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martes, 28 de abril de 2020

El precio de las palabras

— ¡Pero no es justo! –exclamó Mireia-. ¡Todas mis amigas van a ir!

— No vas a ir a esa fiesta, Mireia. Estás castigada –respondió su madre.

— ¡No es mi culpa! Si la chica esa está gorda, pues la llamo foca. ¡No es para tanto, pero la profesora me tiene manía y por eso me castigó! 

— Si quieres ir a la próxima fiesta, piénsatelo dos veces la próxima vez que vayas a llamar foca a tu compañera de clase. A esta fiesta no vas a ir.

Mireia se giró con gesto de rabia, entró en su habitación y dio un portazo.

— ¡¡Te odio!! –chilló con todas sus fuerzas.

Empezó a llorar, se tumbó en la cama y apretó la cara contra la almohada.

Al cabo de un rato, sintió ganas de ir al baño y salió de su habitación por un instante. La casa estaba sospechosamente en silencio. Se acercó a la cocina a por un vaso de agua y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caerse desmayada al suelo.

El cadáver de su madre yacía inerte en el suelo, cubierto de sangre. A su lado había un cuchillo y las muñecas evidenciaban cortes horizontales realizados a propósito. Mireia notó cómo su corazón daba un vuelco y empezó a respirar con dificultad; las palabras no le salían, pero los ojos se le habían llenado de lágrimas con rapidez.

Se percató de que había un pequeño papel encima de la mesa. Acertó a cogerlo pese al temblor de sus manos. Era la letra de su madre: <<Adiós, hija. Que tu abuela falleciese me destrozó, que tu padre me pidiese el divorcio dos meses después me hundió y que tú me odies me ha terminado por matar. Te irá mejor sin mí. Yo te voy a querer siempre, no lo olvides. Un beso>>.

Mireia se incorporó sobresaltada y empapada en sudor. Se había quedado dormida tras su rabieta. Saltó de la cama y corrió hacia la cocina; allí estaba su madre, cortando un apio con un cuchillo. Se abalanzó sobre ella, abrazándola por detrás y llorando sin consuelo.

— ¿Qué te pasa, hija? –preguntó la mujer.

Su primogénita no podía articular palabra, solo rodeaba fuertemente con sus brazos a su madre y lloraba en su hombro. Aquel día aprendió que hay que pensar siempre antes de hablar y que simples palabras pueden matar personas. Cuando consiguió serenarse con ayuda de su madre, volvió a su habitación y sacó su agenda de la mochila. La abrió por fecha del día siguiente. Las manos aún le temblaban.

<<Pedir perdón a Mónica>>, escribió.