Mi mejor amigo vivía lejos de Madrid y se quiso marchar, sin despedirse, un día de invierno. Espéreme en la puerta, pidió al conductor. Subió la escalinata del edificio y abrió una ventana de un piso alto. Por la tarde, visité a su madre: me enteré por el noticiero, mientras me afeitaba, le dije. Nos sentamos en la sala. Un vaso de agua, por favor. Su madre me abrazó en la puerta: te quería como un hermano, me dijo, y me entregó una foto en la que él aparecía sonriente. Besé la foto y la guardé junto a la última carta que él me había escrito.
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