Mostrando entradas con la etiqueta La puerta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La puerta. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de mayo de 2021

La puerta

Manuel no podía más. Hacía ya dos meses que Lucía se ausentaba de casa más de lo acostumbrado. Dos meses que la notaba vacía. Dos meses que sentía que le mentía. Los pensamientos se enredaban dentro de él asfixiándolo. Imaginar que algún día Lucía se hartaría de él, lo engañaría, y lo abandonaría le provocaba una tromba de miles de hormigas que le recorrían cada una de sus venas. El miedo, la ira, la impotencia, la tristeza, la decepción, y el rechazo se arremolinaban en sus mejillas y se desbordaban en forma de gritos. De lágrimas. Supuestamente, tras años de psiquiatras y psicólogos, debía tener las herramientas para que los duendes no aparecieran como un pelotón. Pero, cuando ocurría, aquellos demonios eran tan fuertes que sucumbía a ellos, y extenuado de su lucha, aceptaba su condición

Cuando conoció a Lucía creyó que era una lunática, pero también supo que era a quien había buscado sin saberlo. Toda ella le hacía vibrar eléctricamente: su inteligencia, su forma de ver la vida a través de su sonrisa, esa locura que a veces se le desataba convirtiendo todo en magia, pero también aquella cordura, que se derramaba en la tristeza de sus ojos.

Las chicas siempre rompían con él. Por su bien, decían. Pero Manuel sabía que era porque para ellas su enfermedad era una carga, aunque al principio fingían que no importaba. Hasta el día que conoció a Lucía había creído que tendría que recorrer ese sendero al que llaman vida en una soledad impuesta.

Intentó tranquilizarse recordando cómo se habían conocido. Un día, mientras paseaba por un parque, una desconocida le agarró la mano y le susurró "Disimula". En ese momento no supo que ya jamás se podrían soltar. Unos segundos después, la chica le explicó que acababa de dejar a su novio y había fingido estar con otro para que no la molestara más. En ese momento pasó Manuel y le pareció la coartada perfecta. Aquella tarde se les hizo madrugada. Aquel día, entre risas, confesiones y promesas, ella le reveló su bulimia. Él aprovechó esa intimidad que solo saben dar los desconocidos para contarle lo de su trastorno paranoide. Cuando lo hizo, tuvo miedo, pero la chica lo abrazó y le dijo "además de guapo, fascinante". Le pareció que era lo más sincero que jamás le habían dicho.

Pensaba en aquel día y la paranoia iba creciendo. Y no pudo sostenerla más. Cuando Lucía salió de casa, decidió seguirla. Vio cómo se encaminaba al hospital. Le había dicho que iba a clase de inglés. Así que confirmó que le mentía. ¿Estaría liada con algún enfermero? ¿Con un médico? Alguien mejor que él, desde luego. La persiguió hasta que ella desapareció tras una puerta. Se acercó. De ella colgaba un cartel. "Grupo para personas con trastorno límite de la personalidad".

Entonces entendió que Lucía regalase tanta alegría teniendo aquellos ojos tan tristes. Se limpió las lágrimas. Volvió a casa y la esperó. En ese momento la quiso más que nunca.

lunes, 4 de mayo de 2020

La Puerta

Podría enumerar cada una de las muescas que distinguían aquella puerta, cada marca de óxido que tatuaba el pomo de la misma, cada pequeño relieve tallado en la madera. Para ella, aquel ciclo se había convertido en un ritual, una ceremonia periódica justificada únicamente por la misma inercia que lleva a alguien que ha perdido la fe a acudir a misa en una mañana de domingo. 

Su salud mental clamaba a gritos desesperados un arrebato de valor, una revolución interna que se diese en el momento justo, esos instantes en los que luchaba por desplazar su mano unos centímetros más y abrir aquella maldita puerta. Pero cuando sus yemas rozaban la madera, comenzaba a oír voces. Algunas eran lejanas, apenas perceptibles; otras, próximas a ella, llegaban a sus oídos con total claridad, golpeándola desde cerca. Todas decían cosas similares. Le llamaban débil, loca, enferma. Se reían de ella, la juzgaban, jugueteaban con sus miedos más profundos. Ella se quedaba allí, luchando por deslizar sus dedos un poco más y ganar una batalla a la que sólo ella podía poner fin. 

Pero nunca lo conseguía. Pasaban las horas, y ella seguía inmóvil, en el trance que su indecisión había creado, balanceándose en un estrecho limbo del cuál sólo conocía una de las dos salidas: la derrota. Una derrota que cada día dolía más que el anterior. Lentamente, alejaba su mano de la puerta, con la solemnidad de una nueva guerra perdida. Daba media vuelta y dejaba las voces atrás, relegando la labor un mañana en el que había dejado de confiar.

Un día, ganó la batalla. Cuando salió de allí, las voces le persiguieron. No le importó. En el fondo, comenzaba a sentir lástima por ellas.