Para quien no me conoce, soy Daniel, el chico atrapado por el espejo. Suena raro, pero todo esto comenzó cuando me miraba al espejo, y veía un reflejo que otros no veían. Yo lo llamaba "unos kilos demás", pero el doctor lo llamaba anorexia. ¿Sabéis que ocurrió? Que con la ayuda de especialistas y el amor de mis amigos, me rescató del otro lado del espejo donde mi reflejo me tenía prisionero. Es difícil explicar para que la gente lo entienda, pero quiero intentarlo. Saber quienes somos, como nos comportamos, y en general lo que nos hace ser nosotros, es nuestro cerebro a través de sentimientos y recuerdos que forman nuestra identidad. Cuando esto faya, es porque la persona no ve igual las cosas como la ve el resto. Lo ve diferente, lo siente diferente y lo recuerda diferente. Entonces lo tachan de loco. Yo me pregunto, ¿Si ellos están locos por ver y sentir el mundo diferente? ¿Cómo está la sociedad que no ve a esas personas de la misma manera que ven al resto? La diferencia entre la sociedad y ellos es que al menos ellos sienten, porque si a ellos les falta cordura, al resto le falta corazón. Todas las personas necesitan respeto y apoyo, e independientemente de su situación y circunstancias, tú no las vives para juzgarle. No hay nada que la medicina y el amor afectivo no pueda vencer.
Blog con los relatos presentados al concurso convocado por la Plataforma “Salud Mental y Cultura”, integrada por la Unidad de Salud Mental Comunitaria del Hospital de Los Arcos-Mar Menor, las concejalías de cultura de los municipios de Los Alcázares, San Javier, San Pedro del Pinatar y Torre Pacheco, las asociaciones AFEMAR, AIKE Mar Menor y LAEC, y la Fundación entorno Slow-Proyecto Neurocultura de Torrepacheco.
lunes, 6 de abril de 2020
Salvador
Mis padres no tuvieron la culpa de mis escasos estudios. Fui yo quien salí rebelde. Faltaba a clase, iba en compañía de lo peor del barrio. Luego sucedió algo que algunos dijeron que se veía venir: fui madre sin habérmelo propuesto. Desaparecieron entonces, con sorprendente rapidez, todos mis amigos varones, en particular los que antes tanto me pretendían.
Salvador fue una responsabilidad sobrevenida, también una bendición. Hizo que me centrase. Juré que los dos saldríamos adelante. Mis padres, siempre dispuestos, tuvieron que cuidar de él mientras yo trabajaba gran parte del día, pero aquello no era suficiente.
Mi madre comenzó a decir que no quería jugar con otros niños en el parque, era demasiado solitario. Los problemas de relación se repetían durante el colegio. El especialista en salud mental mencionó tres palabras que nunca he olvidado: síndrome de Asperger. Debía ayudarle a que cambiase de actitud, incrementar su vida social. Dejaron claro que no sería fácil.
Al principio lloraba, ahogada por las preocupaciones. La familia, el doctor y, sobre todo, mi pequeño, me convirtieron en otra persona, capaz de levantarme cuando desfallecía. Cambié lágrimas por actividad tras cambiar de empresa de limpieza. Con un horario más llevadero, todo mi tiempo fue para Salvador. Trataba de que fueran niños a casa, me hice amiga de cuantas madres pude para intentar que sus hijos le invitasen; una tarea decidida, aunque, a menudo de escaso resultado. Sus notas brillantes de poco iban a servirle si no era capaz de conectar con otros, de atravesar la muralla que su cerebro le imponía frente a los demás.
Su adolescencia no mejoró las cosas. Luego, ya universitario, obsesionado con la química, le dedicaba todas las horas posibles. Su expediente era admirable.
No tuvo ningún problema para trabajar en una prestigiosa compañía farmacéutica. Nunca iba a faltarle el sustento, pero su punto débil, la falta de habilidad para la comunicación personal, seguía presente como una losa. Mi obsesión era qué sería de él cuando yo faltase.
Un virus interpuso entonces su ley. La pandemia global logró detener el mundo. Como una maldición, provocaba males de difícil cura, en especial a la gente mayor. En esos días inciertos tuve que enterrar a mis padres.
Mientras, mi hijo, en su laboratorio, fue el artífice de una audaz combinación de fármacos virales y plasma. Tuvo un atrevimiento más. La vacuna experimental necesitaba una prueba clínica. Sin pedir permiso a nadie, al margen de protocolos, carente de toda prudencia, la experimentó con él mismo, una empatía absoluta hacia el género humano que nadie esperaba, un riesgo que nadie, o muy pocos, hubieran cometido.
El ensayo clínico del que fue protagonista ayudó a acelerar la concreción de la medicina definitiva que salvaría muchos miles de vidas. A cambio, terminó con la suya.
Supe entonces que nada sucede por casualidad, ni siquiera el nombre que a cada cual le cae en suerte. Vino al mundo para salvarlo; yo, para traerlo a él.
El huésped
El sudor frío recorre mi espalda. Las manos tiemblan y la sensación de no respirar bien es una constante. Aunado a ello, percibo que en cualquier momento me voy a desmayar. Las fuerzas se pierden y una necesidad absoluta de llorar se apodera de mí.
Lloro cubriendo mi rostro con las manos, mientras la respiración se hace más difícil. Los temblores no cesan. La presencia de mi nuevo huésped y la crisis de mi salud mental, la palpo en mi cerebro. Es allí donde está, donde actúa, donde tiene su centro de mando, es allí donde me ataca en las mañanas, las medias mañanas, las tardes, las medias tardes, las noches, las medias noches, las madrugadas y las medias madrugadas.
Todo lo normal se torna confuso. Y es por ello, que recurro al pasado para mantener esa calma, ese recital de felicidad que una vez colmó mi vida. No puedo creer que estuve bien alguna vez. Todo es más gris y sepia. Ya el humo cancerígeno del cigarrillo desertó. El huésped se deshizo de todo. Me conminó a no fumar, a no beber, a no reír, a no escuchar. Solo sigo sus órdenes. Soy su esclavo y en algunas ocasiones soy su puta de ocasión. Se deleita dándome la oportunidad de sonreír solo un instante para luego atacarme con más violencia, con truculencia, con odio, con rencor, con todas mis palabras, con mis despechos, con mis días de decir de adioses, con mis incontrolables sentimientos de no sentir. Me mata con frases que alguna vez dije a otras y es en ese momento que cubro mi rostro otra vez con mis manos y lloro mientras la respiración se hace más difícil.
Camino todos los días. Los sitios cerrados me desesperan. Recorro cada calle con detenimiento. Ahora escucho a la gente que pasa a mi lado. Ya no estoy absorto con los audífonos escuchando la banda sonora de mi vida o de lo que creía que era mi vida. Sonrío a escondidas. A mi huésped no le gusta que me recupere. Está atento y tiene parámetros para distinguir recuperación de momento a espasmos de pronta depresión. En algunos momentos respiro como si estuviera bien y me deleito con olores que son colores, con fragancias que son palabras, con besos que son despedidas, con nombres que recuerdo y olvido al instante, pues él sabe que cada roce, cada sonrisa y cada mirada tuvo un valor para mí y de inmediato (desde mi cerebro) emana una sustancia aún no conocida por los médicos que recupera cada desprecio, cada traición, cada cambio y odio. Y es allí donde mi huésped y yo estamos de acuerdo y, no celebramos, solo cubro mi rostro otra vez con mis manos y lloro mientras la respiración se hace más difícil.
Las crisis se atacan con crisis. Hoy día me tomó dos pastillas una la despertar y otra al acostarme. En algunas ocasiones me tomó cuatro. Cuando mi huésped no quiere dejarme sonreír. La droga que entra a mi cuerpo me hace ver normal. Hablo normal. Actúo normal. Me alimento normal y sonrió normal.
Ya nada me molesta. Ya nada me hace tener malhumor. Nada me da tristeza. Nada me da felicidad. Estoy en el limbo. Escribo y no entiendo por qué lo hago. Solo quiero hacer lo que debo hacer y esperar. Solo espero que alguna vez desaloje mi cerebro y poder sentir como antes, de verdad o de mentira, pero como antes.
Las pastillas cumplen su cometido. Llegan al cerebro saludan a mi huésped y conversan largamente. He llegado a escucharlos confabular en mi contra sobe mi salud mental, son unos desgraciados. No se puede confiar en nadie. Sé que sonríen juntos, sé que están allí para desgraciarme el día, por eso para confundirlos argüí un plan macabro, un plan ineludible, un plan maravilloso que los hará huir. Ahora a cada instante cubro mi rostro otra vez con mis manos y lloro mientras la respiración se hace más difícil, pero lo hago mejor, pues me recupero día a día y ya no lloro por mí sino por ellos.
| Libre de virus. www.avast.com |
viernes, 3 de abril de 2020
Un monstruo dentro de mí
Creo que el monstruo nació en la primera gran crisis del nuevo milenio, en mi primer avión sin vuelta hacia el extranjero. La bestia llegó cuando descubrí que los héroes se hacían malvados, y los piratas banqueros, y que las guerras contra virus y petróleo se escribían en entierros.
El monstruo nació un día, revolcando mis sentidos, poniendo a prueba mi salud mental, y haciéndome recordar a un niño que debía aprender todo de nuevo. Mis pasitos eran lentos, cortos y con los tropezones de las aceras, gateaba en mi sentir, y al mezclar los colores de dos sentimientos podía perder el equilibrio de mi cuerda floja, que se hacía un ovillo en mi cerebro.
El monstruo podía aparecer desde entonces en cualquier momento. Sus garras presionaban por dentro mis entrañas, y sus dientes me hacían temblar. La oscuridad que proyectaba me causaba pequeñas descargas eléctricas, aunque trataba que nada de eso se notara. Era un monstruo que pellizcaba, que mordía, que lloraba… y cada vez que salía de su cueva buscaba comida, quería cenar mis deseos y alegrías. Llegaba sin avisar, y los nervios que provocaba provocaba podían olerse, en una intensa sensibilidad que hacía contar hasta el latir de las estrellas; que hacía sentir la soledad y estremecerme con las inseguridades de quién era y quién me quería. Pero en la montaña aspiraba, y creía en ellas y en las cimas nevadas que nos observaban.
- ¡Vete lejos y no vuelvas, monstruo maldito!
Y un día el monstruo no volvió, y sentí la alegría de no oler su tristeza. Al día siguiente sólo asomó la cabeza, manteniéndome en alerta, como un ciervo en la pradera. Y el tiempo se consumía lentamente, y el monstruo no aparecía. Empecé a atreverme a pensar en su cueva. Metí la primera pierna en la oscuridad de su caverna, sintiendo un escalofrío que añoraba, que me hacía sentir vivo.
-Monstruo, ¿estás ahí? – preguntaba en mis meditaciones.
Poquito a poco fui conquistando la cueva, y de presa me convertí en felino, tratando de darle caza, tal vez para colgar su cabeza como un trofeo divino, tal vez para abrazarle bajo el sopor del efecto de la nostalgia.
Y a medida que avanzaba en su cueva iba tocando las paredes de colores, la humedad de las estrellas, un miedo solitario que acogía, y que al tiempo te alumbraba bajo su hoguera. El monstruo había pintado con sus garras pinturas rupestres de acuarela, y a cada paso que daba mi piel se erizaba, reviviendo mis sentidos, mi olfato, mi oído, el amor por los sabores, y también por las tristezas.
Un día, al buscar la cueva hacia mis adentros la puerta se había cerrado. Una enorme piedra cicatrizaba su entrada. Llamé asustado a la puerta, quise llorar, pero no podía. El monstruo se había ido junto a los colores y oscuridades que construían su naturaleza. Y yo me quedé solo, muy solo. Quería gritar, llorar, reír.
Quería abrazar a un monstruo que me había hecho sentir.
Espejismos
Todos hablan de ella, mientras no te toque es fácil nombrarla. Uno de los mejores recursos para asegurar las risas ante lo extravagante, porque… "tú eres de esos que nunca la sufrirán: lo bastante inteligente para saber que existe pero a la vez inventar lo que sea para que no empiece a comerte por dentro."
Siempre me ha gustado mirar dónde casi nadie lo hace; a la gente que no le va bien, a ese tipo de gente tan sensible que llega a olvidarse de todo y empieza a mirar infinitos. Porque saben que acaban de llegar y se rinden a la inmensa simplicidad de esta especie de caos vital. Ésta es la parte poética, la que dentro de lo malo queda bien, la de las canciones atormentadas que generan poesía edulcorando los dramas. La otra es la de llevarlo en la sangre, la que genéticamente te trasporta en el organismo un grado de alteración considerable cuando tú ni siquiera existes; estás todavía dentro… en el vientre y, sin embargo, de algún modo, lo llevas latiendo contigo; implícito en el ADN.
Algunas canciones hablan de esas circunstancias, y nos encanta la canción, suelen ser de ésas desgarradoras, de las que "te llegan", el problema es que luego siempre sigue otra canción: la vida sigue. El problema es que la vida en minúsculas, en el día a día, cuando la rutina te come, sin adornos… en esos precisos momentos… la vida no son canciones. La canción puede ser el clima pero no es el todo, debes manejarte y ser alguien funcional en multitud de aspectos, sin melodía ni acordes, ni rimas buscadas a conciencia; en realidad igual no todo es tan romántico. En realidad hay psiquiátricos y paredes en blanco; en verdad hay gestos, palabras, y caras… que con sólo mirar sabes que algo se mueve por dentro. En realidad debe haber días interminables.
Cuando llega a ciertos límites, cuando no puedes más… siempre se deja entrever. Siempre me llamó la atención todo eso, ¿qué tuvo que haber detrás de esas mentes para que terminen sin querer o poder sentir nada?... Seguro que hubo muchos más colores para llegar a acabar en blanco. Cientos de colores que se mezclaban, miles de pensamientos que se contradecían: teoría-práctica. Siempre teoría y práctica descompensadas.
Ya sabéis… un sutil toque de agobio, un bloqueo que en principio nadie ve, y que la mayoría no llegaremos a alcanzar ni al 50%. A la mayoría le resultará absurdo observar con mayor retrospección. Nunca aprenderán a descomponer la historia hacia atrás, para saber qué circunstancias, cuántos años, cuántos temas pendientes, cuántas decepciones y miedos, cuántos abortos, o cuántas operaciones le llevaron a estar tan jodido hasta el punto en que todo le diera igual o la balanza se inclinara hacia lo absurdo.
No podremos entender porqué ahora "está loco", porque siempre que os atreváis a usar esa palabra (me da igual lo que sepáis) pero no habréis entendido nada de esto de vivir.
Hay gente así, pero no están en las canciones. Están ahí fuera. Pero no es fácil, son temas tabú. ¿Por qué ellos sí y aquellos no?... ¿Os lo habéis preguntado alguna vez?... ¿Cuántas veces se habrán caído? Seguro que no fueron 1 ni siquiera 20. Todos arrastran una vida y circunstancias que a veces, por más que lo intenten, no pueden esquivar.
Yo admiro a los que se levantan, pero también a los que se quedan ahí. De tanto observar, en 2010 llegó un momento en el que, pretenciosa, empecé a creer que tenía algo que ver con ellos. Te miras al espejo y ves casi la misma mirada, ves decepción, desesperación a extremos absurdos, y eso es lo que te hace llegar a entrever los mismos gestos (o eso crees), sin haber siquiera tratado de cerca con esas gravedades. Te asustas, son milésimas de segundo vistas con distancia, pero en realidad fueron días enteros; entonces es cuando te "lavas la cara", y con el roce de la vida comprendes al instante que más vale que te calles, y sigas andando en el mundo tremendamente amable que te ha tocado vivir. Amable, sí, es amable si abres los ojos y lo comparas con otros mundos. Comprendes que seguramente tarde o temprano, sea como sea, te levantarás de tu pequeño bache incomparable con nada de esto.
Incomprendido
Anorexia, ansiedad, bulimia, depresión, esquizofrenia, fobias de todo tipo, trastornos variados… Dicen que casi una de cada cuatro personas en el mundo tiene algún trastorno de salud mental. Entonces, ¿por qué me siento tan incomprendido? Seguramente sea porque estáis llenos de estereotipos o porque las noticias no nos tratan como deberían o porque en las películas siempre somos un bicho raro o porque pensáis que no podremos tener éxito con este problema… ¿Creéis que en cualquier momento os voy a gritar desquiciado? ¿O coger un cuchillo e iniciar una matanza? ¿Pensáis que no puedo controlarme? En el mundo pasan cosas constantemente y muchos de los autores no tienen problemas mentales. Entonces, ¿por qué me estigmatizas a mí? ¿Por qué no a los morenos o a las mujeres o, mejor aún, a las mujeres morenas?
Pues, ¿sabes qué? Soy como tú. Con mis anhelos, mis preocupaciones, mis alegrías y, sí, puede que algún problema más…O no. Porque cuando se indaga un poco, uno se lleva sorpresas y resulta que el que no quería hacer por comprenderte es el que necesita más comprensión.
Si es que ni siquiera los médicos nos entienden. En cuanto leen en tu expediente que tienes, o has tenido, algún problema de ese tipo, ya no creen que lo del esguince de tobillo sea eso o que la cabeza te duela tanto como dices. Todo lo achacan a tus "problemas mentales" y minimizan cualquier síntoma. Incluso mantienen más las distancias. Como si se pudiese contagiar.
Muchos de vosotros sois como yo. Normales, con un problema concreto del que nadie quiere saber pero que en casi todas las familias se sufre. Entonces, ¿por qué no tratarnos igual que a los demás? No quiero nada especial, solo las mismas oportunidades que se dan a otros problemas, las mismas esperanzas, la misma comprensión. Solo quiero la ocasión de vivir mi vida con la máxima normalidad que sea posible. Puedo amar, puedo llorar, puedo tener hijos y quererlos y cuidarlos como el que más. Quiero trabajar y aportar a la sociedad, quiero tener derecho a equivocarme sin ser prejuzgado, quiero ser uno más.
Pues, ¿sabes qué? Soy como tú.
Pues, ¿sabes qué? Soy como tú. Con mis anhelos, mis preocupaciones, mis alegrías y, sí, puede que algún problema más…O no. Porque cuando se indaga un poco, uno se lleva sorpresas y resulta que el que no quería hacer por comprenderte es el que necesita más comprensión.
Si es que ni siquiera los médicos nos entienden. En cuanto leen en tu expediente que tienes, o has tenido, algún problema de ese tipo, ya no creen que lo del esguince de tobillo sea eso o que la cabeza te duela tanto como dices. Todo lo achacan a tus "problemas mentales" y minimizan cualquier síntoma. Incluso mantienen más las distancias. Como si se pudiese contagiar.
Muchos de vosotros sois como yo. Normales, con un problema concreto del que nadie quiere saber pero que en casi todas las familias se sufre. Entonces, ¿por qué no tratarnos igual que a los demás? No quiero nada especial, solo las mismas oportunidades que se dan a otros problemas, las mismas esperanzas, la misma comprensión. Solo quiero la ocasión de vivir mi vida con la máxima normalidad que sea posible. Puedo amar, puedo llorar, puedo tener hijos y quererlos y cuidarlos como el que más. Quiero trabajar y aportar a la sociedad, quiero tener derecho a equivocarme sin ser prejuzgado, quiero ser uno más.
Pues, ¿sabes qué? Soy como tú.
Domingo
Tic Tac. Se acerca la hora de nuestro encuentro y a pesar de los años que lleva este ritual, sigo poniéndome nerviosa. Debo ser muy cuidadosa cada vez que nos vemos, no hay lugar para pasos en falso, mi tarea es protegerla. Ella ya tiene bastante con lo suyo, yo no puedo ser un problema más. Así que me cuelgo un sonrisa enorme cada vez que la veo, me trago el dolor y le hablo de cosas triviales, recorremos los jardines, tomamos el té.
Nunca conversamos sobre cuestiones médicas y jamás mencionamos el truco despiadado de la falta de memoria, el Alzheimer, este borrón y cuenta nueva al que la vida a veces te obliga.
Aunque intente mostrarse feliz, su mirada es triste, vacía. Sé que no está bien donde está pero no puedo hacer nada para ayudarla. Sé que no es nada fácil para ella, demasiada enfermedad, mucha locura, tanto caos.
Cuando terminan el horario de visita, me abraza muy fuerte y aunque hace hasta lo imposible por contenerse, muchas veces llora.
- Hasta el domingo que viene, mamá.
- Cuídate, hija.
Y la veo marchar con todo ese sufrimiento a cuestas y siempre me quedo pensando en esa pobre mujer que no conozco, que cree que es mi hija, que me viene a ver cada domingo y que supone que está mejor que yo.
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