Desde pequeña estuve sumergida en un mundo de contradicciones, desencuentros, incomprensión y soledad. Crecí en un ambiente muy hostil, donde el amor y el cariño estaban siempre de viaje. Los únicos recuerdos difusos de felicidad sucedieron al lado de mi abuela, persona que mostraba ápices de afecto hacia mí. El único regalo que recibí en uno de mis cumpleaños fue un perfume que ella me dio, estaba a la mitad, me dijo: cada vez que estés en problemas rocía un poco y llegarán las soluciones.
Así transcurrió mi infancia y adolescencia, nada motivador, nada alentador, nada increíble se asomaba a mi "vida". Ya en adultez decidí poner fin a todo. Colgué una soga, dialogué un rato con ella sobre lo cruel que ha sido este mundo conmigo. Mientras conversaba la observaba, me subí, abracé mi cuello, sentí un filo frío, pedí perdón ¡y ya!...
De pronto, la soga emanó un perfume conocido, eso bastó para hacerme entender que todo se solucionará, que vale la pena continuar y no dejarse vencer. A partir de entonces, conservo la soga en una cajita de madera y a veces le doy gracias por permitirme seguir en este mundo y vencer.
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