Mostrando entradas con la etiqueta Serendipia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Serendipia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Serendipia

Fue el primero en dar en el blanco. La suerte de principiante favoreció al jugador de ruleta rusa

martes, 11 de mayo de 2021

Serendipia

    Sentía haber tocado con la palma de la mano el fondo del abismo, fangoso, inhóspito, como si una vez te atrapara, te fuera a succionar para siempre. No había luz, ni vestigios de vida, solo una inabarcable soledad, un terrible desamparo. Agradecía sentirme vivo, por haber acariciado la profundidad abisal, y haber salido indemne. Nada me reconfortaba. La culpa era insoportable. Había transgredido los límites. Desolado y avergonzado, solo, en mi deriva. La química me regalaba la pausa, jamás el descanso. Emergía y me sumergía a su antojo, en constante duermevela.

"Centro de Salud Mental", rezaba un cartel frente a mi habitación. Me revolví entre las sábanas deseando que mi frenesí alterara el diagnóstico. Tras unos minutos, agotado, desistí. "Centro de Salud Mental" porfiaba el letrero. A los pies de mi cama, mi padre hacía guardia con el firme propósito de que ningún demonio intentara de nuevo arrojar a su hijo al vacío. Su cuerpo se mantenía erguido, no así su alma, postrada, sangrante. No pude evitar mirarle sin dolor. Desvié mi atención a la cama de al lado. Un serafín sin alas yacía implorando un consuelo empecinado en esquivarla. Su sueño, vigilado con celo por sus ángeles custodios. Nuestros ojos se cruzaron, una vez, dos…quizá tres. ¿Casualidad? ¿Necesidad?. Serendipia. Mis labios intentaron trazar una mueca parecida a una sonrisa, "¿Se me ha olvidado sonreír?". Reflexioné turbado. Ella me regaló la suya, radiante. Volví a dormir, esta vez plácido, sereno. Transcurrido un rato de forzado descanso, aquellos ojos verdes seguían clavados en mí, ahuyentando a los súcubos que moraban a los pies de mi cama. "Pero, ¿Qué les pasa a tus pupilas?". Pregunté sin palabras, pues su oscuridad te arrastraba a un precipicio insondable, a un pozo infinito. "También tú quisiste volar, mi ángel" Insistí sin cuestionar, sabiendo que me entendería. Asintió con la cabeza. Avergonzada, se giró negándome el brillo de sus ojos. "Descansa", pensé. "yo cuidaré de ti". Su alma se abandonó al reposo. Lo supe, porque sus labios dibujaban sonrisas. Lo supe porque sus ángeles de la guarda suspiraron aliviados contemplando el gesto plácido que ofrecía su rostro. "Está tranquila", decía la madre emocionada. El padre conmovido, asió su brazo con fuerza. Se enjugó una lágrima.

Una inoportuna enfermera quebró nuestra magia. Con gesto amable comprobó los goteros. Nos arropó a ambos, más en ademán cariñoso que por necesidad. No alcancé a oír lo que hablaba con las familias. Allí seguía mi ángel sin alas, postrada en el lecho donde sus heridas curaban. Despertó. Sus ojos volvieron a cruzarse con los míos, regalándome caricias. Un segundo o una eternidad, había perdido la noción del tiempo, nuestras miradas aún se sostenían. Se buscaban, y siempre se encontraban. Esta vez dormí yo, al cobijo de sus ojos, acunado por su vigilia. Una sensación recorrió mi cuerpo. Esta vez síntoma de vida. Me abandoné, me abandoné…Ella despierta y yo dormido, compartimos nuestros sueños

domingo, 3 de mayo de 2020

Horas que bailaban solas

Nunca quise aprender a decir adiós. Decir adiós era que te eligiesen los recuerdos. Preferí el miedo, a no tenerme, aunque todo dependiese de un hilo tan débil que pudiera mostrar que nunca existió, aunque llevase una vida entera volver a caminar con "ella", esos segundos en los que la luz del escenario no quería irse y, yo, preguntaba si me querría para siempre. Por eso, sigo buscando, cada noche, sola en mi habitación, porque si pierdo eso, me pierdo yo… lo pierdo todo.

Mi cuerpo cubría el argumento de vidas ajenas mientras bailaba, la solidez de un conjunto donde estilo, forma y perfección eran las herramientas con las que dibujaba movimientos unísonos en espacio y tiempo. La vida a secas me llamó Rebeca, aquella que une, la psicosis del dolor y sacrificio en pasos de ballet, la celebración del movimiento del cuerpo. Porque bailar lo era todo, podía serlo, belleza y monstruosidad en texturas de piel erizada por la música, piruetas suicidas en giros donde desaparecías. Solo aire al aire, y ritmo, la coreografía repetida mil veces de una dermis que cambiaba. Entonces descubrías que jamás podías existir de una única manera, porque, en cada función, cada obra, eras una delirante sucesión de gestos que cedían tu mundo.

Mamá me enseñó que aquella era la vida, cogió suavemente mi mano y me la abrió como una flor ensancha su esencia en la primavera de la existencia. Mamá me lo dio y arrebató todo. Porque comprendí, que, para ser un cisne, no has de ser plumas, ni blanco inmaculado, solo esencia, armonía de inadvertidos paisajes que cobraban vida en instantes reducidos pero eternos. Como cuando, tras la función, retirabas tus alas a la tramoya y volvías a ser solo Rebeca. 

Por eso, los excesos y defectos de mi enfermedad mental fueron pasos de baile. Porque, nada, en la naturaleza de bailar era otra cosa. Porque, cuando el doctor comentó que debía dejarlo, entendí que él no podía entenderlo, que no se puede dejar lo que no eres, aquella naturaleza que no da sino presta. 

Yo no estaba enferma, no podía estarlo. Porque en la danza cada paso estaba codificado al margen de la genética y el ADN. Lo aprendes desde pequeña, Participan invariablemente las manos, brazos, tronco, cabeza, pies, rodillas, todo el cuerpo en una conjunción armónica. Vistes ropa ajustada para que tu cuerpo sea evaluado en la desnudez de sus movimientos. 

Y comprendí, que la enfermedad no podría castigarme si me fundía en ella. 

Y bailé, donde otras vieron declive, en el salón del sanatorio, en el cielo que descubría los ventanales de aquella institución. Porque fui capaz de ser lluvia a la lluvia, viento al viento, aunque otros solo viesen una mujer que apagaba su esplendor en carteles de liceos olvidados y aplausos cuyo eco se perdía en el pasado.

Hoy me visita Irene, mi hija. Es como yo, sabe que danzo sin mover estos músculos agarrotados, inservibles en su plasticidad aunque infinitos en la memoria.