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lunes, 30 de octubre de 2023

Herencia sin consumar

Nadie más en aquel espacio donde el silencio constituye la unidad monetaria de los presentes. En uno de los vértices, frente a un nicho cuya abertura triplica a la de los ordinarios, mi espíritu improvisa una oración civil.

En su interior, mi padre, entre otros. Yo apenas si tenía uso de memoria cuando su hégira y mientras perduró la inocencia, mi madre mantuvo su versión de paradero desconocido.

Con los años, cuando me crecieron los pelos y el acné, mi curiosidad y los diretes vecinales me acabaron por conducir a este rincón proscrito en el que se amontonan los que recurrieron a soga y balanceo para reducirse ni siquiera a recuerdo.

Primero mosén Cosme, y después el resto de los párrocos que detentaron el poder eclesiástico en un pueblo sin almirantes, el mío, impidieron que los asesinos de sí mismos compartieran espacio con los buenos cristianos en el cementerio hasta que advino mosén Lope para desestigmatizar a los suicidas.
–He venido a informarte, padre, de que yo también tuve tu soga en mis manos, pero cuando iba a asestar la última patada me acordé de su ausencia, digité un teléfono y vinieron por mí con la sonrisa puesta.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Probaturas

    La viudedad supone un estado civil mayoritariamente femenino, pero Eulogio contravenía la estadística con la suya. Esa condición, arrastrada desde hacía ocho años, cuando Matilda abdicó de la Tierra por un genocidio en el páncreas, le había llevado a vivir solo desde entonces en aquel pueblo enclenque de padrón, pese a la insistencia de sus dos hijos de que se instalara con ellos, a meses alternos, en la ciudad. Pero él ya había decidido acabar de envejecer en su casa natal hasta su retiro a esa dimensión donde no proliferan las nubes.

Los hijos se acercaban por el pueblo en domingo y por agosto. Padre, a secas, como lo habían aludido desde siempre, fue perdiendo, con el transcurrir de Pascuas, fortalezas, centímetros y firmeza de pulso, aunque dentro de parámetros razonables de degradación para sus 83 años que todavía le daban para jugar a la rutina independiente del guiñote en el hogar del jubilado.

El rasero que utilizaban los hermanos para medir su grado de conservación lo determinaba el vino. Seguía consumiendo su aproximado medio litro diario, segmentado en dos vasos por comida y cena.

–Padre sigue con su dosis, envejece, pero sin fragilidades añadidas – trasladaba el hijo que permanecía en la capital al que se había visto obligado a emigrar a una conurbación asiática para mantener productiva su destreza con los planos.

Sería por las propiedades del vino o por genética que Eulogio no enfermaba. Desconocedor, por su maridaje con el trabajo desde los nueve años, de los entresijos del ADN, atribuía al vino su escaso trato con los médicos. No le provocaba la bebida una exaltación de la euforia, ni canturreo, solo un soporcillo nocturno que lo aproximaba al sueño mientras la tele emitía para nadie.

Pero hace un semestre comenzó a olvidar los números pares, a dejarse la puerta y la bragueta abiertas, a no desayunar los martes. Al principio atribuyó aquella merma de su salud mental a un sarpullido de despiste, hasta que un humedecerse espontáneo de pantalones le desató la percepción de que el serrín debía estar colonizando territorios intracraneanos.

El arquitecto regresó del trópico, divorciado y flaco, con una disposición enternecedora para cuidar a un padre incontinente que había perdido la capacidad para nombrar a quien él mismo le escogiera el nombre. El Alzheimer se había presentado abruptamente para desposeerlo de cualquier atisbo de jurisprudencia vital.

–Avanzará deprisa –profetizó el neurólogo.

Eulogio, sin embargo, aparentaba felicidad. Desprovisto de cualquier signo de ira acompañatoria de la enfermedad, sonreía cuando el buen hijo le incitaba a elevar su vaso de vino (reducido a uno por comida, desoyendo las indicaciones abstemias del especialista) y brindaban por la recuperación de los rinocerontes en India, por los trescientos de Leónidas; algunos días por madre. Y a padre parecía que tras la ingesta se le aclaraba la mirada, incluso algunos lunes hasta recordaba su nombre.

Motivado por lo favorable del empirismo, el buen hijo decidió recuperar el segundo vaso de vino en las comidas, a ver cómo le sentaba…

martes, 28 de abril de 2020

No avisen al electricista en caso de apagón

Coincidían en su inclinación histórica por la cerveza, pero no en la marca. Esta disyuntiva gustativa los hacía alternar, para contentarse mutuamente, entre dos terrazas, ambas enfrentadas al mar, por lo que la cesión no comportaba grandes sacrificios.

La consumían solos, los hijos escindidos del cuarteto familiar, aleteando intercontinentales. La consumían despaciosos, a sabiendas de que solo se permitían una diaria, que ni en los días de máxima seducción del sol tenían licencia para pedir otra. La consumían conniventes, conocedores de que el destino les había reservado reciprocidad convivencial asumida. 

Ella sí hubiera podido repetir de birra, pero su contención y su sentido de la solidaridad formaban parte del tratamiento. 

Algunos mediodías imprevistos, él se quedaba varado de ojos y actitud frente a lo líquido; una hipnosis axónica detenía su interacción con el planeta y propiciaba que su cerveza quedase apenas principiada.

Cuando sobrevenía ese pasmo, ella sabía que debía dejarlo así, estacionado en su propia vía muerta, pese a lo llamativo que resultaba esa metáfora humana de la quietud extrema en los habitantes de mesas contiguas. En ocasiones, incluso una baba clara se desplomaba de sus labios y sin intentar retornarle la comunicación con el ecosistema se la recogía con el mimo contenido en ese pañuelo de papel que nunca faltaba en el inventario de su bolso.

Al principio a ella le costó aceptar que su esposo, tan atlético, tan robusto intelectualmente, a sus 44, se viera señalado por el diablo del azar con aquella extraña variante de esquizofrenia. Tipificada como enfermedad rara, no se manifestaba a través de crisis alucinatorias o delirios, sino por irrupciones bruscas de ataraxia.

Pese a la imposibilidad de curación con el grado actual de conocimiento cerebral, tras una peregrinación por especialistas pesimistas, una precisión farmacológica había conseguido reducir frecuencia y duración de los episodios.

–Una sola. Está desaconsejado mezclar alcohol con esta medicación, pero el beneficio social de esa costumbre a la que aludes contrarrestará con creces las potenciales contraindicaciones. Solo una. Y sin exceso de graduación. 

Eso le trasladó en un aparte el neuropsiquiatra que había, finalmente, once años atrás, dado con el fusible que desconectaba lo neuronal de lo fisiológico. 

Febrero venía hoy con ganas de mayo. El mar balsámico, más cercano a lago en su vaivén. Charlaban sobre el Kraken ¿existirá?, especulaban. La lucidez del enfermo mental había perdido la solvencia de antaño y su argumentario se revelaba frágil. La cerveza, insolentemente fría, delataba su exquisitez por los anillos concéntricos que los sucesivos tragos dejaban en el interior de la copa. 

–Mi Kraken son los demás, pero ya sabes que he aprendido a desentenderme de sus prejuicios desasiéndome de los míos. Confiemos en que no se te apague hoy la luz, compañero. 

Y brindaron, lento, por lo inmediato.

Y él, motivado por alguna reminiscencia del monstruo pidió una de calamares. 

Y ella prorrumpió en una sinfonía de carcajadas imbatibles que atrajeron más atención colindante que cualquier desconexión.