Mostrando entradas con la etiqueta Teo Torriatte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teo Torriatte. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de mayo de 2021

Noche de guardia

Idiopática. No idiota. Idiopática. Odio esa palabra. Cuando después de muchísimo tiempo supieron ponerle un nombre a lo que me pasaba, resultó llevar consigo un apelativo ridículo, proclive a los chistecitos. Tiene su lado bueno, claro. Puedes hacer limpieza de gente muy rápido. El típico graciosillo que cree que es el primero que hace el juego de palabras. Block. Fuera de mi vida. Bastante tengo con aguantar los tóxicos químicos como para encima tener que aguantar tóxicos humanos, que suelen ser bastante peores. Porque lo más duro de nuestra enfermedad no es lidiar con los agentes externos que nos atacan. Es la incomprensión, el “a ver, que no hay para tanto”, el “lo siento si te molesta, pero yo necesito llevar mi perfume cada día, pide un cambio de despacho” y todo eso. El que te tomen por loca, o por holgazana. Cuando me aislé de todo fue siguiendo las pautas fisiológicas médicas, pero acabé descubriendo que quien más se benefició de ello fue mi mente.

Y ahora soy yo quien os veo sufrir encerrados, intentando huir de un virus que no distingue si sois perfectos o no. Es exactamente lo que llevaba yo haciendo tantos años, y espero que salgáis de esto con toda la empatía que a muchos os ha faltado todo este tiempo. Ahora que también lleváis mascarilla y guantes, ya no os hace tanta gracia que os llamen Michael Jackson, ¿verdad?

Ahora se os cae encima la casa y os aburrís, y no podéis recibir visitas ni salir a pasear y os parece un castigo tremendamente injusto por algo que no habéis hecho. Porque parece ser que un señor se comió un murciélago a la plancha a diez mil kilómetros de vosotros. Porque habéis aprendido de golpe que las acciones de uno acaban afectando a los demás, mucho más de lo que pudieseis jamás imaginar. Bienvenidos al club. Os entiendo y os apoyo, aunque ese apoyo no siempre haya sido recíproco.

Y yo, mientras tanto, paso mi doble confinamiento como lo he llevado haciendo estos últimos meses. Tuve la suerte de encontrar un trabajo que se adaptase a mis circunstancias, y soy por ello una privilegiada respecto a la mayoría de gente que sufren el mismo síndrome.

En mi solitario faro, en medio de un islote del Atlántico, solamente conectada a vuestras vidas a través de los elementos tecnológicos, os veo como animalitos en una jaula de zoológico, que por más amplias y limpias que sean no dejan de ser cárceles para seres inocentes.

Empieza a anochecer. Enciendo el faro y espero pacientemente que algún barco pesquero pase por estas aguas, saludándome en la distancia. Soy feliz en mi confinamiento parcialmente escogido. Y esa es la gran diferencia.

jueves, 27 de febrero de 2020

Alicia en el país de las ansiedades


“Lo mejor será que bailemos
¿Y qué nos juzguen de locos, Señor Conejo?
¿Usted conoce cuerdos felices?
Tiene usted razón. ¡Bailemos!”

Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.


“¡Qué rarita es esta niña!”

¡Cuántas veces habrían pronunciado esa frase mis padres! Al principio, cuando creían que no los oía; más tarde, ni se molestaban en disimular en mi presencia. Me comparaban constantemente con mis hermanas. Raquel, la mayor, tan formal y tranquila. Mónica, la pequeña, tan adorable y simpática. Y yo, siempre en medio, siempre teniendo la impresión de romper esa felicidad tan de postal de la que hubiesen podido gozar si no fuese por mi presencia.

Mis dedos eran asquerosos. Me mordía tanto las uñas que no me quedaba piel, y el resultado era como unas porras sangrientas, a veces infectadas. Me dolía horrores y aún así era incapaz de dejar de autoinfligirme ese castigo. Era mi penitencia por no ser “normal”. El dolor físico de los dedos en carne viva me hacía olvidar el dolor del alma por no comprender qué pasaba conmigo.

Cuando ya no podía seguir desprendiéndome de trozos de uñas y pieles, empezaba con el pelo. Mechones enteros, de raíz. Ni los bofetones ni los zapatillazos servían para frenar mi compulsión. Eran los ochenta. En mi entorno, a los críos se les educaba a base de castigos.
“¡Loca! ¡Estás loca!”

La frase de mi madre retumbó como una onda expansiva. Yo no era más que una adolescente perdida en un mundo demasiado grande. Pero ella, Doña Perfecta, no podía permitir que su hija no fuese lo que ella consideraba un dechado de virtudes. Se avergonzaba de mí. Apenas me dirigía la palabra si no era para recriminarme cualquier cosa que hubiese dicho o hecho.

Tardé muchos años en entender, y en entenderme. Empecé a liberarme cuando por fin asumí que nunca, jamás, podría complacer a mis padres. Que éramos demasiado opuestos. Que debía tomar mi tren sin ellos. Sola, pero aliviada, decidí, como dice la canción, “pintar mi alma como alas de mariposa”. El espectáculo debe continuar.

Tuve suerte, lo reconozco. Salir del entorno tóxico de mi antiguo hogar y conocer gente abierta de mente y espíritu fue como volver a nacer. Me ayudaron a tratar mis ansiedades. Descubrieron el porqué de mis angustias. La música me salvó la vida. Tengo una canción que me ayuda a respirar cada vez que me siento sobrepasada. Es curioso. Alguien a quien nunca conoceré, hace varias décadas, en otro idioma distinto al mío y a muchos kilómetros de aquí escribió un tema que me conecta mentalmente con él. Mis padres, si lo leyesen, dirían de nuevo que estoy loca. No importa. He hecho de mis defectos inspiraciones, y he descubierto fortalezas que jamás supe que tenía. Por fin podía manejar mi vida.

Por eso, cuando tuve que buscarme un alter ego, un nombre artístico, no lo dudé ni un instante: Alicia. Esa soy yo ahora. Pero, sobre todo, soy feliz.