jueves, 14 de diciembre de 2023

Mi madre

Estoy esperando a que me toque el turno en la carnicería del pueblo. Noto los ojos de las mujeres que me rodean, fijos en mi nuca.

Inmediatamente adivino lo que piensan por la manera en la que me miran

(...Es el hijo de la Puri, pobrecito…)

Me miran con cara de pena, con miradas compasivas, no lo aguanto.

(...hay que ver, con lo joven que era…)

El 43, mi número. Doy dos pasos hasta alcanzar el mostrador:

"¿Qué te pongo hoy?" me dice mientras afila el cuchillo.

(...fue por el marido, figurate, decían que bebía como un desgraciado…)

"Costillar de conejo" consigo balbucear a duras penas.

(...la María es vecina suya y dice que todas las noches los oía discutir como locos…)

"¿Algo más?" me pregunta la carnicera, mientras pesa el producto.

"Nada más, gracias" le contesto con una sonrisa forzada. Tan pronto como me giro, cesan los comentarios.

Al llegar a casa cierro la puerta tras de mí, procurando no hacer ruido, para no despertar a mi padre, que desde que mi madre ya no está duerme, mucho, muchísimo. Dejo las bolsas encima de la mesa, miro hacia el balcón y entiendo porque lo hizo. Desearía no saberlo.

Contra el estigma y la desesperanza

Bajo un cielo que abraza los suspiros del alma, narro mi vida y el empeño por tejer, con paciencia de hilandera, la promoción de la salud mental en el tapiz de mi existencia.

Entre las sombras de la desesperanza, descubrí en el rincón más íntimo de mi ser la fragilidad de la mente, un lugar sensible a las espinas de la ansiedad y la tristeza. La mente, fiel compañera, se apoya en el silencio, y como hermanos de penas y esperanzas, emprendimos el sendero hacia la luz.

Abracé la misión de desterrar los muros del estigma con la fuerza de la empatía y el entendimiento. Busqué disolver los prejuicios que ahogaban la verdad de quienes, como yo, navegan entre las turbulencias de la mente.

Cada sonrisa recuperada, vislumbraba la victoria sobre la sombra. Desnudé mi vulnerabilidad y el tabú que envolvía mi salud mental. Planté semillas de comprensión, regando el terreno con lágrimas de esperanza.

Hoy, al contemplar la bóveda cósmica, siento la paz que emerge del esfuerzo por promover la salud mental y prevenir el suicidio. Mi mente, testigo pensante y armonioso, celebra la victoria sobre el abismo de la desolación.

Una de esas historias

El sábado pasamos el día en la playa. La barriga y la mandíbula me dolían de tanto reír. Martín se encargó de acercarme a casa mientras rememorábamos los momentos que acabábamos de disfrutar. Al cerrar la puerta del coche, nos despedimos hasta el lunes.

El lunes, la noticia de su suicidio. Mismo método que un adolescente de Murcia hacía unos meses. Nadie lo vio venir. Esa necesidad de dejar de sufrir, y para él, la única solución posible. Los telediarios y las redes sociales atestadas de su mejor fotografía: sonriente, camiseta blanca, el signo de la victoria con el índice y el corazón.

Esas fueron las imágenes que pasaron por mi cabeza el lunes al acostarme, después de que Martín me lo hubiera contado todo. Un operador del 024 le había salvado la vida ese mismo fin de semana.

Yo no tuve herramientas para ayudar a mi amigo, me alivia saber que alguien sí. Ojalá todos las tuviéramos. Los fotogramas que pasaron por mi cabeza aquella noche representan a las once personas diarias que se suicidan en España. Once personas, once historias. A Martín, una llamada le salvó de convertirse en una de esas historias.

Se puede evitar

Y ahí estaba Javi, a punto de tomarse un recipiente de pastillas al completo, pero, ¿Cómo hemos llegado aquí?. Javi no era un chico tan social le costaba relacionarse con la gente, pero el tiempo le dio amigos, aunque no tan buenos, ellos le excluían por no pensar lo mismo que ellos, y eso estaba mal, no era culpa de Javi, ellos no compartían sus ideales y pensaron que era mejor dejarlo ir. Javi pasó otra temporada sin saber qué hacer, pensó en irse por otro lado, conoció a una chica y se hizo amigo de sus amigos, todo parecía restaurado otra vez, pero Javi tenía miedo a perderlos, Javi sabía que los tenía pero se sentía solo, vacío, si Javi se hubiera puesto metas, quién sabe, podría haber sido el mejor guitarrista de su ciudad o podría haberse convertido en el mago del año, pero no, Javi no pensó en eso. El grupo de Javi se iba dividiendo y no le agradaba a una parte de la piña, decían que nadie le quería, pero era mentira, había gente que compartía sus gustos, ¡siempre hay gente, siempre hay alguien, hay salida!. Desafortunadamente Javi no lo creyó y ahora estamos aquí.

El silencio no es la solución

Estoy en mi habitación, sola, cansada, muy cansada. Me cuesta respirar, simplemente cojo poco aire y lo suelto muy despacio y aun así me agota. No sé por qué, solo sé que quiero llorar. Y lo hago en silencio y sin ningún motivo, no quiero que nadie se preocupe porque, aunque lo hicieran, no serviría para aliviar un dolor que no siento. Simplemente dejo que las lágrimas caigan, silenciosas.

Hoy ha sido un día normal, no sé porque estoy mal, pero aun así lloro y estoy cansada, al igual que los demás días, días puntuales donde lo único que quiero es desaparecer. No quiero morirme solo dejar de existir por un rato, descansar

Sé que esto no está bien, necesito ayuda, sé que tiene solución. Sea grave o no, ignorarlo no lo va a solucionar. En cuanto se me pasé iré a hablarlo con mi madre, le pediré que me ayude a buscar un psicólogo, un profesional que pueda ayudarme.

En el fondo todos tenemos problemas. Siempre han existido. No van a desaparecer. Es normal sentirse mal, pero, no deberíamos resignarnos a sufrir sabiendo que podemos buscar soluciones.

Hilos invisibles: El poder de la compañía

En un idílico barrio, Maite se debatía en el silencio de una tormenta interna de ansiedad. Un día decidió encontrar resplandor en las conexiones con los demás. En el seno de la cocina, compartió su carga con la familia, donde el amor incondicional erigía un refugio impenetrable. La paciencia inagotable de su madre funcionó como ancla en días tumultuosos, mientras con su hermana, entre lágrimas y risas, entretejían una complicidad que trascendía las palabras.

En el ámbito laboral, Sara desveló su vulnerabilidad a colegas de confianza. La empatía no solo aligeró su carga, sino que también forjó un ambiente de comprensión y apoyo. La sorpresa la envolvió en la plaza del pueblo, donde se topó con Marina. Intuitiva y amable, Marina se erigió como un faro de esperanza en los momentos más oscuros, siendo un pilar sin juicios.

Así, en su batalla cotidiana, Maite descubrió que las relaciones auténticas eran cruciales. Cada conexión, tejida con esmero y aceptación, se erigió en ungüento para su alma. En aquel rincón del mundo, Sara comprendió que, pese a su lucha interna, no estaba sola. Unidos, con amor y comprensión, erigieron un entramado social robusto, capaz de resistir incluso las tormentas más intensas.

Charla con un amigo del barrio que quería bajar los brazos

Me dijo que su dolor era inmenso, que no podía ver la luz pero si el final del camino.

Le dije -amigo no te vayas se que la vida es injusta pero si te vas, la vida va a doler un poco más-.

-A veces la mirada de la sociedad es tan indiferente que deja nuestros humildes sueños tirados en el piso para luego pisarlos cual basura o un envoltorio de algo que terminó de consumir. Reflexiono y pienso que no termina de derrotarte las armas, las drogas, ni la pobreza sino la indiferencia del otro que te deja morir sin haber siquiera aprendido tu nombre ni tu talento. Olvidando que debajo de una gorrita hay deseos y temores como los tiene cualquier otro ser humano.-

-Quédate amigo, hay que abrir muchas mentes, hasta que el barro se transforme en calles dignas, hasta que el agua que hoy nos falta, mañana rebalse nuestros tanques, hasta que tus dolores se vayan con un micrófono arriba de un escenario, por la familia, por los amigos que ya no están, pero sobre todo para cruzar las fronteras de la indiferencia- .