Mostrando entradas con la etiqueta Invisibles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Invisibles. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de mayo de 2021

Abril es el mes más cruel




Quienes me conocen bien saben que no me gustan las bromas. Mi padre hacía muchas bromas, pero a mí en realidad ahora no me gustan nada. Nací en un pequeño barrio de las afueras de Bogotá. Una familia normal, una vida normal. Allí pasé mucho tiempo, o eso me parece. Pasé desapercibido, no tenía muchos amigos, quizás ninguno, pero en realidad a mí ser invisible me daba mucha seguridad. Mamá siempre me decía: Eduardo, tú eres especial. Yo no me lo acababa de creer hasta que llegué a Bogotá cumplidos los 18 años. Allí comprobé que era verdad. Invisible y especial. En la entrevista no me preguntaron gran cosa, me pidieron los papeles sellados por la doctora y sin apenas mirarme me dieron enseguida la tarjeta de plástico con la que entro cada día a esta mole de edificios donde todo el mundo corre menos yo.

Si me preguntan por mi primer día aquí diría que en realidad no lo recuerdo; pero sí tengo muy presente lo que pasó ayer mismo. Cada día tengo muy presente lo que pasó ayer. Mi trabajo consiste en llevar sobres, paquetes de un lado a otro. Eduardo venga rápido lleve esto a la planta 32, Eduardo recoja dos paquetes en la entrada, Eduardo reparta en cada planta este lote de…Un trabajo fácil, lo hago y ya está. Lo hago cada día y después me voy. Lo hago y al día siguiente vuelvo a venir. Estoy contento aquí, invisible y especial. Pero cuando estoy nervioso, tengo frío, calor, hambre, sueño o alguien se enfada conmigo repito sin pausa aquello de: Abril es el mes más cruel, Abril es el mes más cruel …

El tema viene de entonces. De pequeño mi padre leía mucho en voz alta. Cada noche. Lo recuerdo exaltado, bromista, junto a la chimenea de aquel hogar pequeño, sin hermanos, sólo éramos tres: mamá, papá y yo. Leía y leía, declamaba en realidad. Pero un día de repente sucedió aquello. Yo pensaba que aquella noche una vez más habría lectura así que me senté obediente a escuchar. Cuando papá leía nosotros escuchábamos atentamente; si no se enfadaba mucho. Papá quería ser escritor. Mamá también dejaba todo lo que hacía, se sentaba y escuchaba. Pero aquella noche papá no leyó. Llegó a casa, sacó despacio una pequeña arma oculta en la chaqueta y disparó a mamá. Entonces sí, empezó a leer: Abril es el mes más cruel, pues engendra lilas en el campo muerto, confunde memoria y deseo, revive yertas raíces con lluvia de primavera…Y se rió, se rió a carcajadas y me dijo que en realidad todo era una broma. Yo era pequeño, muy pequeño. Y empecé a reír también. Cenamos juntos. Me dijo que mamá dormía. Terminamos de cenar. Mamá seguía durmiendo. Entonces papá cambió su tono bromista y me dijo nervioso: venga Eduardo, nos vamos. Yo le pregunté si había terminado ya la broma, si mamá se iba a despertar. Entonces él me pegó y empecé a llorar. Vino gente, se oyeron ruidos de coches de la policía. Los vecinos se asomaron desde la puerta y miraban todo con lástima. Miraban a mamá. La policía se llevó a papá y una señora muy amable con bata blanca me llevó en un coche a otro lugar con más niños. Y luego fui a otro lugar donde vivo desde entonces y donde soy invisible y especial. Y vengo a trabajar un día y otro. Y no me gustan las bromas.


lunes, 4 de mayo de 2020

Invisibles

Empezó cuando aun era pequeña. Mi regalo de cumpleaños aquel año fue un gato. Según pasaban los días, comprobé que al gato le ocurría algo curioso. En dos puntos del lomo le empezaron a salir dos bultos, que con el tiempo se convirtieron en dos pequeñas alas. No seas ingenuo, los gatos no vuelan. Pero mi gato tenía alas. Intenté hacerle ver a mi madre que el gato era peculiar; ella se limitaba a responder "sí, es un gato muy especial", mientras seguía haciendo su trabajo. Ser madre soltera no debió ser fácil.

Comprendí que solo yo podía ver aquellas alas, por lo tanto, debía ser tan especial como el gato. Este descubrimiento me alegró. 

Unos años después, el gato murió, y con él sus alas. Pero apareció una sombra, permanentemente en la periferia de mi visión, no importaba cuán rápido moviera la cabeza, nunca conseguía verla. Le preguntaba a mi madre qué era aquello oscuro de la esquina, pero aseguraba que no había nada. Sospeché que mi madre estaba confundida, debía ser fruto del cansancio acumulado. 

Una noche de otoño, aquella sombra se cernió sobre mi, envolviéndome, me asfixiaba. Grité. Desde urgencias fui derivada a la planta de psiquiatría. Al leer el rótulo de la puerta acudieron a mi mente imágenes de tantas películas que decían representar un psiquiátrico, llenas de gritos y agujas. Sin embargo, la única que gritaba allí era yo. Así comenzó mi hospitalización en la planta de psiquiatría, escandalosa y plagada de miedos. 

Unos días más tarde, mientras leía un cartel sobre la importancia de hablar sobre la salud mental, apareció Lucía, dicharachera, sonriente y con mucha imaginación. Le pregunté por qué estaba hospitalizada. Sufría depresión. "No se te nota", le dije. Me reveló que la mayoría de las enfermedades mentales son invisibles. Allí conocí a muchas personas ingresadas, cada una luchaba su batalla particular en su cerebro, pero todos ellos ayudaron a derribar prejuicios sobre las enfermedades mentales que ni siquiera sabía que tenía. 

Comencé a tomar unas pastillas de color amarillo pálido. Albergaba dudas sobre si aquello tan pequeño podría acabar con la sombra que me perseguía. Después de todo, aquella sombra para mí era real, aunque nadie más la viera. ¿Cómo podría la pastilla saber qué hacer y a dónde ir? Descubrí que la sombra se iba haciendo más y más pequeña, hasta que se redujo a una masa oscura a nivel del suelo. 

Me dieron el alta, y Lucía y yo seguimos siendo amigas muchos años. Supongo que actuábamos como terapeutas la una de la otra al compartir nuestras experiencias y miedos, de esta forma era más fácil tomar perspectiva de la realidad. 

Hace unos minutos me ha llamado. Dice que la vida se le estaba haciendo demasiado cuesta arriba y tenía que volver a ingresar. Le he contestado que estaría esperándola a una llamada de distancia. Que juntas exprimiríamos nuestras vidas, aunque las enfermedades mentales se empeñaran en exprimirnos a nosotras.