martes, 24 de mayo de 2022

Sombra de tu Sombra

Después de la tragedia, me la pasaba tiritando y tiritando, pero de calor, no de frío. Un calor que estremecía hasta las raíces de los árboles del jardín de nuestra casa y hacia danzar nuestras almas desnudas en las orillas de un abismo. A la mañana siguiente, abrí los ojos, y al no verte, volví a cerrarlos, ¡El mundo había perdido su encanto! Me perdí en una enredadera que se anidaba asustada en el fondo de una jaula. En medio del ensueño, iba en caída libre con la ilusión de caer en tus brazos, convirtiéndome en cenizas que se esparcían en un viejo muérdago. Mientras vagaba en el olvido, habitando en lo oscuro, seguía tus pasos como si fuese la sombra de tu sombra.

Un día cualquiera, decido seguir adelante, me propongo recordar que seguía vivo. Voy al parque de la esquina y veo otros ojos, otra boca, y mis manos temblaron como la primera vez. Vamos de nuevo, me repito. Vamos de nuevo.

Sin mi mejor amigo

Las personas queridas nunca se van para siempre. En algún lugar dentro de nosotros ellas permanecen, Latiendo, como si aún viviesen. Cuando Robert murió en aquel accidente me dejó perdida y perturbada. Robert era mi mejor amigo, la pareja perfecta para una chica tímida e insegura como yo. Era mi luz, mi alegría.

El primer mes tras su pérdida me limité a soñar que algún día estaríamos juntos e incluso sonreía pensando que esa vez sí sería para siempre. Seguía con mis clases y me esforzaba porque los libros ocupasen el gran vacío que me dejó, pero que yo me negaba a sentir. Pero poco después comencé a sentirme muy enferma. No dormía, me dolía el cuerpo, dejé incluso de comer. Mis padres me llevaron a un médico, y como todas las pruebas salían bien, acabé en la consulta de un psicólogo. Con él, conseguí asumir que Robert ya no estaba, pero eso no me bastó, me llené de ira: "¿Por qué él?". Andaba a gritos con la gente, todo me molestaba. Luego pensé que tal vez si yo le hubiese dicho antes que lo amaba, él no habría muerto. Como si el amor pudiese salvarnos del fatal destino. Finalmente me invadió la más terrible tristeza, abandonándome a ella. Me refugié en la cama y me hundí en mi dolor. Hubo gente que creyó que se me pasaría, otra gente decía que exageraba, pero mis padres supieron que de nuevo necesitaba ayuda, urgentemente. Había caído en una profunda depresión.

Estuve casi seis meses en aquel hospital psiquiátrico. Las pastillas y las terapias me ayudaron mucho a aceptar la pérdida que tanto me había afectado, a superar el duelo por la muerte de Robert. Me recuperé, regresé a mis estudios y a mi vida. Pese a que aún hay gente que me mira con sospecha, como queriendo cazarme en un traspiés que le confirme mi locura, por suerte son los menos. A mi me basta con ignorarlos y apoyarme en quien de verdad se preocupa por mí. A veces, Robert se cuela en mi pensamiento y vuelvo a sentir aquel lacerante dolor por minutos… Respiro, sonrío, tomo de mi bolso el pañuelo que me regaló y me lo paso suavemente por la mejilla, como lo hacía él conmigo cuando lloraba por cualquier cosa. "Eres tan sensible", me decía. Miro al cielo y le digo lo que quedó atravesado en mi garganta: Robert, te amé mucho. Gracias por hacer como que no lo sabías, y ser ese gran amigo que siempre estuvo ahí.

Florecer

La vida sin ti no va a ser fácil, extrañaré llegar y verte tan feliz, recibiéndome con un saludo caluroso desde la puerta, gritando de la emoción, y dando vueltas por el patio, demostrándome tu inmensa felicidad de verme, aun me niego a no verte, no hablarte, no sentirte, y aunque para mi sea más fácil, simplemente imaginar que estás en alguna parte del jardín escondida, o dormida, tengo que aceptar que no es así.

Buscando mensajes en cada atardecer, cada sonido, cada cosa inusual o sorpresa que el universo me regala, espero que seas tú, la que me dice que sigues a mi lado, que como lo hiciste por más de 10 años, sigues conmigo, y ahora sé, que me cuidas desde el cielo, sé que, si volteo arriba, la estrella más hermosa vas a ser tú, al menos eso me gusta creer. Y aunque me duele no tenerte, algo muy en el fondo sabe que estás en un lugar mejor, que ya no sufres, que me amaste como yo a ti, hasta el último momento, y aunque me hubiera gustado estar ahí para ti, la vida me jugó chueco y no quiso que eso fuera así, pero, también me gusta pensar que ese tipo de cosas pasan por algo, no sé, tal vez no hubiese podido soportar ese dolor, de verte, y no poder creerlo, no reconocerte, tal vez no soy tan fuerte como pienso.

Y podré no ser fuerte, pero prefiero eso, prefiero recordar tu mirada, tu sonrisa, tu esencia, recordarte en cada atardecer hermoso, en cada flor, en cada risa, o en cada suspiro, prefiero recordarte como siempre fuiste, tan noble y dulce como una flor y siempre con nosotros, a nuestro lado.

No tengo por qué mentir, creo que nadie estaba listo para tu partida, sin embargo, sé que por mucho tiempo te entregaste y nos diste tu vida, siempre serás mi familia, y nunca te olvidaremos. En estos últimos momentos me tocó a mi devolverte lo mucho que me diste. Gracias por enseñarme tanto, gracias por amarme tanto, gracias por cuidarme, y jamás abandonarme, y aunque hoy sé que ya no estás físicamente, sé que sigues a mi lado en cada paso que doy. Y aunque deba de seguir con mi vida, por mucho que me duela esto, por mucho que dure este duelo, sé, que todo habrá valido la pena. Porque me gusta pensar, que ahora tu serás eternamente feliz, y la luz más brillante del cielo. Gracias por todo, gracias por florecer, y jamás marchitarte.

Otro día

No era el trabajo que quería, pero desempeñarlo en aquel hotel le daba un aliento más que necesario para seguir haciéndolo con un atisbo de entusiasmo en el horizonte. Esa jornada le tocaba turno de noche, llegó con tiempo suficiente para saludar a los recepcionistas que acabarían su horario en poco menos de 20 minutos. Los trabajadores del hotel eran muy profesionales; exquisitos en el trato, amables y muy buenos compañeros, daba igual que fueras el "segurita" o el jefe de mantenimiento. Ya todos se habían ido, solo quedaban en el hotel el recepcionista de noche y algún camarero que se apuraba para dejarlo todo perfecto para el desayuno. Linterna en mano y dispuesto a afrontar una nueva madrugada se dirigió a la zona de los pasillos con su rutina habitual. Caminó por la escalera de la planta 10 a la 1, observando que todo estuviera tranquilo, sin sobresaltos. Ese día tenia la tristeza alojada en su mente, no hace mucho uno de sus mejores amigos había fallecido por un terrible cáncer de hígado. Escuchaba una y otra vez los audios de whatsapp que conservaba con su voz, de alguna forma lo resucitaban. -Le dieron 6 meses y duró 10 años- se repetía mientras llegaba a la planta 5. Justo antes de llegar al pasillo escuchó un breve pero intenso gemido que provenía del balcón del frente. No se creía lo que estaba viendo, una joven de no más de 20 años con medio cuerpo fuera del ventanal y claros propósitos suicidas. El vigilante la miró sin mover un solo músculo, ella también a él. Posiblemente fue la mirada más incómoda de la historia. Él sólo pudo hacerle un mínimo gesto con la cara que hablaba mil palabras por segundo, por su mente pasó su amigo y todos aquellos que habían muerto sin que pudiera hacer nada. Pero no ese día no, no podía quitarse la vida alguien en su turno y menos delante de sus narices. El momento duró no más de 30 segundos, pero salvó esa vida. Su deseo no era egoísta, de verdad, pensó en que no no podía acabar su vida así. Daba igual lo que hubiese pasado tras esa puerta o tras esa vida. Mañana habría un día espectacular que disfrutar, has venido a Canarias para eso, no para morirte. Te despertarás, abrirás ese balcón y verás el sol , bajarás te tomarás el desayuno más exquisito de tu vida y disfrutas como una niña de la animación en la piscina. No vas a tirarte de esa estúpida ventana no, en mi turno no. Ella, como si los gritos de aquel pensamiento le golpearan la conciencia se bajó despacio y entró a su habitación. Por la mañana la vida hizo que la suicida y el vigilante se cruzaran en recepción, ella agachó la mirada, él disimuladamente le tocó el hombro con ternura. Nunca habían hablado dos seres humanos tanto sin decirse nada. Aquel día amaneció como otro, pero no claro que no, era mucho más que otro día.

Cuanto más te acercas a la muerte, más aprendes a disfrutar tu vida

En marzo de 2019 y el día de su cumpleaños mi padre muere, de forma repentina e inesperada para todo su entorno. Ahí empiezo yo a recorrer uno de los caminos más difíciles, dolorosos y transformadores que a lo largo de mi vida he tenido que transitar.

Era la primera vez que tenía que enfrentarme a la muerte, la muerte con mayúsculas, la primera vez que sabía que por mucho que me esforzara, por mucho que llorara y pataleara irremediablemente había dejado de poder tocar y hablar físicamente con él. El dolor era insoportable, insufrible, era físico, era emocional, me dejó sin energía, sin fuerza pero yo seguí con mi vida, seguí por inercia y de manera inconsciente con ella, añadiendo un nuevo ingrediente, el sufrimiento.

Me culpaba por no haber estado presente cuando sucedió , me lamentaba que mi hija no iba a poder disfrutar más años de su abuelo, todo me recordaba a él, la cotidianidad de mi vida era insoportable, empecé a culpar a mis amigos por no darme el confort y el consuelo que yo tanto necesitaba, hasta que al final me di cuenta que todas las respuestas estaban dentro de mí, ahí cambió todo, en ese momento empecé a buscar información sobre la muerte y el duelo y ahí conocí lo transpersonal y empezó un nuevo proceso de duelo, el duelo consciente.

Mi duelo consciente desde la mirada transpersonal.

Desde la mirada transpersonal entendí y comprendí el duelo y coloqué a mi padre en su sitio, conmigo, un nuevo lugar desde el cual siempre me acompaña, lo paradójico es que desde entonces siento a mi padre siempre conmigo, se que me acompaña y me guía, alumbra mi camino y encontré la calma, la serenidad y la seguridad de que todo está bien, todo está en su sitio, todo está colocado.

Con la mirada transpersonal he aprendido lo paradójico que es que cuanto más miras la muerte de frente más disfrutas de tu vida porque aprendes que la vida es un camino continuo de pérdidas y ganancias y es nuestra responsabilidad y elección vivir una vida de sufrimiento y lamentaciones por todo lo perdido, o por el contrario, vivir una vida sabiendo que todo lo que tenemos material e inmaterial dejamos de tenerlo alguna vez en el plano físico, pero nunca en nuestro corazón.

Todo lo vivido con el ser querido, todo lo vivido en la casa en la que ya no vivimos, todo lo vivido con la mascota que ha fallecido, todo lo vivido en el trabajo que ya no tenemos, todo, absolutamente todo, queda guardado en lo más íntimo de nuestro corazón, en ese lugar que solo nosotros conocemos, ese lugar al que cada vez que queramos ir podremos hacerlo, no hace falta dinero, ni coche, ni tener vacaciones o tiempo libre para poder desplazarnos a dicho lugar……solo hace falta silenciarnos, meditar, entrar en lo más profundo de nuestra alma y conectar con lo perdido y eso nunca nadie nos lo puede arrebatar.

Cuando consigues entender, comprender y reconocer que eso es así, que toda vida conlleva una cuota de dolor y una cuota de alegría y que al final todo acaba, entonces no te queda más remedio que disfrutar de tu vida porque sabes que es finita, y entonces, solo entonces, surge ante ti una nueva y amplia mirada ante la vida, la mirada transpersonal.



Mi dolor desde la mirada transpersonal.

El duelo nos duele, nos transforma , reorganiza nuestra vida, nos pone a prueba, nada vuelve a ser igual tras una pérdida, pero podemos elegir entre vivirlo con sufrimiento y resignación o vivirlo como un proceso de transformación que marca el inicio de un nuevo camino de desarrollo que, si lo vivimos desde lo transpersonal, de manera consciente nos puede llevar sin lugar a dudas a un crecimiento vital tal que aceptaremos esta y todas las pérdidas que nos quedan por vivir con consciencia, amabilidad y amor. Esto lo comprendí cuando, en muchos momentos de mi cotidianidad empecé a hacer pequeños gestos para honrar a mi padre, cuando empecé a traerlo a mi vida de nuevo pero en otro sitio, en mi corazón.

Honrar la pérdida.

Cuando honras la pérdida la integras en tu vida desde otra mirada, cuando eres capaz de sostener la emoción que te produce tal pérdida, cuando eres capaz de brindar por tu padre el día de su cumpleaños con una sonrisa en la cara y en el corazón, cuando eres capaz de sostener a tu hija cuando se rompe por la muerte de su abuelo y darle la vuelta al sufrimiento y acompañarla para que aprenda a hablar con él, a nombrarlo, a traerlo al presente en momentos bonitos de su vida, estás honrando a tu ser querido, lo estás trayendo a tu vida, esa vida que ya has sido capaz de volver a armar con tu ser querido en tu corazón.

Mi camino desde lo transpersonal.

Cuando decides atravesar y vivir un duelo desde la mirada transpersonal encuentras un espacio de escucha seguro, un espacio donde nadie te juzga, nadie te da consejos sobre lo que tienes que hacer, nadie te dice si tu proceso de duelo está bien hecho o no lo está.

Al contrario, cuando decides vivir el duelo desde lo transpersonal, te sientes una persona escuchada, reconfortada, comprendida, no juzgada, vista con mirada amorosa, sostenida en las emociones, sientes alivio, calma, serenidad, confianza en que el proceso está bien tal y como está, tomas las riendas de tu duelo y empiezas a transitar tu camino como lo que es, un camino de aprendizaje, el camino de la consciencia del que indudablemente sales reforzado.

Pero, ¿cómo conseguir llegar a ver la muerte desde ese punto de vista, desde esa mirada transpersonal?, la respuesta es mirando dentro de ti, meditando, practicando la presencia consciente, la mirada compasiva hacia ti mismo, haciéndote preguntas tales como:

- ¿Cómo has vivido o estás viviendo tu proceso o procesos de duelo?


- ¿Sientes que tu pérdida está colocada en el lugar que tú consideras que debe estar?


- ¿Sientes que tienes algún tema pendiente con tu proceso o procesos de duelo?


- ¿Encuentras un espacio seguro donde poder reconfortarte y reconocer tu dolor?


- ¿Qué rito o ritos haces para honrar tu pérdida?


Una vez te vas acercando a lo transpersonal y empiezas a entender y a reconocer que somos más que un cuerpo y una mente pensante el dolor va amainando, descubres que tu vida es en esencia como las demás vidas, llenas de momentos cambiantes, de alegrías y penas, de calma y tempestad y que tú tienes el poder de vivirla y aceptarla, comprenderte y reconocerte.

La mirada Transpersonal en tiempos de pandemia.

Considero fundamental hablar de la muerte en este tiempo de pandemia que nos ha tocado vivir, ahora más que nunca es imprescindible personas con mirada transpersonal que sean capaces de acompañar, acoger y sostener a esas personas que están viviendo la pérdida de un ser querido sin haber podido estar físicamente con ellos en el tránsito hacia la muerte ni haber podido despedirse de ellos, no haber podido honrar la pérdida dentro de sus costumbres y creencias.

La mirada transpersonal acoge todo lo que la persona trae consigo, la religión, la cultura, el sistema de valores, todo lo que conforma la otra persona. De este modo se produce una acogida mucho más compasiva, amorosa y presente a la hora de poder acompañar a tantas personas que han perdido a sus seres queridos a causa de la pandemia, es importante acompañarlos en este proceso de duelo tan "distinto" a otros que hayan podido tener antes, es imprescindible caminar junto a ellos para que vean que son capaces de hacer el duelo y colocar a la persona en su sitio, en el sitio que ellos necesiten que esté, para poder traerla a sus vidas de nuevo, desde otro lugar, ese lugar sagrado que todos tenemos en nuestro corazón.

El Duelo Por Mí

Estoy ante la última carrera de mi vida.

Yo que, a mis 47 años, he gozado del estatus de una vida saludable. Deporte, abstemia, sin humos, sin grasas y hasta el gluten me quité, porque me salían granitos en los brazos.

Mis conocidos, en este minuto exacto, se están preguntando cómo he acabado aquí. Me separan de la libertad cuatro paredes blancas, lisas, sin más decoración que un crucifijo y un cristal doble, al que le falta una pasada con un buen producto de limpieza.

Este es el último gran paisaje que mis ojos van a ver, ríanse del Amazonas.

Los últimos sonidos que mis oídos escucharán.

El último lugar en el que mi voz sonará.

Me escuecen los ojos, creo que voy a llorar pero tengo los brazos inmóviles, llenos de cables para mantenerme viva, y si acabo llorando lo sabré por la humedad en mis mejillas.

Esto hace tiempo dejó de ser vida.

Llamo a Juan. Tengo que mantener esa conversación con él y espero que lo comprenda.

Juan se ha ido a pelear por un derecho que me pertenece. Aunque la legislación ya lo permita, en este hospital de religiosos dudo que esté muy bien visto pedir voluntariamente la muerte.

Una sabe cuándo tiene que dejarse morir. Suena duro en mi cabeza, pero es la realidad. Son tres años esquivando balas y ésta, en forma de metástasis al hígado, es más fuerte que yo.

Me consuelo pensando que puedo preparar el inicio del duelo. Voy a pedirle a Juan, mi marido, que llame a las diez personas de las que me tengo que despedir. A tu boda invitas a doscientos comensales, a tu muerte no necesitas más que diez. Quizá incluso me estoy excediendo.

Encarna se enfrentará a lo peor que le puede pasar a una madre, la pérdida de una hija. Quiero decirle que no se entierre viva ya que sus pasos serán los que guíen mi luz hacia ella, procurando que el mundo no le vuelva a maltratar.

Mis pequeños, Jesús ya tiene 19 años y este golpe hará que madure antes, le diré que aprenda lo difícil que es rozar la felicidad y que cuando la alcance, la respire hasta que sus pulmones duelan. Martín solo tiene 12 años, mi dulce niño no puede comprender lo que está pasando, así que le voy a pedir que me lea el cuento que yo le cantaba para dormir.

A mis tres hermanas les encargaré tres deseos, que cuiden de la familia que dejo atrás y arrullen, como golondrinas, a todo aquel que pronuncie mi nombre. También les daré las gracias, por todas las guirnaldas que pusieron cada 23 de febrero, por mi cumpleaños.

A Juan, tan solo un beso. No necesitamos hablar para entendernos y realmente, lo que necesito es besarlo antes de partir.

Al final, me sobran tres huecos. Creo que voy a estar tan cansada y sobrepuesta emocionalmente, que lo dejaré ahí. El resto deberá comenzar su duelo sin mí.

El Mini rojo

No, no y no. Esto no podía estar pasando. Veía moverse la boca del Doctor, mientras decía algo de no haber podido recuperar tus constantes, pero yo no entendía lo que decía. Yo no sabía qué hacía allí, en esa habitación de hospital que había quedado vacía. No conocía a mucha de la gente que inundaba el tanatorio y no aceptaba que tú fueses el que ocupaba la caja de pino tras el cristal.

Te odio, odio que me estés haciendo esto, maldigo tu cabezonería por no haberte dejado ayudar, estoy enfadada, habías cogido el coche bebido y el golpe había sido mortal para ti y una muerte lenta para mí. Quería gritarte, golpear la mesa pidiéndote las explicaciones que nunca me ibas a dar. Te odio tanto como te quiero y no veo la forma de perdonarte.

¿Y si hubieses acudido a mí? Yo podía haberte ayudado, podíamos haber buscado juntos una solución como tantas otras veces. Había intuido tu depresión, el aumento del consumo de alcohol para evadirte del mundo había sido evidente. ¿Porque no intervine? ¿Y si en vez de mirar hacia otro lado para evitar discutir te hubiese mirado a los ojos hasta ver lo profundo de tu dolor? Podíamos haber buscado ayuda, te habría apoyado, seguro que ahora continuarías a mi lado.

Ahora me siento vacía, los días pasan y yo transcurro por la vida con el piloto automático. Mis ojos vidriosos y rodeados de negras ojeras se pierden a menudo en la nada infinita. Miro nuestras fotos, veo los videos del móvil y lloro. En eso consiste ahora la vida que me has dejado, una alternancia entre lágrimas y el abismo. No contesto los mensajes de mis amigas que intentan animarme, ya nada tiene sentido. Mi cabeza solo recuerda todo aquello que queríamos hacer y quedo pendiente. Ya no te odio, solo te echo infinitamente de menos.

He comenzado a salir, cada martes acudo al grupo de terapia, ellos me ayudan a lidiar con tu ausencia. Te sigo echando de menos, pero empiezo a entender que yo sigo aquí. Que no partí contigo, que yo no iba en ese coche. A veces consigo reírme con alguna compañera cuando nos tomamos un café a la salida. Hoy por primera vez, he visto cruzar la calle un Mini rojo, era igual que el tuyo, y hoy, por primera vez, he seguido andando sin que una nausea subiese a mi boca.

Nunca te olvidare, pero hoy, por primera vez, recuerdo que yo sigo aquí.