con más suerte aun nadie presenció u oyó la escena. 

Lo sucedido no hizo más que incrementar mi interés por descubrir que sucedía con mi tío, después de todo era mi responsabilidad moral ofrecerle ayuda, debía encontrar la forma de apoyarlo.

Pero nuestra próxima interacción no fue iniciativa mía, pues en la siguiente oportunidad en que nos encontramos solos en la sala, él se acercó cautelosamente y me regaló un fuerte abrazo. Decidí no arruinar el momento con preguntas acerca de sus "problemas" y disfrutar del cariño de quien me sujetaba. No soltó palabra alguna ese día, pero con su abrazo me transmitió una infinidad de pensamientos y emociones.

Con el tiempo las restricciones de mis padres quedaron en el olvido y visité siempre que pude a mi tío, con quien tuve las conversaciones más raras y entretenidas de mi vida. Muchas veces no lograba entenderlo, pero puedo decir con autoridad que nadie me trataba tan bien como Ander, sin lugar a duda nunca conocí a alguien que lograra superar su capacidad de amar. Él fue mi mayor descubrimiento y una gran fuente de aprendizaje.

La consulta

— ¿Cuántas piedras has recogido? —le preguntó el psicólogo a su paciente—. 

Mira, yo también tengo mi propia bolsa. Puedes compartir conmigo la tuya.

Mientras el especialista mostraba su mochila de tela a fin de ofrecerle confianza, Pau abrazaba la suya y le miraba con recelo: la primera sesión siempre es la más complicada. A diferencia de la del profesional, el saco de su cliente parecía mucho más pesado aun cuando era mucho más joven.

Lentamente, la mano adolescente extrajo de la bolsa una piedra. "Los psicólogo son para locos" estaba escrito en ella. Pero la expresión del adulto no cambió: seguía invitándole con la misma paciencia a mostrar más de sí. Con esto presente y pausadamente, fue enseñando una a una sus pesadas pertenencias: "llorar es de débiles, sonríe más", "eso lo hace cualquiera", "no es para tanto, hay cosas peores", "la vida dura dos días como para que te andes preocupando", "eres un desastre", "eso no vale para nada, mejor estudia algo que tenga futuro"... Y ahí tenía la razón por la que a veces no podía moverse de la cama: aquella inseparable mochila de tela le hacía de ancla a Pau.

Una hora después, al llegar a casa tras aquella confesión y con la bolsa algo más liviana, se mira al espejo. Te ves.