Durante muchos años viví enfadada con mi padre. Olvidé todo lo que fue y todo lo que hizo y decidí quedarme con el último recuerdo como un todo absoluto, como si una persona fuese reducible a su dolor, a su vulnerabilidad, a su marcha. Sustituí a mi padre por el rencor a su egoísmo y me convertí en huérfana no solo de padre, sino del último recurso que nos víncula al ser perdido: el amor al recuerdo.
Conocí el perdón hace dos años, cuando mi mundo se derrumbó. Y odio saber que necesité verlo todo negro para ver la luz de mi padre otra vez.
Recuerdo el día en el que Francisco me pidió el divorcio y siento las arcadas que sentí en ese momento. Ahora que estudio psicología ya sé que esto que me ocurre se produce por condicionamiento clásico.
La nube negra que desde ese momento se llevó mis ganas de vivir y de hasta ver crecer a mis hijas me hizo entender, un año más tarde, que el sufrimiento de mi padre era tal que no se quitó la vida teniendo una hija que criar, si no que lo hizo a pesar de ello.
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