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martes, 11 de mayo de 2021

TOC

Olivia sabía que no podía ceder a los malos sentimientos que le producía su trastorno. Para salir de la casa tuvo que luchar contra leones mentales. El TOC le hacía volver una y otra vez para asegurarse de que había cerrado la ventana, apagado la luz y cerrado la puerta. Se iba y luego volvía una, dos... hasta treinta veces para comprobar si había hecho lo básico para salir de casa. Lo que más la agobiaba era cuando estaba cerca del trabajo y sentía un escalofrío por no recordar si había hecho la saga diaria de confirmaciones.

Ese día, el 8 de mayo, todo parecía un poco diferente. El terapeuta le había aconsejado que dejara un lazo rojo cada vez que revisara la puerta, la estufa, la plancha, la luz, etc. Se había despertado antes. A diferencia de otros días, se fue sin regresar. Esto le causó un poco de extrañeza... Pero, finalmente, pensó: "¿Será que estoy curada?

Volvió a casa feliz pensando que a partir de ahora podría escribir sobre su salud mental y ayudar a los demás.

TOC


Andrés se despertó con el sonido de la alarma a las 7:15 horas, como cada día. Se calzó las zapatillas, y dio seis pasos hasta el baño, donde todos los enseres guardaban el orden escrupuloso por el que se regía su vida.

A las 8:15 salió de casa, en el momento en que Amanda cerraba la puerta de la suya.

- Buenos días, vecino. Tan puntual como siempre – le saludó ella.

- Buenos días, Amanda – contestó él mirando la maleta que ella arrastraba. - ¿Te vas de viaje?

- Voy unos días al pueblo, a disfrutar un poco del campo, que falta nos hace salir de vez en cuando de esta ciudad.

- ¿Tienes vacaciones? – preguntó él observando los pendientes desiguales, una luna y un triángulo, que adornaban su rostro.

- Bueno, ya sabes que yo teletrabajo, así que me puedo permitir cierta flexibilidad.

- Flexibilidad – repitió él enarcando las cejas. – Menuda palabrita.

- Esta sí que es buena – rio ella con una carcajada espontánea– Así que ya bromeas con tus obsesiones. Ya veo que te está funcionando la terapia.

Él esbozó una sonrisa y ella aprovechó el momento de distensión:

- ¿Por qué no te acercas el fin de semana? De verdad, el Bierzo está espectacular en otoño.

- Bueno, no sé, yo … - balbuceó él.

- No hace falta que me lo digas ahora. Piénsalo y llámame si te decides. A mí me encantaría. – añadió guiñándole un ojo.

Bajó tan apresuradamente al garaje que se olvidó de contar los escalones. Subió al coche e hizo diez respiraciones profundas con un intervalo de dos segundos entre ellas. Esa mujer le descolocaba por completo. Esa melena alborotada, esos dientes imperfectos, esas combinaciones imposibles de colores.

Durante el trayecto a la oficina, decidió que ese fin de semana lo pasaría en el Bierzo. Esta vez no la dejaría escapar. Le gustaba demasiado para echarlo todo a perder.

El viernes por la tarde, después de dos noches sin apenas dormir, se puso en marcha. A pocos kilómetros del pueblo de Amanda, comenzó a sentirse nervioso y paró en el arcén para tranquilizarse. Una sospecha cruzó su mente. Detuvo el coche en el arcén, bajó y abrió el maletero. Estaba vacío. Hizo memoria y recordó que había dejado la bolsa de viaje en el suelo mientras ajustaba el ángulo de los espejos retrovisores antes de subir al vehículo. La falta de sueño le había pasado factura.

Comenzó a sentir ese sudor frío en la frente. Sintió que no podría continuar el viaje sin su pijama escrupulosamente doblado y su neceser impecable, y lanzó al aire una maldición, mientras trataba de controlar el temblor en sus manos, las mismas que unas horas antes habían soñado con acariciar esa melena alborotada a la que esta vez no estaba dispuesto a renunciar.

Subió de nuevo al coche y se aferró al volante. Cerró los ojos, trayendo a su mente el rostro de la mujer que le esperaba a pocos kilómetros, y reanudó el viaje.

 

jueves, 6 de mayo de 2021

TOC

    Sí, lo cerré. Pero me voy a fijar de nuevo, por si acaso. Sí, está cerrado. Pero ahora sí, lo voy a hacer concentrada: abro y cierro, una vez, cierro, dos veces, cierro, tres. Ahora sí. Esta noche estoy sola. Si no queda bien cerrado, podría entrar alguien. Voy a comprobar por última vez: abro y cierro, una vez, cierro, dos veces, cierro, tres. Ya está. Basta. No lo pienses más. ¿Y si entran y te violan y te matan? No, no voy a mirar. No cuesta nada comprobarlo. Así te quedas tranquila. Bueno, miro por última vez y me voy a dormir, no puedo más. Dos veces, cierro… me he perdido… cierro, una vez, cierro, dos veces, cierro, tres. Fíjate bien. No vas a hacerlo más. Siento un nudo en la garganta. El llanto lleva esperándome todo el día, sé que llegará. Joder. Deja de pensar.

La noche está llena de rituales. Me lavo las manos antes de tocar la cama. Y todas las partes de mi cuerpo que están expuestas. Para no contaminar. Hay un pelo sobre el cubrecama. ¿Será tuyo? Sí, es mío, ¿de quién va a ser? ¿No será un vello púbico de alguien, que llegó ahí por accidente? Qué tontería. Pero no puedo estar segura de que no lo sea. Está bien, voy a desinfectar con un poco de alcohol. Primero lo retiro sin tocarlo, con un papel, luego me lavo las manos, me las humedezco en alcohol y limpio suavemente el pedacito de colcha que tocó el pelo. Me vuelvo a lavar las manos. Y los brazos, por si acaso. Y me acuesto. Ya dentro, me pregunto si la contaminación atravesó la colcha y llegó a mi pierna. Intento distraerme, pero esa idea vuelve. Me levanto. Pienso en la posibilidad de cambiar la ropa de cama. Pero estoy cansada. De nuevo siento que voy a llorar. Pero no. El llanto no llega. Voy al baño y me lavo las manos, me las humedezco en alcohol y limpio de nuevo el pedacito de colcha que tocó el pelo. Pongo alcohol en la sábana y en mi pierna, por si acaso. Quiero irme a dormir pero siento mucha angustia. Y no le pudo decir a nadie. ¿Quién va a creer que me he puesto así por un pelo? Intento respirar despacio, pero el corazón me golpea las costillas.

Busco entre mis libros. Guardé la tarjeta en la primera página de Poesía Vertical. Una psicóloga me hará tocarlo todo, no puedo. Pero quiero dormir, abrir las puertas con la mano, que deje de arderme la piel de las palmas, rozar a mis padres sin asco. El lunes llamaré. Me pedirá que me exponga. No creo que pueda. Pero quiero intentarlo. Me acuesto sin tocar esa parte de la sábana y la colcha. Llorar me ha dado sueño. Quiero tocarlo todo. ¿Cerré la puerta? Sí, la cerré… recuerdo haber dicho "dos veces, cierro, tres". Sí, seguro. El lunes. Me pedirá que me exponga. Quiero intentarlo.

miércoles, 5 de mayo de 2021

TOC


    Cuando nací hice mi primer recuento, inconscientemente, me imagino: tres enfermeras, una comadrona, dos médicos, nueve bombillas, una madre. Desde entonces solo he ido perfeccionando mi extraña adicción a contarlo todo.

Sé que se trata de algo relativamente frecuente entre los trastornos obsesivo-compulsivos y que en psicología se estudian y se palían los efectos, según he leído en internet, pero es que nunca he considerado mi manía de contar las cosas como una enfermedad mental; es más bien una liturgia, una manera de entender la existencia a base de series numéricas, como si mi cerebro necesitase ejercicio constantemente y los números se lo facilitaran.

A pesar de ello nunca he sido bueno en matemáticas. Se me dan mejor las letras: escribir poemas, relatos, cartas de amor sin destinataria real, pequeñas obras dramáticas, artículos, opiniones… en concreto conservo cuatrocientas quince poesías, noventa y cinco relatos, catorce textos teatrales y setenta y nueve cartas amorosas.

Hoy queríamos acercarnos hasta el agua, donde las palmeras, pero una alambrada nos lo ha impedido y hemos dedicado la tarde entera a pasear y a fotografiarnos. Al volver de nuestra excursión frustrada a la playa me he puesto a repasar, primero en el visor de la cámara y luego en el ordenador, las fotografías. Entre ellas me ha llamado la atención una en la que aparece Marta, mi mujer, de espaldas, agarrada a la alambrada y mirando en la lejanía un mar inalcanzable al otro lado de un campo de flores amarillas y un palmeral idílico, con su preciosa cabellera rubia al viento y un ademán muy suyo que -evidentemente no se ve en la instantánea- sabría reconocer entre doce millones de mujeres. No sé. Me ha surcado un escalofrío sin causa contemplar a mi mujer dándome la espalda, atenazando los alambres con los dedos como si quisiera y no pudiese escapar de mí.

De hecho ha sido la única toma que he impreso en el papel, como si al materializarla me estuviera permitido darle la vuelta y ver desde el otro lado de la alambrada, en el reverso, el rostro de Marta.

En estos pensamientos andaba cuando la voz de mi hija mayor me ha reclamado a la mesa. He cenado ensalada, como casi siempre. Los gordos estamos condenados a engañar al estómago cada noche. Cuando he ingerido sesenta y cuatro granos de maíz, nueve aceitunas sin hueso, veintidós trozos de lechuga iceberg y los doce trozos minúsculos en que he desmenuzado los cincuenta gramos de pan integral, me he disculpado para abandonar la mesa y he vuelto al escritorio. La fotografía me ha parecido más bonita que antes y no lo he podido remediar: se cuentan doscientos sesenta y ocho rombos de alambre, setecientas cincuenta y cuatro flores amarillas, treinta y siete palmeras y…sí, con éstas últimas, las cuatrocientas noventa y nueve palabras –las bases exigen menos de quinientas- además de cuarenta y una comas, diez puntos seguidos, cinco puntos y aparte, un punto y coma, dos puntos suspensivos y este punto final.