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martes, 14 de abril de 2020

Irreconocible


La enfermera me sugirió que pasara al cuarto sin anunciarme, para darle una sorpresa, y que evitara encender las luces porque parecían irritarlo. Se marchó sonriéndome por sobre el hombro, y quedé solo en el umbral, vacilando.


¿Por qué dejé pasar tanto tiempo sin ir a visitarlo? Sí, ya sé, la vida… Los viajes, los proyectos, y esa condenada y eterna sensación de no estar haciendo lo suficiente... Que siempre hay algo apremiante que me espera, y que sólo yo puedo resolver. Es fácil pontificar que lo urgente no nos debe quitar tiempo para lo importante, pero llevarlo a la práctica es otra historia.


Entré el cuarto en penumbras con aprensión y una buena dosis de culpa. Oculto bajo una gran gorra que lo protegía del frío, papá se veía extraño. Pero yo sabía que eran sólo mis ojos, desacostumbrados a verlo... ¿Cuántos años habían pasado? Ese condenado viaje que hice al extranjero... El pobre estaba tan deteriorado que me costaba reconocerlo. Sí, los últimos años habían hecho estragos en su piel y su cabello. Y esa barba blanca que ahora tenía, y que nunca había dejado crecer en su vida anterior, en su vida plena, lo hacía más extraño todavía. Y mi vergüenza subió un escalón más.


- Hola papá – saludé, sentándome a su lado. Él no contestó ni me miró. De hecho no movió un músculo.


- Ana no pudo acompañarme, así que vine solo.


- ¿Quién es Ana? –replicó él al cabo, con voz rasposa. A mí se me erizaron los pelos de la nuca. Dios mío, ¿tan enajenado estaba ya?


- Mi esposa… la mujer de cabello pelirrojo, lacio… –respondí tentativamente. Su rostro seguía inexpresivo.


- Nunca conocí a ninguna mujer de cabello pelirrojo y lacio.


Cristo... ¿Y ahora…? ¿Cómo se continúa con la conversación?


- ¿Te acuerdas cuando bailaste con ella en el casamiento?


- ¿Quién se casó?


- Yo, papá… El mismo año que mamá se fue…


- ¿A dónde se fue?


Era inútil. La amargura me terminó por superar y decidí dejar de hablar, mientras la tristeza y la culpa se repartían mi cerebro por partes iguales. ¿Por qué esperé tanto…? ¿Por qué no postergué alguno de mis estúpidos planes, y asigné parte de ese tiempo a papá? Para darle un beso en la frente, alegrarle el día con mi presencia, y llevarme en el corazón la felicidad de verlo contento porque su hijo lo fue a visitar.


Todo eso se había perdido... Yo lo había perdido.


Él permaneció callado por un largo rato, al cabo del cual giró lentamente la cabeza y me miró a los ojos.


- No pierda usted las esperanzas –ofreció–. Tal vez su padre comprenda todo esto que usted me está contando, y seguramente se ha de alegrar mucho con su visita. Pero es que lo han llevado a la sala médica para un control, y enseguida vuelve. Yo soy su compañero de cuarto.