Sentada delante del espejo, tiró con fuerza el pisapapeles. Al instante, millones de cristales cayeron sobre ella. Desafortunadamente, salió ilesa.
Con el rostro empapado en lágrimas, se tumbó en la cama y, abrazada a su almohada, lloró y lloró. Hacía unos días que no tenía ganas de salir a la calle, ni hablar con nadie. Quería estar sola y a la vez le entristecía la soledad.
Quería terminar con tanto dolor, tanta angustia y tanto sufrimiento. Se sentía una carga para el mundo.
Absorta en su espiral de pensamientos autodestructivos, se levantó para abrir la puerta cuyo timbre estaba ignorando, a pesar de que sonaba desde hacía un buen rato.
Sin decir nada, sus amigas entraron a cuidarla. Mientras Ana barría, María le preparaba una infusión, Elena ponía unas flores en agua y Cristina colocaba la compra en la cocina. Ella conseguía esbozar una sonrisa mientras quitaba el envoltorio de la caja de bombones que ponían en sus manos. No habían faltado ni un solo día. Las miró a todas y suspiró.
Como cada vez que se iban, volvió a pensar que solo era una mala racha y saldría adelante. Por mucho que le costase, tenía mimbres para ello.
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