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martes, 5 de diciembre de 2023

Porque sí te da la vida

Contaba con treinta y pocos, joven como para arrastrar un conflicto de años. O quizás precisamente por eso. Por ser la típica perfeccionista utópica que finalmente sucumbe ante la terrible paradoja del querer y no poder.

Se sentía presionada por un sistema que la empujaba hacia el sumidero de la desidia. Cada noche de insomnio colgaba a airear los trapos sucios sobre el tupido ramaje de su conciencia. Se sentía quebrarse.

Quizás había llegado el momento de darse por vencida. Lo pensó esa tarde en el parque, el metal de los columpios sonaba como cuchilla en caída libre hacia su cuello. "Chicas, echadle un ojo a Pitiño".

"¿Dónde vas Sabela?". "Necesito llamar a uno de mis pacientiños. Tiene cita en 3 semanas, pero es que hoy le vi muy malito".

miércoles, 12 de mayo de 2021

Un nudo en la garganta

Parece que es tarde. Me habré quedado dormida. Es raro que mi padre no me haya despertado al irse. Ya entra mucha luz por la ventana, a pesar de las cortinas. Decido aprovechar mi buena suerte, darme la vuelta y dormir un poco más, pero me parece oír ruido en la cocina. Quizás se haya vuelto a meter un gato. A veces mi padre deja abierta la puerta del patio cuando se va a trabajar de madrugada y entran los gatos buscando un poco de calor. Me levanto corriendo, a ver si pillo a ese bribón antes de que encuentre la despensa.

Pero al llegar a la puerta de la cocina me quedo petrificada. Hay una chica joven de espaldas a la puerta, vertiendo café recién hecho en tazas. ¿Quién es? ¿Cómo ha conseguido entrar? Se da la vuelta y me sonríe. Dudo entre salir corriendo a pedir ayuda o preguntarle en voz alta qué hace en mi casa. Puede más la curiosidad y doy un par de pasos dentro de la cocina, mientras intento averiguar sutilmente qué hace ahí parada, en mi encimera. No contesta, pero me ofrece tostadas y café. Me sonríe, le sonrío y le ofrezco una de las sillas de nea junto a la mesa. Es lo mínimo, cuando me ha hecho el desayuno. Parece que es su forma de agradecerme haber allanado mi casa. En su rostro puede leerse que está triste y desorientada, quizás ha acabado en mi casa huyendo de algo.

Me pregunta qué tal he dormido. Le respondo que bien, todavía evaluando la situación. Comienza a contarme su día, mira el reloj varias veces mientras habla y se queja del poco tiempo libre que tiene. Le digo que yo también tengo prisa, que debo arreglarme para ir a un sitio, para ver si se da cuenta de que su visita se está alargando. Se ofrece a pasar otra vez después del trabajo y aprovecho para preguntarle dónde trabaja, quizás así averigüe algo más de ella. Me dice que en la panadería desde hace cinco años, que la contrataron para atender la tienda. Le preguntaré al panadero por ella, seguro que podrá darme más información.

Me decido a levantarme para recoger, dando por concluida la conversación, pero se levanta antes que yo y coge la vajilla para ponerla en el fregadero. Antes de que pueda darme cuenta, se da la vuelta, me coge de la mano y me da un beso en la mejilla al mismo tiempo que me dice "te quiero, abuela. Luego nos vemos".

El tacto de su mano en la mía me trae el olor de la colonia de limón y leche manchada de café, el de las rosas naturales en un florero y la brisa caliente de las noches de verano; su voz suena a risas ahogadas en las siestas, canciones tradicionales y preguntas insistentes. Se me anuda la garganta. Afortunadamente, hay recuerdos que no enraízan en la mente. "Yo también, cariño. Te espero".

jueves, 26 de marzo de 2020

Mariana


Le puse el mismo nombre que había llevado mi prima. Mis recuerdos de ella son pocos, pero muy vívidos. Era una niña, como se llamaba decorosamente entonces, "especial". Yo, ingenua, pregunté a mi madre y a mi tía lo significaba esa palabra. Ninguna logró darme una explicación satisfactoria, pero sí me pidieron que no contara a nadie la condición de Mariana.

Ella no hablaba nunca: se comunicaba con gruñidos, gritos y, ocasionalmente, llanto. Lloraba a mares por lo que entonces me parecían razones absurdas: la rotura de un crayón, el paso de una ambulancia, el olor a pescado en la cocina. El mundo la incomodaba, y por eso pasaba mucho tiempo en su habitación: un cuartucho oscuro del último piso, donde dormía, comía y hacía dibujos.

La mayoría de los niños, a su edad, pintan garabatos. No en su caso, dibujaba incluso mejor que la mayoría de los adultos. Se restringía a un solo tema: la vista de la ciudad desde su ventana, con cambios de luz y de colores, en un estudio eterno que ocupaba las cuatro paredes. El mismo dibujo, igual pero distinto, hacía de su cuarto un enorme caleidoscopio.

La vi pocas veces, pues era raro que visitáramos a la tía, y más raro aún que Mariana estuviera a la vista. Yo quería jugar con ella. Las primeras veces me le acercaba y le preguntaba qué quería hacer, pero ella no me respondía o empezaba a hacer sonidos de gato acorralado. Con el tiempo aprendí su particular lenguaje. Me sentaba cerca, con un papel y un crayón, y ambas pintábamos en silencio. A veces, se daba la vuelta para mostrarme su progreso, o movía los brazos de arriba a abajo de una manera que solo puede describirse como el aletear de un pájaro contento.

La noticia de su muerte fue inesperada. Llegó en mitad de la tarde y de la forma más abrupta: por llamada telefónica. No supe entonces llorarla: a mis siete años, el concepto de la muerte me era esquivo. Mi madre me lo explicó como un largo viaje, y lo mismo le repetía a mi tía cuando ella la llamaba llorando, a la media noche, en varias ocasiones de los meses siguientes. Yo escuchaba de lejos, tendida en la cama, y me preguntaba si mi prima se habría llevado a su viaje sus excéntricos dibujos.

Ya en la universidad, volví a visitar a mi tía, que seguía vistiendo de negro. Me mostró algunos de los dibujos, ya amarilleados por el tiempo pues el resto los había quemado, en un intento infructuoso de olvidar. Al mencionarle el día fatídico, se le aguaron los ojos. "Lo que más me duele" dijo "Es que nunca sabré por qué lo hizo. Yo no podía entenderla. Nadie podía".

Quizá fue en eso en lo que pensé cuando bauticé a mi hija.